ESTE RELATO ES UNA NUEVA CONTINUACIÓN DEL RELATO INCONCLUSO DE E.A.POE "EL FARO" (VER CUENTO DE E. A. POE).-

Mª Evelia San Juan Aguado

El día 5 de enero se desató una galerna furiosa, que duró varias horas, mientras la fragata navegaba en dirección a Las Américas con toda su tripulación. Iban también algunas esposas de militares, a las que se les había permitido acompañarles en su dura travesía.

En las cercanías del faro las olas bravías y seguidas se encrespaban cada vez con mayor fuerza y altura, provocando su invisibilidad. Los hombres luchaban codo con codo azotados por la lluvia y el viento que amenazaba con arrancarlos de cuajo de la cubierta. Los relámpagos y truenos casi seguidos producían espanto en ellas, que observaban desde la bodega aquella lucha desigual, sin saber cómo ayudar desde su confinamiento. Aunque era poco más de mediodía, la oscuridad se había enseñoreado de todo.

Poco después, un rayo fue a parar al palo mayor y provocó su ruptura, tras la cual cayó con estrépito y alcanzó a dos personas. Pronto la nave quedó a merced de las furias y acabó rota por el choque contra una enorme roca oculta bajo la crecida. El hundimiento se produjo en pocos minutos. Los gritos y peticiones de auxilio apenas se oían, ahogados en el fragor de los truenos. Las escasas personas que salieron a flote se agarraban histéricas a las pocas tablas que quedaban flotando, subían y bajaban como cometas y al poco desaparecían engullidas al fallarles las fuerzas.

La esposa del teniente Morrison, joven, fuerte y valerosa, se aferró con toda energía al trozo del palo mayor que tenía cerca y se sujetó a él con la cuerda. Resistió cuanto pudo, rezó miles de oraciones, llamó cientos de veces a su marido, sin respuesta, hasta quedar exhausta bien entrada la noche. A la mañana siguiente se hallaba varada en la base del faro. La calma había regresado, lucía un sol tibio, reconfortante; sólo las gaviotas rompían con sus gritos el silencio. El mar parecía dormido, como si hubiera necesitado descansar de la pasada agitación. Cuando los rayos del sol se posaron en sus ojos, despertó húmeda y fría. Se desató y se incorporó ansiosa de desentumecer los músculos. Observó el faro de abajo a arriba y anduvo todo alrededor hasta encontrar la puerta. Estaba ligeramente entreabierta, quizá por la fuerza del reciente oleaje. Llamó al farero. Gritó con las exiguas fuerzas que le quedaban. Nadie respondió. Enardecida por la desesperación, aplicó el palo a modo de palanca y logró franquear la entrada. Subió cautelosa, preguntando en cada vuelta si había alguien. Todo parecía en orden; sin embargo, el faro estaba vacío.

Llegó hasta la linterna, comprobó que funcionaba, se asomó al mar: calma chicha, soledad inmensa. Ni un resto de la fragata, ni señales de las personas. Nunca volvería a ver a su amado esposo. ¿Qué sentido tenía ahora su vida sin él? Recordó de pronto las historias de naufragios que su madre le había contado siendo niña: “Al cabo de un tiempo, el mar suele devolver los cuerpos hundidos”. Al sentirse sola, un dolor sordo la invadió de pronto, como un zumbido que golpeaba sus sienes con fuerza creciente. Necesitaba tenerle cerca, sentirse suya, enterrarle en un lugar sagrado, donde rezarle plegarias frecuentes. El mar estaba en deuda con ella, había que esperar.

¿Qué le habría sucedido al farero? Parecía un misterio, no se explicaba qué motivo le habría llevado a salir con aquella terrible galerna. Regresó al fogón. En la alacena había algunas provisiones. De pronto, la sensación de hambre era imperiosa. Comió ávida, bebió un buen trago de agua y empezó a buscar ropas. Necesitaba hallar algo que ponerse para poder secar las suyas.

El dormitorio estaba situado muy alto, cerca de la lámpara. El mobiliario consistía en un catre, una silla, un arcón y un espejo antiguo, algo deteriorado por el salitre y la humedad. Al abrir el arcón vio la ropa de cama a la izquierda y prendas masculinas a la derecha. Se enfundó en un pantalón, una camisola y una casaca que le quedaban algo grandes, disfrutando la sensación de la ropa limpia y seca. Descubrió que tendría que lavar su ajado vestido y el resto con agua del mar, si no quería agotar antes de tiempo las garrafas de la potable. No corría prisa. Vista desde lejos, su aspecto no delataba ninguno de sus rasgos femeninos. Con su viejo sombrero marino, podía estar segura de que nadie iba a sospechar acerca de su identidad. Estaba convencida de que la ausencia del farero era definitiva: le sustituiría y nadie se daría cuenta. Esperaría el regreso de su marido todo el tiempo necesario.

Pero eso significaba aprender a mantener la lámpara en correcto funcionamiento, conocer las señales, cuidar las instalaciones, aprender a pescar, apreciar la soledad. Su vida se había truncado de modo impensable días atrás. Cuando había celebrado su boda con el teniente, enamorada y feliz, cuando luego le permitieron embarcarse con él, nada hacía presagiar un final tan triste y cercano para su historia de amor. Melanie era una mujer práctica, decidida, que no se arrugaba ante las adversidades, se lo estaba demostrando sobradamente.

Bajó hasta la biblioteca y se dedicó a buscar libros donde aprender el mantenimiento del faro. Sobre la mesa, un libro cerrado y un cuaderno abierto. En el primero, titulado “Manual del guardafaros”, aparecían detalladas las labores que debe hacer cualquier farero. El segundo era un diario con anotaciones fechadas desde el 1 de enero de 1796 hasta el día 4. Todo indicaba que su autor había desaparecido el día antes de la gran galerna. Su desesperación era patente, había perdido las ganas de vivir, su marcha estaba decidida, pero no quería que el faro dejase de funcionar. La llegada de la balandra con las provisiones se había producido el día 1, lo que significaba que la bodega tenía que estar casi llena. Tenía un margen de unas dos semanas para idear la manera de convencer al patrón para que no la delatara. Si todo funcionaba bien, sería más fácil.

Deseaba estar sola, saborear los recuerdos de su amor perdido, entregarse a este faro, que nunca más hubiera naufragios. Podría seguir escribiendo en ese diario, incluso escribir un libro, como había previsto el anterior habitante… tenía que encontrarlo. Buscó entre los estantes: había varias novelas, algunos mapas, un tratado sobre el arte de la pesca en el mar; pero ni rastro del otro. ¿Qué clase de libro habría pensado escribir? ¿Lo habría comenzado?

7 de enero

He sobrevivido a la más terrible tormenta de mi vida.

Había decidido acompañar a mi amado Morrison en su viaje hacia las Américas y las súplicas que le dirigimos otras esposas y yo al teniente general fueron atendidas. Estaba dispuesta a colaborar con él en su tarea allá. Me embarqué en la “Reunión” con la ilusión de la recién casada que emprende una vida nueva y desconocida. No era sencilla ni fácil la estancia en la fragata, pero a todas nos animaba la esperanza de llegar a nuestro destino, donde todo iba a cambiar. Durante varios días sufrimos mareos y dolores provocados por el balanceo y la escasez de espacio. La mañana del día 5 fue agitada desde un principio: los hombres vieron enseguida que se acercaba una galerna y tomaron las máximas precauciones posibles; entre ellas, nos confinaron en la bodega con órdenes estrictas de no movernos, pasase lo que pasase. De nada sirvieron nuestras manifestaciones y ofrecimientos de ayuda. La aparición de tantos truenos y rayos incesantes, que rompían el cielo mientras una oscuridad creciente nos invadía, junto con aquel terrible oleaje que hacía subir y bajar a la nave como si fuera de papel, nos provocó un pánico inmenso, impulsó a unas a gritar aterradas, mientras otras rezábamos y suplicábamos que pasara aquel horror. Algún tiempo después sentimos la ruptura y enseguida la caída del palo mayor, con un gran estrépito y voces desaforadas de los hombres que luchaban para mantener el control de la nave. Les oíamos gritar que no conseguían ver el faro, tanta era la altura de las olas. No tardamos en sufrir el choque contra una roca: el barco se agrietó y se partió en dos. De momento, la mayoría logramos salir a la superficie, pero nos veíamos zarandeados como muñecos de trapo. Yo pude agarrarme a un trozo del palo mayor y me até a él lo mejor que supe con el resto de cuerda que tenía. Buscaba a mi marido, le llamaba sin parar; no pude verle en ningún momento. Muchas personas se agarraron a las tablas que tenían cerca, pero era tal la fuerza del oleaje y los envites, que poco a poco eran presas del cansancio y acababan por hundirse. Seguía rezando, pedía que se acabara aquel infierno, que apareciera Morrison en respuesta a mis llamadas, que me acompañaran las fuerzas… hasta que el agotamiento se adueñó de mí en plena noche y perdí el conocimiento. Me salvó haberme atado. A la mañana siguiente amanecí junto a este faro, que ha de ser mi hogar y mi destino mientras el mar no salde la deuda que tiene conmigo.

8 de enero

Necesito conocer el funcionamiento de la linterna, conseguir que siga iluminando lo mismo que antes. He tenido suerte: en la biblioteca he hallado un manual y ya estoy en pleno aprendizaje. Voy a tener que desarrollar una buena dosis de fuerza física, habré de entrenarme a diario. Las provisiones de momento son suficientes. ¿Cuándo volverá la balandra? El patrón habrá tenido, sin duda, noticia del naufragio de la “Reunión”; los periódicos lo habrán publicado en primera página. Lo que no esperará es encontrarse con una mujer al cargo de esta dura faena. Le explicaré los motivos que tengo para estar aquí y espero convencerle para que no me delate.

9 de enero

El mar sigue en calma, las mareas se suceden con regularidad, no aparece ni un solo rastro del naufragio. Los recuerdos de los días felices danzan en torno de mi cabeza y en algunos momentos me parece divisar la silueta de mi amado regresando a mí con su rostro sonriente, cariñoso, con sus ojos rebosantes de amor y sus manos acariciantes… Mi cuerpo se estremece, pero no oigo sus palabras; el silencio que me embarga me devuelve a la realidad y las lágrimas acuden abundantes.

-¡Ah, mar pérfido, que me has robado mi tesoro, lo que más quería, mi único amor! ¿Cuándo me devolverás mi prenda? Esperaré sin prisa, no me cansaré de reclamarte lo que es mío, tendrás que traérmelo.

10 de enero

He intentado pescar mientras estaba la marea baja. Me apetecía probar, aprovechando la zona que queda descubierta por unas horas. Entre las rocas, rebuscando, encontré algunos mejillones, pero me fue imposible capturar un solo pez. Tengo que aprender, será una de las tareas que llevaré a cabo, me cueste lo que me cueste.

11 de enero

Miro al horizonte horas; busco en todas las direcciones; dirijo el catalejo hacia el lugar donde sufrimos la catástrofe… pero nada aparece ante mis ojos. ¡Qué larga espera, sin certeza, sonora de olas, silenciosa de palabras! A ratos me retumban en los oídos: “El mar suele devolver los cuerpos”. Entonces me siento esperanzada y el dolor se mitiga: acaso mañana el mar cumplirá mi deseo. En otros momentos pienso que hubiera sido mejor sucumbir con él, por no sufrir esta agonía.

12 de enero

¡He conseguido pescar un besugo! No era grande, es verdad, pero asado en la sartén me supo a gloria. Las gaviotas revoloteaban sobre mi cabeza mientras estaba pescando y emitían graznidos desagradables, como si quisieran disputarme la presa, o quizás disuadirme de la faena…Debo seguir aprendiendo, lo de hoy me parece más una casualidad que buena técnica.

La ventaja de esperar por los peces es que al tiempo me permite observar a lo lejos la posible llegada de algún barco, incluso la de Morrison. Algunas noches sueño que llega nadando hasta la base del faro, sube y al vernos se acerca a mí sonriente, con los brazos abiertos. Entonces, me despierto de golpe y un sudor frío me empapa la frente. Increpo al mar, que no quiere apiadarse de mi súplica y la oscuridad vuelve sorda y lóbrega. Me está haciendo esperar demasiado.

13 de enero

Hacia las nueve de la mañana, mientras hacía las labores de mantenimiento de la linterna, pude distinguir en la lejanía algo que parecía una embarcación. Apunté el catalejo y efectivamente la balandra se dirigía airosa hacia el faro. Sentí miedo y alegría a un tiempo: por fin iba a recibir noticias del mundo habitado, una buena provisión de agua, alimentos y combustible. Podría pedir las cosas que necesito –entre ellas el ataúd-, pero ¿cuál sería la reacción del patrón al descubrir mi presencia aquí y la ausencia del farero? ¿Pensaría acaso que yo era la responsable de su desaparición? La lectura de su diario era muy explícita sobre el desánimo de ese hombre, se lo iba a mostrar como prueba.

Necesitaba poner en juego todas mis dotes de persuasión, convencerle de que el faro funciona con normalidad, ganarle para mi causa. Cualquier historia que le contara no sería mejor que la propia realidad…correría el riesgo. ¿Cómo no iba comprender mi ansia de recobrar el cuerpo de mi marido y mi determinación de permanecer aquí hasta conseguirlo? El destino me ha dejado con vida para cumplir esta misión.

Habría que dibujar la cara que se le puso al señor Roschman cuando tras dejar amarrada la balandra subió hasta la puerta, donde le esperaba saludándole con la mano y con la mejor de mis sonrisas. En un primer momento no era capaz de articular ni una palabra. Abría los ojos sin dar crédito a lo que estaba viendo. Luego, dijo:

-¿Dónde está él? ¿Quién sois vos? ¿Qué hacéis aquí?

-¿Habéis tenido noticia del naufragio de la fragata “Reunión el pasado día 5?

-Sí, desde luego. No se habla de otra cosa desde que sucedió.

-Yo viajaba en esa nave. Pasad, señor. Espero que me haréis la merced de compartir la comida que he preparado. Os contaré mi pequeña historia.

-Mejor será que primero descarguemos las mercancías. Luego daremos cuenta de vuestros guisos y escucharé lo que tenéis que decir. De no estar el farero, me hará falta vuestra ayuda. ¿Tenéis fuerza en los brazos?

-La necesidad me ha dado el vigor que hasta ahora nunca tuve.

-Vayamos, pues, cuanto antes. En esta época losa días son cortos y hay que aprovechar bien las horas de luz.

El señor Roschman era un hombre corpulento de mediana edad. Cabello entrecano, barba poblada casi blanca, hondos surcos en la cara, oscurecida por el aire marino; manos enormes y brazos musculosos y renegridos. Trabajaba con diligencia en la descarga, sin más palabras que las estrictamente necesarias para dar instrucciones. Asumía la mayor carga posible, pero el aspecto de su cara reflejaba la buena impresión que mi colaboración le estaba causando. En algún momento llegó incluso a silbar una melodía desconocida para mí. La faena duró en torno a las dos horas. Luego, supervisó conmigo los mecanismos de la linterna y bajamos a la biblioteca, donde yo había dispuesto la mesa lo más agradable posible.

Iniciamos la comida en silencio. En cuanto los estómagos empezaron a entonarse, a una señal de sus ojos, le conté cuanto sigue:

-Mi nombre es Melanie, soy la esposa del teniente Morrison, navegábamos con destino a las Américas, junto con otros militares y sus esposas, pero el destino cambió nuestros planes. De aquella terrible desgracia solamente he quedado yo para dar testimonio; el mar quiso perdonarme la vida y me depositó a los pies de este faro para que mantuviera viva su luz y ayudara a otros navegantes, pues habéis de saber que el farero por quien preguntáis desapareció sin dejar rastro el mismo día de la galerna. Tal vez las fuerzas desatadas le alcanzaron lo mismo que a nosotros. En su diario se puede leer el declive de su ánimo y sus escasas ansias de vivir. Aquí podréis comprobarlo vos mismo…

Yo me salvé atada a un trozo del palo mayor –ése que visteis abajo- que también me fue útil para poder abrir la puerta, entreabierta, pero a la vez ofrecía una fuerte resistencia. Aunque había gritado pidiendo auxilio, no hubo respuesta. Me encontraba extenuada tras las largas horas de lucha con las aguas. La humedad y el frío me habían calado hasta los huesos y me hacían tiritar. Al explorar el interior comprobé que todo estaba en orden y la linterna funcionaba; pero no había rastro ni señal del farero.

Aquí encontré respuesta a mis necesidades de ropas y alimentos y aquí he hallado mi nuevo destino: aprender, mantener este faro en buen funcionamiento, como ya habéis podido comprobar al venir, y recuperar el cuerpo de mi marido para enterrarlo bajo los ritos de la fe cristiana que ambos profesamos. Quiero poder llorarle en su tumba el resto de mi vida; poder visitarle y contarle mis días sin él; llevarle flores y conservar su memoria hasta que la muerte se decida a juntarnos. Soy fuerte, no me asusta la soledad, puedo desempeñar este trabajo, estoy convencida de que el cielo ha querido guardarme con vida para que pueda escribir en un libro la tragedia de la “Reunión”. ¿No os parece que debo abordarlo?

-Ciertamente, es fascinante vuestra historia.

-Ahora que os he contado toda la verdad, sólo os pido que colaboréis conmigo. Retrasad por un tiempo el parte de la desaparición del farero. El mar nos será benévolo y traerá de vuelta su cuerpo junto con el de mi marido.

-Lo que me estáis pidiendo es muy arriesgado para mí.

-Mi corazón me dice que en vuestro próximo viaje no regresaréis solo al puerto.

Ver biografía del autor

Alejandro Alonso Cabrera (Jany)

4 de enero

Amanece tranquilo el día, el sol brilla con una luminosidad que jamás había visto. Unas pocas nubes se arremolinan en el horizonte, parece una tormenta lejana, muy lejana. Creí que no amenazaría nuestro día, y así lo confirmé al acabar el mismo, pero mañana no sé, tengo dudas, me siento inquieta y, quizá, algo atemorizada... Aún no he querido escribir nada en mi libro, tan sólo imprimo estas sensaciones. Por el momento sólo deseo disfrutar unos días de esta soledad tan “obligada” y, por otro lado, necesitada, ansiada.

5 de enero

Hoy he ordenado y limpiado un poco mi estancia, no es que me guste el desorden y el caos, pero pesa la educación recibida; de todas formas, estando solos Neptuno y yo, es cosa que no haré habitualmente.

He errado, pues pensé, viendo ayer las nubes, que hoy tendría tormenta. Está claro que del tiempo no sé nada, pues sigue brillando un sol enorme; el viento es frío pero suave. Al filtrarse por las grietas del faro suena como una dulce música, es como un canto que suena sorprendiéndonos gratamente. Varía según de donde proceda; por el norte suena como aquellas cancioncillas repetitivas y machaconas de cuando la niñez; por el oeste, es un sonido agradable, sencillo y simple, como el de las campanillas de los carruajes; por el sur, parecen campanas, muchas campanas sonando sin compás, sin orden y sin embargo dulces; por el este parecen trinos, pájaros cantores de primavera, y cuando se entremezclan, porque el viento está juguetón y varía de dirección, libre y a su antojo, si prestas atención, crees oír el canto de una sirena.

6 de enero

Parece que han tardado más de lo que había pensado aquellas nubes que divisé en el horizonte, por fin han llegado hasta aquí. Hoy llueve y el día es espeso, gris y melancólico. La lluvia ha introducido un nuevo componente al canto del faro, y varía tanto en intensidad como en ritmo, pero lo hace al unísono, complementado al canto, introduciendo nuevos elementos a esta improvisada orquesta.

No hemos podido salir a dar nuestro paseo, y he pensado, he pensado mucho...

7 de enero

Tenemos pocas cosas en común, sin embargo ambos necesitamos, de vez en cuando, alguna señal de cariño. No soy persona enamoradiza ni preciso atención ni agasajos; sin embargo, echo de menos algunos pequeños detalles que llenaban mi corazón. Ahora Neptuno parece saber cuándo los necesito, pues se acerca a mí y posa su enorme cabeza en mi regazo. Ayer no me abandonó un segundo. No sé muy bien si soy yo o es él, el que da o el que recibe, pero creo que nos place por igual a los dos. No estuvo pegajoso, parece que su instinto lee en mí como si fuera un libro. Los sentidos no están limitados, no hay motivo para anular ni disimular emociones o sensaciones, estoy libre, soy libre, sin tener que reprimir nada, sin temor a herir o dañar a nadie, puedo decir, gritar, correr, llorar, reír, danzar, puedo hacer lo que me dé la gana, pues aquí, con esta la libertad “obligada”, sólo los ojos de Neptuno me ven. Y todo gracias a ti, mi fiel De Grät, sólo gracias a ti. La verdad, no entiendo cómo pudiste convencer a mis padres de este “retiro”. Espero que algún día me lo expliques.

8 de enero.

La lluvia se ha ido, pero ha quedado, como agarrada al faro, una niebla densa. No sé si debo contarte, De Grät, cómo ha sido el viaje, pero he seguido tus instrucciones al pie de la letra. Me coloqué la capucha tapando todo mi rostro, no dejé distinguir parte alguna de mi cuerpo, me arropé con la capa y con las botas y con los guantes, parecía una saca más junto a los víveres. Los dos marinos cuchicheaban sobre mí, sobre mi identidad, sobre si ocultaba alguna extraña enfermedad, si era un leproso, un ex convicto, un noble de algún lejano o cercano país. No pronuncié palabra alguna en todo el transcurso del viaje. Cuando uno de ellos se dirigía a mí -pues no se acercaron demasiado- y me preguntaba algo, tan sólo movía la cabeza, asentía o negaba o movía la mano. La comida me la dejaban encima de un cajón, a unos pocos metros de mí. Creo que temían que tuviera alguna rara y contagiosa enfermedad. Al principio creí que no podría soportar ese esconderse, pero sus absurdas cavilaciones me ayudaron. Llegué oculto al balandro, y salí de él oculto, dejé que descargaran las provisiones y cuando partieron, cuando mi vista los perdió en el horizonte, sólo entonces, me quité los ropajes. Sentí por fin el aire en mi rostro, sentí la libertad, la soledad, el miedo... No me recluyo por gusto, y tú, De Grät, bien lo sabes. Los repentinos acontecimientos y la sabiduría de la que sueles hacer gala, aconsejaron este “encierro”. Si aún no te lo había dicho, gracias, De Grät, sabré recompensártelo, algún día, cuando regrese...

9 de enero

Creerás que me posee la estupidez, pues siento como si unos ojos se posaran en mí. Lo sé, no hay nadie más, estamos Neptuno, el faro, la soledad y yo, pero esa sensación no la puedo evitar. Creer que alguien te mira en este desolado paraje es de locos, pero ya ves, son sensaciones. Aparte de estas extrañas emociones, el día sigue sin abrir. Lo cierto es que no me molesta, es más, me recuerda a nuestra bella ciudad, siempre gris, siempre melancólica. Los paseos por la gran avenida eran siempre reconfortantes, aun cuando la lluvia aparecía y parecíamos jugar como si fuéramos niños pequeños. ¿Te acuerdas, verdad? Dudo que hayas olvidado aquellos juegos de juventud, aunque luego la distancia nos separó. Tus estudios nos alejaron, pero nunca perdí la fe en que al volver a encontrarnos sería todo igual, como así fue. Esa amistad, De Grät, aún en la distancia que nos separó, y que, ahora, nos separa, quizá es la que nos une, y jamás será interrumpida. Ojalá pudiéramos hablar...

10 de enero

Hoy me he despertado más pronto de lo habitual; si bien es cierto que no tengo una hora concreta y dejo que sea el propio sueño el que se vaya y su ausencia me despierte, creí sentir, creí notar caricias sobre mi piel, mis manos, mi cuello, mi pelo, todo mi cuerpo era acariciado, con sumo cuidado, con mimo. En un principio pensé en Neptuno, mas al entreabrir mis ojos, lo vi en su sitio, al lado de la chimenea. Me sobresalté y de un salto abandoné la cama. Miré a mi alrededor, escuché con atención, mientras cogía uno de los cuchillos de la mesa, nada oí. Salí afuera. De pronto me di de bruces con la soledad. Nadie había allí que pudiera turbarme, sólo sueños, sueños y nada más que eso.

11 de enero

Me comentaste, querido De Grät, que tuviera sumo cuidado con mis pensamientos, que no dejara que me dominasen, que no trascendieran más allá de lo que son, pensamientos y sólo eso. Recuerdo que tuve una niñera alemana llamada Dietlinde que cuando desaparecían cosas en casa amenazaba con una rara letanía a un ser imaginario llamado Kobold, algo así como un enano malvado que trasteaba las cosas, nunca desaparecían, simplemente las cambiaba de sitio, y como por arte de magia, encontrábamos la cosa desaparecida en otro lugar. Nunca aprendí aquella oración, pero ahora me vendría bien. Te diré, De Grät, que hoy me desaparecen las cosas. He dejado unas telas, pues estaba pensando en pintar, en la mesa y, cuando he vuelto de pasear con Neptuno, no estaban. He rebuscado gran parte de la mañana por todo el faro, sin obtener resultado alguno. Vencida, he dejado que pasara el día. Allá, en la noche, las telas estaban sobre la cama. Te juro que fue el primer sitio que miré después de la mesa, y no estaban allí. Sé que no me enajena esta soledad, pero no encuentro más explicación a esto que la historia de Dietlinde. ¿Crees tú que existirán esos seres?

12 de enero

No sé si algo tendrá que ver esta niebla que hoy nos ha dejado, pero desde que luce de nuevo el sol, nada “raro” me ha sucedido. No he llegado a pensar que había perdido la cordura, pero ¿y si existen esos seres? Analicé estos últimos días y en cada uno de ellos, había sentido, o notado algo distinto. Los ojos que se posaban en mí, las caricias, la verdad que eran tiernas, las cosas que “desaparecen y aparecen”, es como si, como no sé, como un ser que se ha encariñado conmigo, y al no hacerle caso se ha enfadado. Tal vez el faro me espía, tal vez la soledad me mima, tal vez la niebla se siente ofendida y cambia mis cosas de sitio. Pero la realidad me ha sido devuelta por obra de estos rayos de sol que iluminan toda la estancia. Vendrán días con niebla, pero vendrán y no me dejaré dominar. De Grät, cuando leas esto no pienses en mi pasado, es algo que ha quedado en el olvido, en mi olvido, y espero que en el tuyo también. Léelo sin más, sin intentar relacionar estas palabras con lo sucedido hace tanto tiempo. Enterramos aquello y no volverá. Los dos sabemos realmente que pasó, y no deseo volver a desenterrar aquellos sentimientos, ahora ya sabes lo que quiero...

13 de enero

He salido al amanecer con las telas y las pinturas, quería captar la belleza de ese instante, pero sólo he conseguido emborronar la tela. ¡Qué difícil es plasmar las sensaciones! No quiero que nadie vea la tela, es realmente fea, y por eso ha ido a parar a la chimenea. Como siempre, me resulta más fácil pintar a Neptuno, él solo llena la tela.

14 de enero

Esta madrugada he oído el silbido de un barco, sonaba templado, lejano; era, más que un pitido, un saludo. He mirado desde el mirador y he visto las tenues luces del barco, saludé, con ímpetu, aún sabiendo que nadie me vería, pero me hacía ilusión despedir a los marinos. Después, al verlo seguir viaje, me imaginé navegando por el mar, emulando a aquellos piratas.

Mis salidas con Neptuno me han resfriado, por lo que estoy a base de caldos e infusiones. No tengo hambre apenas, pero espero que no me dure mucho. Como me canso mucho, he decidido subir unas mantas, algo de comer y el infiernillo. Me he quedado aquí arriba, contemplando la inmensidad de la nada.

15 de enero

Me canso de subir y bajar los 274 escalones de este faro. Hoy me siento mejor, parece que remite el resfriado y mis fuerzas quieren recuperarse, aún así, sigo cansada.

16 de enero

Hoy me apena esta soledad, siento no poder compartir contigo este momento, como hemos hecho tantas veces, por eso, ¡felicidades De Grät!, hoy, que como siempre habrás olvidado, es tu cumpleaños. No estoy ahí contigo para recordártelo, para salir al Café Central a tomar el chocolate y las pastas y una copita de ese vino portugués, pero espero, que aún así, lo estés celebrando y acordándote de mí. Tomaré yo esa copita de vino, del que me has enviado, del mismo que tomamos, y brindaré a tu salud, y te daré nuevamente las gracias. No quiero seguir escribiendo, mi corazón se llena de tristeza, mis recuerdos se agolpan en mi memoria y quisiera ahogar mis lágrimas.

17 de enero

Sabes que nunca quise hacerme un autorretrato y hoy me he puesto manos a la obra. Sólo he esbozado unas líneas, algo que sugiera los primeros pasos, pero es como si mi mano debiera trazar cada rasgo, cada poro de mi piel, y he acabado el retrato. No pienso pintarlo, ni darle color, lo he visto tan hermoso que tengo miedo a estropearlo con los óleos.

18 de enero

Una fina lluvia nos acompañó hoy por la mañana en nuestro pequeño paseo. Brillaba el sol y un enorme arco iris apareció en el horizonte. La soledad me regala tan bellos momentos que quisiera que estuvieras aquí, me gustaría tanto compartir esta soledad contigo. Sé que disfrutarías, conozco muy bien la sensibilidad que te aborda en determinados momentos y éste, seguro, habría sido uno de ellos. Hoy he comenzado el libro, y para poder escribir he seguido la luz del sol que entra en el fanal. He estado en la balconada y no creerás de lo que me he dado cuenta, el faro está vivo. No te lo tomes al pie de la letra, es sólo una forma de hablar. Es que la sombra de mi faro siempre navega, siempre se baña; tan sólo en las noches sin luna, está en tierra. Siempre toca la mar, siempre la roza, siempre la besa. Esta minúscula roca, que ahora es mi reino, mi paraíso, mi Edén, no es lo suficientemente grande para el faro, por eso crece y se hace mayor. Creo que incluiré alguna nota en mi libro sobre el faro.

19 de enero

Kobold estuvo de nuevo por aquí, me escondió unas notas que tenía para el libro, pero, en cierta manera, me ha hecho un favor. Tenía pensado seguir escribiendo, pero sin las notas... He bajado a la roca y las pequeñas cuevas y grietas, al choque con las olas de mar, acompasaban las músicas del faro. Las olas marcaban el ritmo mientras el faro llevaba la melodía. ¡Qué canto! He mirado al sol, he abierto de par en par mis brazos y los he agitado como si fuera aquel director de orquesta de aquella actuación que vimos en aquel café-teatro de Haymarket. Espero que lo recuerdes porque fue un día memorable; uno de los mejores días de mi vida. Quizá por eso hoy me siento feliz.

20 de enero

Al levantarme esta mañana, mis piernas no me obedecieron; caí de bruces al suelo. No temas, salvo unos rasguños no tengo nada más. Debí dar muchas vueltas en la cama, porque mis piernas, presas por las mantas, se enredaron y al intentar alzarme, se quedaron atrás. Durante el resto del día tuve algún que otro percance, todos ellos sin importancia. Parece que el dicho se hace realidad, hoy me he levantado con el pie izquierdo.

21 de enero

Prometí no hablar de ello, y así ha sido todo este tiempo. Pero, la verdad, no he dejado ni un instante de tenerlo en mi mente. No puedo olvidar de la mañana a la noche ese amor. Repito, una tras otra, el momento en que mi padre nos pilló. No me lo perdonaré nunca. La furia y la ira desatada por mi padre, sus ojos fuera de las órbitas, el miedo que me atenazó. Es insistente y no dejo de verlo en mi cabeza. Sé que no quieres saberlo, que aunque tú eres más abierto, aún hay cosas que te cuesta comprender. O si las comprendes, aún te cuesta aceptar, más que nada por ser yo y no otra persona a la que le ha sucedido. Lo sabías desde hace mucho tiempo, mas nunca quisiste tocar el tema. Si bien agradezco tu silencio y tu comprensión, si reprocho, no me entiendas mal, no es un reproche en sí, pero alguna vez he necesitado desahogarme y la complicidad de un amigo. He ahogado mi felicidad y mis sentimientos por no herirte o por no afligirte. He ocultado al resto del mundo ese amor secreto, esas pasiones prohibidas. No eres juez y por eso nunca me has juzgado, aunque he visto en tus ojos cierto aire de pena. ¿Pena? ¿Por qué si el amor es maravilloso? Ahora ya todo da igual.

22 de enero

Pasan los días, y aquello que llenó mi corazón, hoy me debilita, me aprieta y me asfixia. La pena se ha instalado en mí. Odio a la raza humana, odio todo lo que en sí conlleva, odio el horizonte porque no me lleva al futuro, porque no veo esperanza en esta soledad. ¡Maldito sea este destierro! Mejor hubiera sido el castigo de mi padre. Cumpliré estos años de destierro, pero sé que mi corazón seguirá queriendo, sé que sus manos me esperarán, que sus labios ansían mis besos, sé que las caricias volverán...

23 de enero

He visto la luz esta noche y de igual modo que el sol sale cada día, salvo que mis días acaben aquí, he comprendido que todo tiene un lugar, un porqué, y que la fortaleza del amor lo supera todo. No quiero que te sientas agobiado cuando leas estas notas, tú también me has regalado la felicidad, y aún te espero, sabes que te quiero, de otra forma, pero te quiero. Gracias de nuevo por escucharme ahora. Mis lágrimas nadarán en este inmenso mar, y sé que llegarán a salpicar tus pies, y entonces sabrás que, a pesar de todo, estoy bien.

24 de enero

Amanece un nuevo día, gris, con algún rayo entrecortando la niebla. Neptuno es un cielo, si pudiera hablar, si pudiera hacer cosas, sería, es, la mejor compañía posible. Desde el primer instante ha estado pendiente de mí como si debiera cuidarme, sabiendo en cada momento lo que necesito. Parece como si me entendiera.

Lo siento, De Grät, pero no soy dueña de lo que mi mano escribe, ni tan siquiera soy dueña de lo que pienso. Intento no hablar, no pensar, no escribir sobre ello, pero siempre fallo. Todos estos años en los que en el silencio de tu complicidad me he sentido protegida, en los que preferías casi ignorar mis sentimientos, en los que me facilitabas la coartada perfecta, de nada valen ya. Quisiera gritar al mundo, desde lo alto de este faro, que al amor no se pueden poner cortapisas, que las trabas, casi siempre, injustificadas, tan sólo demoran lo inevitable y casi hasta provocan su desenlace. ¿Lo ves? No puedo dejar de contarte mis sentimientos, por más que lo intento, soy débil fragata sobre mar furioso.

25 de enero

Poco o nada hay de novedad. ¿Quieres que te hable del tiempo? Un día hace sol y al siguiente llueve, o tal vez esté nublado. ¿Quieres que te hable de lo que veo? Un inmenso mar, y muy, muy de vez en cuando, en la lejanía del horizonte alguna luz de un barco, pero sobre todo, mar. ¿Te cuento cómo ha sido el día? ¿Ayer, hoy, hace tres días? Da igual, es una repetición constante, lo único que cambia es el día, ayer era 24 y hoy 25, el resto..., el resto igual. No creas que estoy desanimada, ni mucho menos, intento que los días y las horas se pasen lo más rápido posible, intento no caer en desesperación alguna. Necesito un favor. A pesar de que nunca habéis cruzado ninguna palabra, te ruego que cuides de Anouk. Háblale de mí, de donde estoy, de lo que siento, de que ni el tiempo ni la distancia nos han separado, cuéntale que por encima de todo mi amor perdurará. Esto es una locura, salvo que puedas leer mis pensamientos... sin embargo creo que este favor que te pido hoy, de alguna manera, ya lo has hecho. Tengo la sensación de que ya habéis hablado, de que le has comunicado todos mis sentimientos y mi paradero. Te quiero, De Grät, por eso te quiero. Siempre sabes lo que necesito.

26 de enero

Te pido perdón por el día de ayer, creo que empecé siendo un poco irónica.

He tachado un nuevo día del calendario, no me importan los días que vienen por delante, me importan los que tacho, porque sé que cada vez estoy más cerca de ella. No hago nada, paseo alrededor del faro, cuento las gaviotas que se posan en las rocas y en la baranda del faro, dejo pasar las horas en espera de que otra noche me lleve a un nuevo día. Este desasosiego me está royendo por dentro. Este esperar, este pasar, que me aleja lentamente del pasado y lánguidamente me lleva al reencuentro, me está agotando...

27 de enero

Mi corazón no deja de palpitar, sin embargo me he levantado con una extraña sensación. Creo que no volveré a verte, que no pasearé de tu brazo por St. James's Park, que no jugaremos los viernes nuestra partida de bridge, que no volveré a ver a mi padre ni a mi madre, que Anouk llorará por no tener más mis besos y mis caricias. Me he levantado como si tuviera la premonición de que mis días se acaban, que terminarán en este faro. Dios sólo lo sabe.

28 de enero

Tengo miedo. Estoy atemorizada por esa sensación, ese presentimiento que me invade y me oprime. No quiero, de ser cierto, caer en el olvido, quiero que algunas palabras, por mor de tu boca y de nuestra eterna y sincera amistad, lleguen a los seres que quiero.

A mi padre pídele perdón por la ofensa, nunca quise agraviarle, por eso nuestro amor, entre Anouk y yo, fue en secreto. A mi madre, sé que me perdona y que cada noche mira mi retrato con pena, disimulando las lágrimas que quieren aflorar, dile que la quiero y que siempre está en mi corazón. A ambos diles que no me siento culpable por nada, que no hay mal o suciedad en el amor, que simplemente llega, aparece, y no elige. Lo más grande es ser correspondido, como así fue el amor entre Anouk y yo. El hecho de que ambas seamos mujeres y ambas correspondidas no elimina el sentimiento del amor. Nos queremos, nos amamos y somos felices, ¿se puede pedir algo más?

A ti..., no tengo palabras para expresar mi agradecimiento, todos estos años, desde la primera vez que apareciste a la puerta de mi casa, hasta hoy, todo lo que has hecho por mí, lo que has hablado y lo que has callado, De Grät, jamás te olvidaré.

Por último, dile a Anouk, que siempre la he amado, que siempre la amaré y que la llevo en mi corazón, que el tiempo que hemos estado juntas me parece infinito, que siento cada día cómo sus labios se cruzan con los míos, cómo sus manos se entrelazan a mis manos, cómo las miradas nos hablan, cómo el silencio es una charla elocuente; dile que la amo.

He ido hasta las rocas, he llorado, y he dejado mi mensaje grabado en las lágrimas. Tan solo espero, De Grät, que salpiquen tus pies.

Mara –Carmen Salgado Romera-

5 de enero- Ayer lunes, hacia las nueve de la mañana, los marineros Alfred Drake y Robert Smith encontraron las botas de faena de mi primo Edgar Thompson al lado de esta puerta por la que se accede al balconcillo del torreón de la sala de máquinas.

Siguiendo las órdenes de su capitán, Drake y Smith me han traído hoy en una lancha. Los tres viajamos prácticamente en silencio. Consiguiendo, a duras penas, sobreponerme a mi inquietud por la desaparición de mi querido primo y a los recuerdos que me transmite este faro, al que no había vuelto desde pequeña, he logrado asimilar sus explicaciones sobre el funcionamiento del fanal y he quedado absolutamente sola al pedir que se llevaran a Neptuno, nuestro viejo mastín.

No puedo permitir que nada me distraiga: tengo sólo tres o cuatro días para intentar averiguar qué sucedió y dónde puede estar mi primo pues, cuando vuelva la goleta hacia La Isla de los Condenados para cargar minerales, me tendré que marchar aquí.

Esta madrugada, al despedirme del capitán De Grät en la goleta, aunque sus palabras eran firmes, su mirada reflejaba ternura y preocupación: “Te recogeremos cuando volvamos. Y no voy a admitir ninguna prórroga”- me advirtió, con la severidad propia de su autoridad dejando ver, de forma involuntaria, que no esperaba que encontrara a mi primo. “Te recogeremos” fueron sus palabras, no: “Os recogeremos”.

¿Soy, acaso, una ilusa por creer que sigue vivo?

Drake y Smith habían llegado aquí con la lancha hace cuatro días acompañando a mi primo, quien vino a hacerse cargo del faro. No tenían que volver hasta pasadas dos semanas, para descargar agua y víveres; libros, prensa, correspondencia e intercambiar la ropa sucia por otra limpia. Sin embargo, tuvieron que regresar ayer por la mañana para dejar el segundo cofre de Edgar que, por error, había quedado a bordo de la goleta en el viaje de ida hacia La Isla de los Condenados.

Su producción de minerales está vendida bajo contrato y nuestro barco realiza un viaje completo de ida, estiba, regreso y desestiba en siete u ocho días, si las condiciones climatológicas lo permiten, y sólo queda fondeado en el puerto de nuestra ciudad para ser reparado o cuando el tiempo impide la navegación.

Cuando en la madrugada del día uno, después de la fiesta de fin de año, nos despedimos de Edgar en la cubierta superior, bromeamos sobre si sería capaz de soportar la soledad de “El pequeño Hércules”, que queda en medio del océano, justo a mitad de camino entre nuestra ciudad y la isla. Él, persona inquieta, siempre ávida de novedades, se reía cuando De Grät, un poco ebrio, le decía meneando hacia arriba y hacia abajo su dedo índice: “Recuerda lo que te he dicho: ¡Nada de mujeres!”.

Mientras los marineros terminaban de cargar los suministros y sus pertenencias en una de las dos lanchas de la goleta, mi primo se despidió agitando la mano. Nunca le había visto de tan buen humor, pero es normal, pues por fin había logrado cumplir su deseo de hacerse cargo del mantenimiento de este faro, mientras podía disfrutar de la soledad que tanto añoraba para terminar su manuscrito.

No quiero olvidar ese momento: era la viva imagen de la victoria. Su mirada reflejaba la fuerza de sus treinta años y su sonrisa se abría ante un futuro esperanzador. Pensaba que su libro de viajes iba a aportar conocimientos decisivos sobre la naturaleza del ser humano.

Cuando Drake y Smith volvieron ayer, al no responder Edgar a sus llamadas, revisaron el faro y sus alrededores, constatando que no estaba en el islote. No se podían demorar porque si la marea bajaba, el paso entre las islas y los puntiagudos farallones es muy peligroso.

Dudaron en dejar el cofre, pues creían que, dado el posible valor del contenido, sería mejor retornarlo junto con el que habían traído el primer día, pero no se atrevieron a contravenir el mandato de su capitán. Calcularon que les daba tiempo a subirlo a la torre, donde estaría más seguro. No les parecía oportuno echar la llave, ya que habían encontrado el faro con la puerta cerrada, pero sin asegurar. En cuanto terminaron volvieron para dar parte de la desaparición de “Sir Edgar”.

Todos evitábamos mirarnos a los ojos mientras los marinos añadían que no habían observado nada extraño, que la barca de remos estaba amarrada y los objetos sólo presentaban el desorden natural propio del uso reciente. El fanal tenía aceite.

Después de escucharles, me retiré a la cámara de oficiales para asimilar la dura noticia. La esposa de De Grät me siguió y me dijo que su marido enviaría a una persona al faro para custodiarlo y buscar indicios sobre mi primo. Logré que me ayudara a convencer a su marido para ser yo esa persona.

Hemos tenido que esperar a que la marea fuera adecuada y hasta hoy al amanecer Drake y Smith no han embarcado en la lancha un pequeño baúl con mis pertenencias.

El cansancio y el nerviosismo hicieron que, por un momento, me asaltara la idea de que fueran ellos los causantes de su desaparición para robar los cofres y pensé si yo también estaría corriendo peligro. Llegué a imaginar, incluso, una traición del capitán De Grät para quedarse con nuestro patrimonio.

El cabeceo de la lancha me calmó, ayudándome a rechazar esos insensatos pensamientos. De Grät y su mujer siempre nos han apoyado y aconsejado correctamente. Drake y Smith son viejos marinos que nos conocen desde pequeños, pues mi padre les contrataba siempre. Me sentí mal por haber pensado así.

Mis dudas se disiparon por completo cuando al llegar al faro comprobé que los dos cofres están aquí, al lado del armario, cerrados y sellados, tal como estaban en nuestra casa. Edgar los trajo al regreso de su último viaje por el Este. Son idénticos, de olorosa madera de cedro, herrajes metálicos repujados con exóticos dibujos y candados de bronce con forma de pez. Cada uno pesa unas ciento cincuenta libras y miden casi veinte pulgadas de longitud, otro tanto de altura y un poco menos de anchura.

Aunque estoy acostumbrada a verlos ignoro su contenido, mi primo no me lo ha querido contar. Que yo sepa, no se lo ha dicho a nadie. Me gusta su olor y el tacto de su madera tan pulida y suave. Los dibujos de los herrajes representan a dioses antiguos, pero no de esta zona, sino de los remotos lugares que visitó en su último viaje. En alguno de esos extraños sitios me compró el collar de oro que llevo siempre puesto desde entonces. Aunque a todo el mundo le horroriza, a mí me gusta su original colgante: una figura que representa por un lado a una mujer y por el otro a un hombre.

Así me ha hecho a mí la vida: un poco, por mi naturaleza sensata pero ansiosa de libertad y, otro poco, por las duras circunstancias que me ha tocado vivir. Mi primo Edgar es la única familia que me queda y, aunque su forma de vida me resulta cuestionable, siento hacia él un cariño de hermana mayor desde que, al quedar ambos huérfanos hace seis años, decidimos seguir viviendo juntos en la residencia que nuestros padres habían heredado de nuestro abuelo.

Mi madre murió de tuberculosis cuando yo tenía once años. Mi tía, la madre de Edgar, cayó también enferma y murió unos meses después. No había ninguna mujer en la familia que pudiera hacerse cargo de mi educación, por lo que mi padre me internó en un colegio para señoritas en la zona central del país, con lo que también lograba alejarme de nuestra casa sobre la que, según la gente, había caído una maldición hacia sus mujeres.

A mi primo, dado su indómito carácter, le dejaron en nuestra residencia bajo la tutela de los caseros, quienes se encargaban de llevarle al colegio y cuidarle cuando mi tío no estaba.

Mi estancia en el internado fue un período tranquilo. Tenía amigas que, como yo, procedían de puntos lejanos. Algunas también eran huérfanas. El primer año, al principio, estábamos silenciosas, llorosas, hurañas e irascibles, por momentos. Nos mostrábamos egoístas, envidiosas, quisquillosas, chivatas, desconfiadas... Nos sentíamos enfermas, veíamos fantasmas, monstruos y bichos por todas partes. Nos queríamos ir y volver a nuestras casas, aunque estuvieran medio vacías…

Pero la inteligencia del director, que cobraba mucho dinero por nuestra estancia, sumada a su experiencia, a su capacidad práctica, a su buen humor y a la valía de las maravillosas personas que junto a él trabajaban, consiguieron que a los tres o cuatro meses imitásemos a las maestras e institutrices, quisiéramos a las cocineras más que a nuestras propias tías, ayudáramos a las limpiadoras y a los jardineros; confesáramos sin temor nuestros pequeños pecados al capellán; dejáramos descansar al médico, al practicante y a las enfermeras de nuestros males imaginarios y nos sintiéramos casi felices.

Nos enseñaban religión; geografía e historia; literatura y varias lenguas. Practicábamos caligrafía y ortografía, mientras nos leían bonitos libros de aventuras o de amor, que nos hacían soñar.

Nos gustaba la botánica. En primavera hacíamos prácticas de jardinería y cada alumna cultivaba una pequeña huerta en el extenso y cuidado terreno que rodea al colegio.

Aunque me interesaba la música, no fui capaz de aprender a tocar más instrumento que la flauta travesera y mis notas a veces desentonaban. Me reprendían. No sirvió de mucho. En mi último año, el 4º Concierto brandeburgués de Bach ganó nuevos compases, lo que asombró a los asistentes a la fiesta de fin de curso, especialmente a mi profesora.

Lo más divertido eran las clases de danza, modales y ceremonial, a las que teníamos que asistir perfectamente ataviadas, donde nos asignaban títulos nobiliarios y teníamos que representar dignamente nuestros papeles.

No todo era tan brillante, también nos enseñaban a cocinar; a hacer ropa, a bordar y tejer; a planchar; a limpiar; a gobernar a los criados, para prepararnos como buenas esposas, algo que yo acepté durante muchos años como propio de mi condición femenina.

Las matemáticas, asignatura que a la mayoría de mis compañeras no les resultaba interesante, era la que más me gustaba y, al cabo de cuatro años, cuando ya sabía tanto como mis maestras, mi padre y el director me permitieron recibir en el internado clases particulares de un joven profesor de modales exquisitos, muy atractivo.

Con él aprendí, además, un poco de astronomía, física y química y bastante sobre minerales y gemas. Richard fue mi primer y único amor…totalmente imposible, ya que yo era bastante menor y él tenía novia. Mis amigas también estaban prendadas de él. Lo hubieran estado aunque hubiera sido feo, porque era el único hombre, además de los viejos empleados del colegio, que traspasaba sus puertas.

A nosotras no nos dejaban salir, a menos que fuéramos de compras al pueblo, al teatro o a los bailes benéficos de la cercana capital o para realizar alguna excursión. Íbamos siempre acompañadas por institutrices, incluso cuando estábamos en el último curso.

Poco a poco, la figura de mi padre perdió peso en mi vida, ya que sólo recibía de él algunas largas cartas en las que me hablaba de sus viajes, de la explotación de nuestras minas y me contaba anécdotas sobre mi primo. La única que conservo es en la que me puso al corriente del fallecimiento de mi abuelo.

Solían llegar acompañadas de paquetes con variados regalos. Al principio contenían dulces, muñecas, libros de cuentos y tarjetas que firmaba como “Papá Oso”, en recuerdo de la fábula que me contaba cuando era pequeña.

Después, novelas, telas, vestidos, joyas… Seguía metiendo tarjetas cuya despedida, invariablemente, era: “Un abrazo de tu padre, Carlos”. Sé que me quería, pero jamás me lo dijo y nunca vino a verme. Me costaba perdonárselo.

Estuve allí siete años y después estudié para maestra en la capital, aunque seguía yendo a dormir al internado. Terminé los tres cursos y regresé a mi ciudad.

Encontré todo bastante cambiado, empezando por mi familia: el abundante pelo liso de mi padre era ya totalmente canoso. Llevaba un chaleco negro y su camisa blanca, arremangada hasta los codos, dejaba ver su piel morena cubierta de vello blanco.

Surcaban su frente tres arrugas paralelas y el marcado entrecejo hacía más larga su aguileña nariz. Me dio pena notar que, pese a su fuerza, se iba haciendo viejo. Sin embargo, sus carnosos labios se abrían en una emocionada sonrisa que le hacía rejuvenecer y las arrugas que se formaban a los lados de sus ojos verdes le sentaban bien. Seguía siendo un hombre elegante del que emanaba un halo de inteligencia, confianza y autoridad.

Mi primo se había transformado en un joven alto, delgado, moreno, rizoso, de frente amplia y llena de granos; nariz puntiaguda; ojos inquietos, inteligentes y, a veces, burlones. Tenía su afilado mentón cubierto por una pelusilla que también crecía sobre la línea de sus afilados labios y que se acariciaba a cada momento, sin darse cuenta, con sus alargados y huesudos dedos.

Ellos también extrañaron mi aspecto: un sencillo vestido azul claro, ceñido bajo mis pequeños senos, dejaba al descubierto mis antebrazos y el cuello, sobre el que caían rizos pajizos, al deshacerse mi recogido durante el viaje.

Ya no era la pequeña Anne que habían visto por última vez hacía diez años: había cumplido veintiuno el mes anterior, concretamente el 17 de mayo.

Nos abrazamos levemente. Siempre hemos sido poco dados a mostrar las emociones, pero por dentro me estallaba el corazón e intuía que a ellos también.

Mi tío no pudo ir a recibirme, estaba de viaje, aunque había prometido llegar para la fiesta que estaban preparado para celebrar mi mayoría de edad.

Mientras íbamos hacia casa me sentía como una forastera, la ciudad estaba distinta, el puerto y los astilleros habían crecido, había muchos comercios nuevos, gente que no conocía y faltaban, desde hacía pocos meses, unas personas a las que quería mucho: los caseros. No quisieron decírmelo antes de llegar a nuestra residencia.

Nuestro hogar se mantenía como lo recordaba, pero me parecía que al abrir cualquier puerta, por los pasillos, en los vestíbulos vería a mi madre y a mi tía. Esa sensación era más fuerte aún hacia mi abuelo. Me extrañaba tanto no verle en su sillón, fumando su oloroso tabaco de pipa... La casa era demasiado grande para nosotros cuatro.

Aunque yo quería trabajar de maestra, no me atrevía a decirlo y, por complacer a mi padre, me encargué de dirigir las labores domésticas, cada vez más aburrida, envuelta en un ambiente de señoras aburridas hasta que, al cabo de unos meses le pregunté si podía acompañarle para conocer la isla, que queda a unas diez horas de navegación de este faro, rumbo norte.

En el barco sentí tanta libertad que envidié a los hombres: ¿Por qué ellos podían ser marinos y yo no? Desde entonces, convencí a mi padre para que me dejara navegar con él una vez al mes.

En los primeros viajes no me enteraba de nada, en la goleta siempre estaba en la zona de oficiales y en la isla tenía prohibido salir de la fortaleza desde la que se custodian las minas, pero al irme fijado en el entorno, no tardé en comprender por qué a Piedras Blancas la llamaban Isla de los Condenados: hasta ella embarcaban, entre otros seres de baja estofa, a presos condenados a cadena perpetua quienes, si lograban sobrevivir a la dura tarea de arrancar minerales, rebajaban su pena.

Un día, sobornando a los guardias, logré ver las penosas condiciones en que trabajaban. Los hombres descendían atados con cuerdas, arracimados en piñas de cinco o seis. En los túneles no cabían erguidos y llevaban atado a su cintura un arnés con una cadena sujeta al carro donde se depositaba el mineral.

No era raro que la entibación fallara, produciéndose derrumbes, aunque se silenciaban las noticias sobre sus muertes. Todo eso me hizo ver una parte de la realidad que jamás conocí en mi infancia y en mis años de internado. Me propuse hacer todo cuanto estuviera en mis manos para intentar que se mejoraran las condiciones de los presos.

Al principio, mi padre se enfadó por haberle desobedecido y por meterme en “cosas de hombres”. Pero se dio cuenta de lo inhumano del trato que se les daba a “esos seres despreciables que han hecho daño y están pagando por ello” al convencerle de que si morían por nuestra culpa no éramos mejores que ellos.

Papá empezó a ver en mí a una persona que estaba dispuesta a aprender y que siempre le apoyaba. Nos gustaba pasear despacio por las blancas playas. Me fue enseñando las diferentes minas, sus peculiaridades y los usos de sus productos. Oro y plata; granates y amatistas: metales y piedras semipreciosas muy apreciadas por nuestros joyeros. Alumbre, para curtir el cuero y para fijar los colores en los tejidos, para evitar el olor corporal y para cicatrizar heridas. Como su demanda había empezado a caer hacía ya unos años, explotábamos también la almagra que queda después de extraerlo, muy apreciada para crear pinturas de color rojo y para la limpieza de espejos y plata.

Poco a poco fui haciéndome cargo de llevar las cuentas de nuestras minas. Era la única mujer que trabajaba en la Sociedad Química y Minera, a la que todos llamamos <<sociedad>>. Sé que no apreciaban mi valía, a las mujeres nos consideraban poco aptas para esos trabajos y la mayoría de los hombres no estaba de acuerdo en que estuviera allí.

Sin embargo, los socios se fueron convenciendo de que había heredado las cualidades de mi padre, que le habían llevado a ser el presidente. A sus mujeres logré demostrarles que para una dama hay más cosas en la vida que los hijos, los perfumes, las sedas, las joyas y los bailes.

Algunos fueron cambiando de mentalidad y la mujer del capitán De Grät empezó a acompañarme a la isla, lo que hicieron después las señoras de varios oficiales, convirtiéndose en una moda, hasta el punto de que, alrededor de la fortaleza, empezaron a construirse bellas residencias de temporada y un balneario. Pero las mujeres seguían sin trabajar en la <<sociedad>>.

Los años fueron pasando mientras la isla y los negocios prosperaban. Ya casi no llegaban presos y los trabajadores de las minas tenían, cada vez, mejores condiciones de seguridad. Cerca de la explotación se edificó un pueblo para sus familias. En las proximidades se construyeron granjas, se instalaron industrias que generaron más mano de obra y los barcos iban y venían sin parar entre la isla y nuestra ciudad, a la que ya duplicaba en habitantes.

Mi vida era plena, hasta el desdichado día en que mi padre y mi tío Edgar murieron al partirse el gancho de una grúa cargada con maquinaria. Ocurrió cuando yo tenía veintinueve años.

La familia De Grät y los demás accionistas nos apoyaron en todo, aconsejándonos que dejáramos el cuidado de nuestra herencia al gabinete de economistas. Ninguno de los dos quisimos. Mi primo porque no deseaba que nadie le controlara y yo porque tenía bastante conocimiento sobre los contratos y la contabilidad; los socios y los movimientos políticos, como para hacerme cargo de mi legado. Y lo he administrado bien.

Aún así, después de estos seis años, hay personas que insisten en que debo de buscar un esposo para que me cuide: “Ya vas siendo muy mayor. Pronto nadie se querrá casar contigo”.

Les hago poco caso, asisto rara vez a los bailes y las fiestas. Prefiero estar en mi casa leyendo, cosiendo o cocinando, cuando no estoy a bordo o en las minas. Quizás piensan que tengo vocación de célibe. La realidad es que no he conocido a ningún hombre con el que crea que pueda ser feliz. Sin embargo con mi primo Edgar, que también está soltero, nadie se mete.

La única persona que le recrimina soy yo, pero no por ese motivo: pese a mis consejos, rehúye cualquier actividad que requiera un esfuerzo prolongado en el tiempo; la herencia y su inteligencia le han permitido viajar y sacar provecho económico de sus periplos marítimos. Por eso, pese a su inconstancia, estaba bien considerado por los miembros de la <<sociedad>>.

Sin embargo, su prestigio se empezó a derrumbar hace poco más de un año, concretamente a partir del 22 de marzo de 1795, fecha en que festejamos su treinta cumpleaños y su reciente regreso de su periplo por el Este del que volvió decidido a escribir un libro para relatar las extrañas experiencias que le habían acontecido y lo que había aprendido de aquellas personas que eran: “Capaces de realizar prodigios que aquí jamás sospechábamos que pudieran existir”.

Durante los primeros meses, fue narrando esas historias a sus camaradas, lo que le convirtió en el hazmerreír del viejo Orndoff y del pequeño círculo de personas a las que confió sus vivencias, quienes no tuvieron reparo en propagar a los cuatro vientos “las locuras de Edgar”, seguramente acrecentadas para regocijo de los tertulianos habituales de los salones. A mí no me las contaba, sabe que no me gustan las cosas extrañas, sólo me llegaron inevitables habladurías a través de nuestros conocidos. Me hacía daño ver que aquellos a quienes él consideraba amigos eran tan falsos, pero nunca se lo dije, hubiera sido cruel.

La escritura del manuscrito llegó a ser su obsesión. Pese a la oposición de la <<sociedad>>, gracias a las influencias de De Grät, logró cumplir el deseo de venir a este faro. Salvo que haya en ese libro alguna anotación posterior, sus últimas palabras escritas están en este diario, justo encima de las mías.

Por lo que estoy observando, sus comentarios han sido caligrafiados impulsados por diferentes estados de ánimo: la letra es pequeña y apretada el primer día; más grande y suelta el segundo; ligeramente torcida hacia abajo el tercero, con presiones de la pluma que delatan nerviosismo.

He leído varias veces “4 de enero” sin detectar en esos pocos signos nada de especial, salvo que esa anotación no da pie a pensar que fuera a desaparecer sino, más bien, que se disponía a continuar escribiendo. ¿Qué se lo impidió?

De su estancia en este faro sólo tenemos la certeza de su llegada el viernes uno de enero, junto al primer cofre. Por lo tanto, mi primo desapareció entre las siete de la mañana del día uno y las nueve, aproximadamente, del día cuatro que fue cuando Alfred Drake y Robert Smith descubrieron su ausencia.

Si las palabras de este diario no encierran ningún engaño, no hubo más tempestad que la que dificultó la llegada de la lancha el primer día, su descargue y su partida, amainando el viento en la madrugada del día dos. En el resto del periodo, ningún temporal pudo ser la causa de que Edgar cayera desde el balconcillo del torreón. ¿Por qué estaban aquí afuera sus botas?

A través de los cristales del balcón veo la luz del fanal brillando. Una parte de esa luz queda retenida por un grupo de nubes bajas. El resto del cielo está despejado. La luna, en cuarto creciente, dibuja trazos plateados sobre el mar. Pronto amanecerá y podré acostarme. ¡Qué insignificante me siento! Aquí los apellidos y el dinero no son nada. La fuerza de una persona es nimia comparada con la de una ola golpeando las rocas y elevando cortinas de espuma.

Si tuviera más tiempo adecentaría esta habitación llena de suciedad y telarañas. Espero que Neptuno no haya dejado pulgas y que no haya chinches en la cama. Al menos no me pica nada, por ahora. Me han dicho los marineros que no han visto ratas. Ojalá sea cierto, porque les tengo más miedo que a los piratas.

Escribiendo, la noche ha pasado con rapidez. En cuanto haya descansado unas horas empezaré a buscar su libro. Quizás en él haya algún indicio de sus intenciones. La luz del candil se agota, como yo. Es hora de tomar un té bien caliente y descansar.

6 de enero- Pese a las emociones, me quedé dormida en cuanto me acosté y recé. Sobre las doce, me despertaron los golpes del mar contra el faro. Extrañé este lugar: los chasquidos de la maquinaria en la cámara de servicio; la mezcla de olores de la habitación, la soledad... Me dolía el cuerpo, sobre todo los hombros, debí de destaparme al no encontrar postura, pues el catre es muy duro y el frío se adueñó de la habitación al apagarse el fuego de la chimenea.

Desayuné y salí al balconcillo que circunvala la torre. Sobre él hay otro balconcillo para poder limpiar los cristales de la linterna. La vista desde esta altura es impresionante.

La marea, bajando, permitía apreciar una zona de acantilado cortado en vertical en la parte norte, con una altura sobre el mar de unos 5 metros. Es donde está cimentado el faro y, a su alrededor, construyeron un amplio paseo bordeado por un ancho muro, que en la parte del acantilado alcanza mayor altura.

Aunque tenía frío y el viento soltaba mechones de mi coleta, no podía dejar de observar, admirada, el entorno. La extensión de suelo que se apreciaba era de unos 70 m. de norte a sur y de unos 30 m. de este a oeste. La base hexagonal del faro ocupaba más de la mitad de esa anchura. Las gaviotas chillaban y se lanzaban hacia el mar para pescar. Luego se posaban en las rocas, desnudas de vegetación.

La isla va en declive desde el faro hasta el sur, donde hay una zona de cuevas. De pequeña estuve cogiendo en su interior percebes con mi abuelo, Sir Carlos Thompson, quien había convencido a la <<sociedad>> para construirlo cuatro años antes, después del terrible temporal de enero del año 1764, cuando estuvo a punto de perder su bergantín “Elba” en la vorágine de una tormenta.

Sólo advertía del peligro del arrecife una campana, apenas audible entre los truenos y el bramido del mar. Los barcos, en condiciones normales, evitaban pasar cerca de aquí. En aquella ocasión, sus hombres no pudieron mantener el control y el barco fue arrastrado hacia los farallones. Murieron diez marinos y catorce presos. Se perdió todo el cargamento.

Según me contaba mi abuelo, aunque la zona del acantilado no estaba casi nunca cubierta por el agua, ni siquiera durante la marea alta, costó mucho esfuerzo construir El Pequeño Hércules, pues tuvieron que traer hasta la isla 3.500 piedras de arenisca y granito.

Mereció la pena: desde que se iluminó su fanal por primera vez, los navíos navegan con más seguridad y la <<sociedad>> recuperó la inversión, ya que, hasta la fecha, se cobra por cada barco mercante que realiza la travesía entre nuestra ciudad y la isla, pero corren rumores de que el gobierno quiere comprar los faros privados.

Sólo vine aquella vez. Tenía ocho años. Era mi primer viaje en barco. A medida que nos íbamos acercando a la isla, El pequeño Hércules se veía como una blanca columna sobre el acantilado. Parecía un cíclope desafiando al mar. Estuve buscando sirenas entre las rocas con el catalejo de mi abuelo y, al no verlas, me convenció de que estaban escondidas en las cuevas.

Al pasar cerca de un pequeño islote, redondeado como una gigantesca calva, me contó que era la cabeza de Neptuno, que estaba agachado, y que, en cualquier momento se podía levantar. Los farallones eran afiladas uñas de brujas malvadas que querían destrozar los barcos para llevarse a sus hombres al fondo del mar y casarlos con sus horribles hijas. Pasé tanto miedo que nunca más quise que me contaran ese tipo de historias. No entiendo por qué los viejos disfrutan asustando a los niños.

Al desembarcar, mi abuelo me cogió de la mano y subimos despacito los escalones del faro. Cuando llegamos al segundo balconcillo me dijo: “¡Sal!, sal sin miedo…”. Me agarré con fuerza a los barrotes. Nunca había estado en un lugar tan alto. Pensé que si me cogía en brazos y yo estiraba la mano, podría tocar a Dios. Nos quedamos un momento en silencio: el mar, el viento, el mar, el mar, el mar…

Es curiosa la cantidad de imágenes que me vienen a la cabeza al escribir. Nunca más volví al faro, unos días después se hizo la inauguración oficial y vinieron a vivir los tres torreros. Desde entonces, hasta que enfermó el último farero y mi primo quiso sustituirle, no volví a pensar mucho en El Pequeño Hércules ya que no navegamos cerca.

No sé cómo pueden resistir los fareros esta vida tan solitaria. Cuando he viajado en los barcos no he sabido valorar su admirable labor. ¡Cuántas vidas han salvado sus desvelos!

Esto me lleva a recordar lo que escribió mi primo sobre una profecía de De Grät. Supongo que el capitán se inventaría cualquier cosa para evitar que se quedara aquí mucho tiempo, pues temería que, embebido por su libro, no se acordara de atender al fanal o se volviera loco en este lugar tan solitario, sabiendo que su fantasía podía jugarle una mala pasada.

Puedo imaginarle sentado en esa cama, cayéndole sus rizos negros y largos sobre el rostro anguloso, con la mirada perdida mientras rememora sus vivencias. Le imagino, como en casa, levantándose de repente, flexible y ágil, para acercarse hasta el escritorio, coger la pluma con sus manos alargadas y huesudas e inclinarse sobre su libro, escribiendo durante horas, sin detenerse para beber, comer o descansar.

Yo, antes, sólo había escrito cartas y algunos poemas. Me está gustando poner sobre el papel lo que pienso, siento y veo. Me ayuda a mantenerme despierta y a espantar los pensamientos de desánimo, incómodos como negras nubes que, aprovechando la soledad, quieren bajar desde mi cabeza hasta mi pecho… pero no les dejo y menos hoy, día de Reyes, en que, por primera vez en mi vida, me he vestido con ropa de hombre.

Mis blusas, chalecos y faldas no son el atuendo más adecuado para descender, con un candil en la mano, los doscientos cincuenta escalones que tiene este faro, así que decidí ponerme la ropa de mi primo.

Abrí el armario: colgados de las perchas pendían el capotillo azul de paño con capucha que le había regalado en Navidad; una chaqueta forrada de bayeta; varios calzones largos de paño y lienzo; un chaleco y camisas de franela y crea, algunas de las cuales habían sido cortadas y cosidas por mí. En los estantes se apilaban jubones, jerséis, medias de gruesa lana y de estambre; un gorro y un sueste; pañuelos de cuello; guantes de piel y de lana; una faja de capullo y un cinturón.

Su olor, impregnado en esas prendas, me entristeció. En ese momento me hubiera gustado estar a su lado, que fuera una de las tardes que pasábamos hablando, él de sus viajes, yo de la marcha de nuestros negocios… pero al encontrar, en la parte derecha del armario, una caja de madera con cartas y objetos femeninos, me di cuenta de que si no le he perdido ya para siempre, no tardaría en perderle, cuando se le pasara la obsesión por su libro, madurara y alguna mujer consiguiera llevarle al altar.

Al lado de la caja, su pistola, la munición, la brújula, el sextante, mapas y cartas de navegación que alguna vez me había mostrado para explicarme las rutas de sus viajes. No era posible que hubiera marchado de la isla sin ellos.

Bajo el armario descansaban unos zapatos abotinados bien lustrados, unas zapatillas y las botas de cuero que encontraron los marineros en el balcón y yo guardé.

Hallé también su petate vacío en un rincón. Sin embargo, eché de menos el imponente cuchillo de mi tío, quien presumía ser capaz de desenvainarlo en menos tiempo del que dura un estornudo; y el rosario de nácar de mi tía, que Edgar siempre colocaba en algún lugar próximo al cabecero de su cama.

¿Por qué faltaban estos objetos y no su pistola? ¿Los llevó consigo? ¿Los sustrajeron los marineros? Pero… ¡no! No tengo motivos para desconfiar de ellos, Dios me perdone.

Elegí un jersey, me sujeté unos pantalones con la faja y me abrigué con su capotillo. Busqué su libro entre los tomos de la estantería y los papeles de este escritorio; bajo la cama y bajo el somier: no lo encontré.

Recorrí, con las palmas de las manos enguantadas, las paredes de piedra, por si hubiera alguna suelta que tapara un escondite. Removí los troncos apilados al lado de la chimenea sin obtener resultados, pero, al menos, entré en calor.

Atisbé entre los utensilios de cocina de la alacena y la revisé por su parte superior: sólo había telarañas. Rebusqué entre la comida: un cesto con limones y manzanas; tarros con té y café; patatas, legumbres y verduras secas; un pequeño saco con harina; una lata de galletas; manteca envuelta en un paño; dos garrafas de agua, un galón de cerveza y una barrica de ron, intacta, así como las de carne salada y pescado. De esas viandas, salvo lo que yo había comido, sólo parecía haber empezado un queso y una hogaza de pan. ¡Pobre Edgard!, es capaz de no comer por no calentar una sopa.

En un pequeño armario, al lado de la jofaina y el barreño, guardaba su estuche de afeitar y su peine; ropa de cama, toallas, un botiquín, agujas e hilos. Me extrañó que no tuviera un espejo. ¡Menos mal que yo había traído el mío!

Descarté volver a entrar en el apestoso excusado, en el que sólo había un retrete y un balde y decidí inspeccionar la base del faro.

Bajé las escaleras preguntándome qué encontraría detrás de las puertas que vi al llegar y no me detuve hasta alcanzar el vestíbulo, pese a que me mareaban las sombras que el candil proyectaba en las paredes en el continuo girar de la escalera de caracol. El golpeteo de las olas contra los muros y el olor a cerrado y a humedad cada vez se hacía más fuerte. Cuando llegué estaba mareada y me tuve que sentar en un banco.

Mientras descansaba, recordaba lo que me había contado De Grät sobre la estructura del faro para no dejar ningún lugar sin examinar: “Escarbaron los cimientos horadando cinco metros la roca para asentar la base cilíndrica, pero dejaron el hueco sin rellenar. A su alrededor, hicieron una construcción hexagonal para los dormitorios, la oficina y las demás dependencias de forma que el fuste queda en el centro, circunvalado por un pasillo por el que se accede a las habitaciones.

Cuando lo vi en los planos, desde arriba me pareció un ojo: el negro hueco de la escalera sería la pupila, las escaleras el iris y el pasillo la córnea.

Subiendo la escalera está la habitación de la torre junto a la cámara de servicio, por la que se accede mediante una escala a la linterna. La cámara de servicio fue remodelada cuando, al mejorar los mecanismos de rotación y aumentar el número de mechas, se redujo la plantilla a un hombre, así que hicieron una división para separar la zona ocupada por la maquinaria de la del habitáculo que hace las veces de dormitorio. Desde entonces las habitaciones de abajo quedaron sin uso”.

Me levanté del banco decidida a emprender la búsqueda del libro por la derecha, pero el olor que salió entrar en la primera habitación me hizo pensar que lo mejor era ventilarlas antes de inspeccionar. Abrí todas las puertas, ventanas y contraventanas, menos las de la oficina, que estaba cerrada con llave, y salí al ancho paseo que circunvala el faro.

El cielo estaba más despejado, apenas había nubes. Me acerqué hasta el embarcadero y caminé, con cuidado, sobre las rocas entre las que se habían formado pequeños charcos por los que corrían cangrejos.

Las diferentes clases de algas daban un toque de color al mar, que estaba muy claro. Vi sargos, abadejos, róbalos y brótolas. Pensé en las agradables horas que habrían pasado los fareros pescando. Mi primo no creo que se entretuviera en ello, en su obsesión por escribir el libro. Por los comentarios que me llegaron, en su manuscrito hablaba de extraños ritos para convocar a demonios que realizaban, a escondidas, algunas personas que conoció y que, aparentemente, llevaban una vida social de lo más respetable. Seguro que eran exageraciones de Orndoff.

Recorrí la isla en media hora, aproximadamente. Al bajar la marea, era más grande que cuando la oteé desde el balcón. Algunas de sus rocas estaban tapizadas por moluscos. Me hubiera gustado saber si las cuevas de las rocas seguían cubiertas de percebes, pero unas ráfagas de viento hicieron repicar la campana de la torre y recordé que no debía perder el tiempo. Volví hacia el faro: cincuenta metros de majestuosa blancura, alzándose sobre el nublado horizonte.

Su base hexagonal me da impresión de estabilidad y su cuerpo cilíndrico, de esbeltez. No sé cómo mi primo pudo escribir: “La base sobre la cual descansa la estructura se me antoja tiza...”. Quizás se refiera a la zona hueca que queda dentro de la roca, pero a mí no me da sensación de peligro. Hasta ahora no he visto ninguna grieta.

Si algo rompe la armonía de su bella simetría es la grúa situada sobre la fachada y, en un lateral, un depósito cuadrado para recoger el agua de la lluvia. Subí por su escala y vi que está bastante lleno. Tiene un agujero, protegido con un filtro de rejilla más fina, que lo conecta con la pared del faro. Pensé que, gracias a eso, al menos tendría agua en la cocina y en el excusado de abajo, aunque no fuera potable.

Volví al interior. Desde el vestíbulo se accede a la primera pieza de la derecha: el almacén para depósito de aceite, cuya puerta es de hierro para aislar la sala en caso de incendio. Es un local pequeño y no percibí nada en su interior que me llamara la atención, salvo el fuerte olor que se desprendía de los galones de aceite. Salí de nuevo al vestíbulo.

Por una puerta bastante grande que hay a su izquierda, entré al taller donde hay flotadores, herramientas, cuerdas, boyas, redes, cañas y anzuelos, un ancla, varios objetos que no sé para qué sirven, el banco y la mesa de trabajo. Por las telarañas que cubren todos esos enseres, me convencí de que mi primo no guardó su libro allí.

El almacén de víveres queda enfrente, aprovechando el espacio que deja la escalera al ganar altura. Sobre y bajo las estanterías están las reservas de alimentos que, en cantidades pequeñas, el farero sube a la habitación de la torre. El polvo revelaba que los objetos no habían sido removidos, por lo que fue sencillo descartar la presencia del manuscrito.

Al ver las viandas me entró hambre, pero no quise detenerme. Mi propósito era recorrer las piezas restantes, cerrar la puerta del faro y subir a la torre antes de que oscureciera, para atender el fanal. No soy persona de horarios fijos y me adapto a comer y dormir lo que puedo, cuando puedo, así que no hice caso a mi estómago y abrí la siguiente puerta, la de la cocina.

Comprobé que el grifo de la pila funcionaba. Al principio, el ruido de las tuberías me sobresaltó. Temí que reventaran. Un chorro de agua dejó un reguero en el polvo acumulado de la pila. Me quité los guantes y me mojé la cara. Sentí un regusto en la comisura de los labios, aunque no tan salado como el que deja el agua del mar. Pensé que, si la chimenea de la cocina no estaba estropeada, allí podría asearme mejor que con la palangana de arriba.

Una mesa, un par de bancos y una alacena vacía completaban el amueblamiento. En un rincón descansaban un escobón y un recogedor. A su lado, una pequeña pila de leña. Sobre la mesa y el suelo había migas de pan y queso. Una jarra contenía un poco de cerveza en el fondo. En el suelo estaba el barril vacío. Eran, posiblemente, los restos de la última comida realizada por mi primo.

Los pensamientos corrían veloces por mi mente. ¿Dónde se fue? ¿Llevaba tan sólo el cuchillo de su padre? Si no había más barcas aquí que la que hay amarrada afuera, si no tocó los útiles del almacén, si no cayó por el balconcillo, tenía que estar en el faro, a no ser que saliera y fuera arrastrado por una ola. A no ser… que alguien le obligara a salir por la fuerza.

Seguí explorando bastante alterada. Cada vez estaba más convencida de que mi primo se hallaba con vida. Si alguien se lo había llevado a la fuerza del faro es que querían sacar provecho de él. Y si buscaban dinero, también se habrían llevado los cofres. Pero los cofres están arriba y siguen cerrados y sellados. Por lo tanto, descarté que alguien se llevase a mi primo por la fuerza.

Tampoco me parecía posible que una ola lo arrastrara: el día cuatro yo estaba a bordo de la goleta “Virgen de los Mares” de regreso de la isla y cuando los marineros cargaron el segundo cofre en la lancha me encontraba en el puente de mando. El cielo estaba despejado, no es posible que aquí hubiera tempestad.

Por otra parte, es muy difícil que Edgar se cayera accidentalmente por el acantilado, ya que el muro que rodea el paseo en esa zona tiene una altura considerable.

Tenía que seguir buscando. La siguiente pieza era el baño. Al lado estaba un dormitorio. La estancia estaba prácticamente vacía, salvo un colchón del que se escapaban, por varias roturas, trozos de lana. Me dio tanto asco que decidí tirarlo al mar o quemarlo en cuanto encontrara un palo o una herramienta con que empujarlo. A su lado había un candil, una tabla, un tintero y una pluma.

¿Escribía mi primo recostado en ese colchón? Al aproximarme me di cuenta de que la pared estaba garabateada con símbolos extraños. Edgar había hecho mellas en la carga con un trozo de roca afilada que estaba allí en el suelo, sobre el blanquecino polvo desprendido del muro. ¿Qué representaban esos dibujos? ¿Tenían algo que ver con las extrañas prácticas de las personas que conoció en su viaje?

Sentí un profundo rechazo hacia ese lugar. Soy persona creyente, por lo tanto, sé que los demonios existen y que pueden ser convocados. He leído sobre exorcismos. En los barcos, los marineros cuentan historias. ¿En qué se había metido mi primo? Lo tenemos todo, dinero, posición, poder, educación, conocimientos, salud… ¿Qué más se puede desear? Edgar ha conquistado a cuantas mujeres se ha propuesto… ¿No es bastante para él?

Cerré la puerta. Estaba triste y preocupada. Me dirigí a la siguiente habitación, que no contenía nada. Sin embargo, cuando yo era pequeña en cada uno de los tres dormitorios había una cama, un armario, un palanganero y una silla. Supuse que la última también estaría vacía, como así fue. Pensé que el farero al que sustituyó mi primo se habría llevado los muebles en mejor uso a la habitación de la torre y le habrían dado permiso para utilizar el resto como leña.

Salí al exterior. Un viento frío y desagradable me abofeteó. Se estaban formando unas densas nubes y la marea había comenzado a subir. El mar azotaba la base del acantilado. Quedaba poco más de una hora de luz: era el momento de atender el fanal, pero antes, superando mi repulsa, decidí dar un último vistazo a la habitación del colchón.

Me imaginé a mi primo sentado sobre el colchón, con la espalda recostada en la pared, la tablilla encima de sus piernas y el tintero a la derecha. Me lo figuraba, de vez en cuando, levantándose exaltado para garabatear en el muro con la afilada piedra. Si yo fuera él y no me hubiera llevado el libro ¿dónde lo habría dejado?

Me acerqué al muro con la intención de observar los dibujos. Un golpe de viento cerró las contraventanas con estruendo. El temporal se desencadenó en unos minutos. Cerré y aseguré las ventanas y la puerta del faro.

Subí los escalones hasta llegar, casi sin resuello, a la torre. Trepé por la escala de la pared y revisé el fanal. Repuse aceite. Bajé a la habitación. Encendí la chimenea. Me aseé, me cambié de ropa y comí un poco. Para controlar mi desasosiego, abrí este diario y comencé a escribir lo que ahora estoy concluyendo.

Por los resquicios del balcón silba de nuevo el viento del sudoeste. Ruego a Dios que mantenga mis nervios firmes, pues la tempestad ahora es más fuerte. La torre se mueve ligeramente. El mar golpea enfurecido contra el muro. El rugido del mar, el silbido del viento, el repicar de la campana, los crujidos de la maquinaria, el tintineo de los objetos, el rebufo del aire en el fuste… son enloquecedores.

Tengo miedo, pero mañana todo habrá pasado y revisaré la parte baja del faro. ¡Las llaves! No puedo olvidarme de buscar las llaves.

Ahora rezaré mis oraciones. Dios me protegerá y conjurará cualquier hechizo que pueda haber en este faro. Sí, Dios me ayudará.

7 de enero- Nunca en mis treinta y cinco años de vida he pasado una noche tan terrible. He tenido miedo otras veces en las tormentas en alta mar, cuando al saltar las olas sobre la cubierta, el barco se escoraba y los útiles se caían con estrépito, mientras los relámpagos iluminaban los camarotes con su luz mortecina… pero jamás había vivido una tormenta dentro de un faro.

Aquí, arriba, las contraventanas son de madera y su quejido era como el gemido de una persona. El fuste se cimbreaba y por su interior silbaba el viento y retumbaban los truenos. Las olas golpeaban contra el acantilado a cada minuto. Por primera vez en mi vida, yo no sabía qué hacer. Tenía unas ganas tremendas de gritar, de escapar. Me sentía encerrada como un animal enjaulado. Temía que el faro se derrumbara. Pensé que sería mejor bajar hasta las habitaciones. Cogí la manta y el candil. Me cubrí con la chaqueta y bajé los escalones sin enterarme.

Había entrado agua en el vestíbulo, junto a la puerta. Me metí en la habitación de los dibujos que estaba seca. Me cubrí el cuerpo con la manta. Me senté sobre el colchón, con la espalda apoyada contra la pared y las rodillas sujetas por los brazos contra la barbilla.

A ratos me balanceaba hacia los lados. Eso me tranquilizaba. No era capaz de pensar nada, sólo de escuchar y de sentir. La tempestad iba amainando. Cuando me puse en pie me dolía todo el cuerpo. Deseaba calentarme. Fui a la cocina para encender la chimenea. Al meter la mano en el bolsillo de la chaqueta, encontré un manojo de llaves. Estaba demasiado cansada para averiguar si con alguna de ellas podría abrir la oficina, única pieza que no había podido explorar ayer.

Deseaba tanto dormir y estar caliente que pensé en halar el jergón hasta la cocina. Ya no me importaba su suciedad. Al arrastrarlo, apareció el libro de mi primo. Empecé a llorar sin poderme contener. Gracias a la tormenta había descubierto dónde estaban el libro y las llaves.

Dios, a veces, emplea unos métodos muy crueles para ayudarnos.

Ni abrí el libro. Caí rendida sobre el colchón en la cocina. Cuando desperté no sabía la hora que era. Estaba aturdida y hambrienta. Penosamente subí las escaleras y comí. Me tumbé en el catre. La cabeza me daba vueltas y mis pensamientos estaban divididos: tan pronto veía esta habitación, como me encontraba en la de los símbolos o en una cueva.

No sabía cuántas horas habían pasado, mi reloj estaba parado. Me asomé al balconcillo. Sólo se veía una pequeña extensión de la isla, calculé que la marea estaba en su punto más alto. Por la altura del sol y la sombra de la grúa de la fachada, calculé que serían las doce del mediodía, un poco pasadas.

Puse el reloj en hora para bajar a explorar la zona de las cuevas. No era un capricho. Algo me impulsaba a hacerlo. Tenía que esperar a que fueran las cinco para que el agua estuviera suficientemente baja. Tenía unas cuatro horas para poder examinarlas antes de que el agua volviera a estar alta.

Entretanto bajé a ver el sótano y la oficina. Probé varias llaves hasta conseguir abrir la puerta de una sala grande, bastante limpia. Es la única pieza que tiene cuadros. En un lateral, sobre una gastada alfombra, hay una mesa, un sillón y varias sillas.

Adosada a su pared izquierda se extiende una estantería con dos docenas de tomos entre los que encontré los libros donde están anotados desde los enseres con que se amuebló este faro, hasta cada uno de los víveres que en él han entrado y otros cuadernos con el control del fanal y de las incidencias. Había registrado sólo un naufragio. Seguí buscando y encontré juegos de naipes, un ajedrez, un cubilete de dados, botellas medio llenas y vasos. Nada me llamó especialmente la atención.

Salí y bordeé el pasillo del vestíbulo hasta la parte posterior. Allí estaba la puerta del sótano, tal como me había dicho De Grät. Descorrí el cerrojo y tiré de la manilla, pero no se abrió. Cogí una palanca del taller. Conseguí abrirla, pero me golpeé con la cabeza en la pared de la puerta del dormitorio. Gracias a una linterna que até a una cuerda, comprobé que mi primo y De Grät tienen razón: la base del faro no está rellena, por eso se pueden apreciar las piedras encajadas unas con otras, pero no hay grietas que justifiquen su temor respecto a la seguridad y, aunque el suelo queda por debajo de la superficie del mar, no hay filtraciones al estar los cimientos dentro de la roca.

Deseaba descender hasta el fondo, mas el olor, el poco oxígeno, la oscuridad y un temor irracional a que la puerta se cerrara me atenazaban. Recordé que mi padre me decía: “Cuando se tiene miedo hay que ir a por él”. Sus palabras me dieron ánimo y fui a buscar otra linterna. La dejé junto a la puerta, que aseguré bien.

Entonces me di cuenta de que había lamparillas a los lados de la escalera. Las fui encendiendo mientras bajaba. Pisé la roca. Avancé hasta situarme en el centro de la circunferencia que forma la base del faro. Abrí las piernas y elevé los brazos extendidos hacia los lados, tal como el Hombre de Vitruvio de Leonardo Da Vinci. Imaginé la luz de la linterna brillando cincuenta y cinco metros más arriba. Estuve así unos minutos, escuchando mi respiración, cada vez más calmada.

Una sensación de felicidad recorrió mi cuerpo desde las plantas de mis pies hasta la parte más elevada de mi cabeza. Por un momento me pareció que podía conectarme con la tierra y con el cielo a la vez. Me sentí tan ligera que me parecía que, si lo deseaba, levitaría.

Ya puedo decir que he recorrido este faro en su totalidad.

Al volver al vestíbulo miré la hora. Eran ya las tres, sólo faltaban dos horas para poder ir a las peñas. Subí a comer y a encender el fanal, pues cuando volviera sería ya de noche. Después me senté a hojear el manuscrito de mi primo.

Está escrito a la manera de un libro de viajes, ilustrado con mapas, símbolos y dibujos realizados por él. Conté unas cien páginas, caligrafiadas con rasgos de irregular tamaño y muchas anotaciones en los márgenes. Había arrancado casi tantas como las que quedaban. No puedo decir si las hojas extraídas le hacen perder sentido, puesto que yo no le encuentro ninguna cordura a lo que he podido leer, que no es todo, pues una gran parte me resulta indescifrable, por lo diminuto de las letras y la mala caligrafía. En él no encontré ninguna referencia al demonio.

Por lo que he entendido, mi primo realizó su viaje para buscar nuevos compradores de alumbre, ya que el comercio de este producto estaba en declive. Se enamoró de Helena, la hija de un comerciante cuyos criados practicaban extrañas ceremonias en los que utilizaban, entre otros minerales, el alumbre para espantar a los malos espíritus. Edgar, a través de Helena, fue tomando confianza con ellos y, al proporcionarles las piedras que tanto deseaban, le fueron iniciando en sus ritos.

Mi primo descubrió que Helena le interesaba menos que lo que le habían contado sus criados sobre un misterioso país, Abunabai, donde los hombres adquieren poderes tales como vivir más de cien años, mover los objetos sin tocarlos, conocer el pasado o el futuro, o saber cómo es cualquier lugar sin viajar hasta él. En cuanto terminó de hacer sus negocios se dedicó a buscarlo.

Atravesó un mar cálido, un peligroso estrecho y, después de varios contratiempos, que él interpretaba como pruebas, llegó a esa remota zona, escondida entre altas montañas. Allí las personas adoraban a gigantescas imágenes de dioses para que les otorgaran sus sobrenaturales dones.

No todo el mundo conseguía sus propósitos, pues los dioses exigían sacrificios que muchos no estaban dispuestos a realizar, pero Edgar afirma que fue testigo de prodigios impensables y que él mismo adquirió la capacidad de desmaterializar su cuerpo y aparecer en otros lugares.

Yo no sospechaba que mi primo estaba tan loco como decía Orndoff. No creo que nadie en su sano juicio sea capaz de sacar mucho provecho de ese libro. ¿Qué habrá traído de Abunabai en los cofres?

Cuando acabé de ojear el intragable bodrio ya eran cerca de las cinco. Cogí luz, un cuchillo, un palo, una soga y una bolsa y me encaminé hacia las cuevas. Tal como pensaba, al bajar la marea, se podía pasar hacia su interior; las primeras no eran profundas y sí tenían percebes, que no me entretuve en coger.

La luna, casi llena, había empezado a iluminar el cielo. En la zona más azotada por el mar encontré una caverna más profunda. Decidí explorarla. Antes de entrar miré el reloj, era fundamental calcular el tiempo que faltaba para que subiera la marea y dividirlo entre la ida y el regreso. Tenía ya sólo dos horas.

La cueva se prolongaba hacia un extraño túnel que discurría por debajo del mar. Lo seguí agachada durante un tramo recto. Luego ascendía, repentinamente, hasta llegar a una cueva de techo alto, semiesférico. Según mis cálculos estaba en la parte inferior de la isla redondeada que parecía la cabeza de Neptuno.

Al entrar distinguí un cuerpo tendido en el suelo. Pensé que era mi primo y me acerqué angustiada. Cuando lo iluminé me quedé paralizada: era un hombre de unos cincuenta años, muy delgado; tenía la ropa ensangrentada y los ojos abiertos. Estaba muerto. En su antebrazo derecho llevaba la marca que ponen a los presos antes de ir a la isla.

Salí corriendo. Por el túnel ya estaba entrando el mar. Al llegar a la boca de la cueva el agua me llegaba por la cintura.

Ahora ya estoy algo más tranquila. Cuando alcancé el faro me temblaban tanto las manos que no era capaz de correr el cerrojo. Subí a la habitación, me quité la ropa empapada, me froté con ron y me tapé con una manta. No era capaz de dejar de temblar. ¿Por qué estaba allí ese preso?

Ya no puedo hacer nada más. He buscado a mi primo por todos los rincones del faro y de la isla. He perdido la esperanza de encontrarle. Sólo me queda esperar que venga la lancha.

Hoy es jueves, los hombres de De Grät llegarán mañana o pasado. Tenía razón cuando me decía: “Te recogeremos cuando volvamos” y no “os recogeremos”, como yo hubiera deseado que fuera.

8 de enero- ¿De qué me sirve ir de aquí para allá vigilando las minas, las cuentas, las inversiones…? ¿Por qué no puedo ser como las demás mujeres que buscan el amparo de un hombre, tienen hijos y son felices con sus sencillas vidas?

Me he mirado al espejo. Tienen razón: soy ya vieja. Mi pelo es cano. Mi cara tiene arrugas Tengo las manos ásperas, las uñas con estrías y cicatrices en los brazos.

Tienen razón, aunque no me apena la vida que he llevado: He vivido plenamente, he sido valiente, he aprendido muchas cosas y he ayudado a la gente en lo que he podido.

Pero ahora ya nada tiene sentido. Ya no creo que mi primo esté vivo. ¿Para qué quiero seguir viviendo yo, si no tengo a nadie en el mundo?

Pido a Dios que mañana venga la lancha porque no podría resistir otro día. Hoy ya no vendrá. No ha llegado con la marea alta y hoy ya no vendrá. La niebla está envolviendo el faro. El fanal. Tengo que subir a encenderlo. Quiero dormir, dormir, dormir... Dormir para siempre.

Diecisiete de febrero- Han pasado muchas cosas en estos días. El día nueve, sobre la una del mediodía, llegaron dos lanchas. En una venían el capitán De Grät y el marinero Drake. En la otra Smith y un inspector de la Policía. El capitán, al llegar al puerto, había dado parte de la desaparición de mi primo. El temporal de la noche del seis al siete fue aún más fuerte en la costa, por lo que el inspector no pudo venir antes.

Rescataron el cadáver de la cueva. Por culpa de ese desgraciado murió mi primo. Era un preso que se fugó el día uno de la balandra y, según creen, llegó a la isla agarrado a la lancha. Debió de estar escondido en el faro y sus alrededores y, al descubrirle mi primo desde el balconcillo, bajó con su cuchillo y se enfrentó a él. Suponen que en la pelea Edgar cayó al mar: han encontrado su cuchillo enganchado entre las rocas. Le dieron oficialmente por muerto.

Hemos celebrado su funeral con un féretro vacío. He heredado sus posesiones, de las cuales sólo me he quedado con algunos objetos personales, su apreciado libro y los dos cofres. El resto lo he repartido entre la parroquia de la isla y la de mi ciudad, en la que estaré poco tiempo, pues he vendido mis acciones y esta casa: nada de lo que ahora me rodea me satisface ya.

Voy a buscar el lugar que encontró mi primo. Cuando abrí sus cofres, lo que en ellos encontré es tan extraordinario que lamento no haber creído antes a Edgar. La ignorancia, en verdad, es muy atrevida.

Dentro de un mes cumpliré 36 años. Espero poderlos celebrar en Abunabai con Edgar, quizás.

Mar Cueto Aller

4 de enero- Hoy, por primera vez, he sentido añoranza del contacto humano. Me hubiese gustado disponer, aunque sólo fuese para conversar insulsamente, de mi ayuda de cámara Cynthia. Lástima que ella, aunque accedía a acompañarme en esta nueva aventura, se echaba a llorar cada vez que hablábamos de los preparativos. Creo que, en el fondo, ha sido una suerte prescindir de su compañía. Nunca supo apreciar la naturaleza y su única fuente de interés eran las intrigas palaciegas; cosas que yo detesto. Tampoco hubiese sido un acierto contar con Evie, la cocinera, pese a ser una de las pocas mujeres que no amenazaron con tirarse desde lo alto de la torre, si se insistía en que viniesen a colaborar conmigo. Sólo el aborrecible de Orndoff se ofreció voluntario, con su inseparable criado, para atender conmigo las tareas fareras. Para mi salvación, De Grät, que había asistido a mis gritos en una de las ocasiones en que el muy despreciable intentó abusar de mí, apoyó mi teoría: “Si un anciano enfermo pudo hacer el trabajo, en solitario durante décadas, no había razón para suponer que una mujer que todavía se encontraba en plenitud no pudiese también realizarlo”. Afortunadamente, cuando me estaba rindiendo al desánimo, apareció Neptuno lamiéndome la mano y ladrando en dirección a la puerta para indicarme que un paseo nos animaría. Tenía toda la razón, la brisa marina nos llenó de energía al instante, y corrí de nuevo hasta el faro en busca de mi libreta, el bloc de dibujo y los lápices de colores. Durante horas sentí una fiebre artística que me impulsó a dibujar bocetos sin parar. No podía parar. Casi terminé el cuaderno entero. Luego, empecé a escribir poesías sin apenas reparar en las frases que me venían a la mente. Todo, me parecía hermoso, todo, digno de ser preservado. Quizás mañana lo vea de otro modo.

5 de enero- No he perdido ni una chispa del ardor creativo que ayer se despertó en mí. Debe ser que la mar me invade contagiándome su fuerza, o la luz del faro que me irradia su potencia. Jamás había sido tan activa. En sólo dos días he terminado con la provisión de material de dibujo. También he llenado la libreta de poemas. Sólo me queda este diario y el tintero. Debo dosificarlo lo mejor que pueda. Pero, no estoy triste, ni pienso enviar las palomas mensajeras en busca de suministros. He pensado que puedo grabar con la navaja los poemas en las rocas. Y hacer figuras en la arena de bellas formas marinas, o seres mitológicos.

6 de enero- Ha sido magnífica la idea de las figuras. Pero, me apena ver cómo la mar se las lleva, pues algunas son tan lindas que parecen poseer vida propia. Se me ocurrió mezclar la arena con el aceite de las lámparas para ver si lograba hacerlas más duraderas. Ha sido un fracaso. Aun así, no me he desanimado y mañana intentaré mezclar la tierra de los acantilados con la pez que hay en el barril del barco que naufragó con material para la fabricación de odres.

7 de enero- Ha ocurrido algo horrible. Mientras me encontraba en la base del faro preparando la amalgama de tierra y pez para hacer nuevas y resistentes figuras, oí la odiosa voz de Orndoff. Me refugié rápidamente dentro del faro y me negué a abrir la puerta. Intentó abrirla forcejeando, ayudado de sus secuaces, pero fue incapaz. La sólida puerta de hierro forjado es inexpugnable. A pesar del pánico que se apoderó de mí, hubo momentos en que no pude reprimir una sonora carcajada, que le hizo refrenar la sarta de blasfemias que salían a borbotones de su boca. Quizás porque estaba muy nerviosa, o porque su comportamiento me parecía ridículo, encontraba algo cómico en el hecho de que su bellaquería se viese truncada por una humilde mujer. No comprenderé nunca el motivo de que se haya obsesionado de tal forma conmigo, él que acostumbra a comprar o engañar a cuantas mujeres hermosas se cruzan en su camino, mucho más jóvenes y bellas que yo. No acierto a comprender: ¿Cuál ha sido mi error? ¿Qué pude haber hecho para desatar una pasión tan aborrecible y desatinada?

No me atreví a salir del faro en todo el día. Ya no se oía ningún vestigio de que nadie merodeara en los alrededores. Pero, para no tentar a la suerte, permanecía en silencio guarecida en la circular edificación. Neptuno me hacía silenciosa compañía. Había dejado de ladrar justo en el momento en que presintió que ya no corríamos ningún peligro. Me entretuve haciendo figurillas y sólo paraba para comer o dormir cuando me fallaban las fuerzas. Llegué a perder la noción del tiempo.

25 de enero- No supe con exactitud en qué día me encontraba, hasta que la roja y puntual mancha que acude a mí cada veintiocho días hizo su aparición. He terminado con la pez y con la serie de figuritas que me había propuesto realizar. Una por cada escalón del faro. Sé que todas son diferentes, pero no sabría decir la cantidad. En cuanto llegué al medio centenar, empecé a perder la cuenta. Ahora me entretendré grabando poemas en las rocas o creándolos mentalmente aquí adentro.

2 de febrero- Tras el temporal que sacudió la costa, los anteriores días, una fuerte calima invadió el espacio. Después, sucedió algo increíble y maravilloso. Un pequeño bote salvavidas bastante desvencijado llegó a la playa. El único tripulante que portaba se encontraba desmayado y sin fuerzas cuando lo divisé en la playa. Al principio no encontré nada interesante en él, salvo la oportunidad de realizar una buena obra. Según fue satisfaciendo su sed y alimentándose de galletas su expresión se fue tornando más armoniosa e inteligente. Su voz, en principio me pareció ronca y desarticulada, pero, como pude comprobar más tarde, era muy suave y agradable. Durante una semana vivimos un idílico romance. Me hizo recordar lo agradable que es sentirse amada por la persona que uno desea. Algo que no pensaba que pudiese revivir desde que Orndoff se batió en duelo y sobornó a los últimos pretendientes que me quedaban. Tenemos tantas cosas en común que creo que nunca me cansaría de estar a su lado. He tratado por todos los medios de cautivar su interés y creo que lo he conseguido sobradamente. Entre nosotros no ha habido ninguna clase de reservas. Le he enseñado todos mis dibujos y poemas. Él, además de escucharlos, me ha recitado en mi idioma y en el suyo los más bellos que haya escuchado jamás. Hasta ha tenido la encantadora ocurrencia de improvisar algunos para mí. Apenas le escuché ya sentí unas casi irreprimibles ganas de besarle. Cuando terminó de recitar, ninguno de los dos pudo evitar que nos uniéramos apasionadamente. Desgraciadamente, tiene que ir a Londres a solucionar los asuntos que le trajeron hasta aquí. Pero, ha prometido que en cuanto lo tenga todo arreglado regresará junto a mí y ya no volveremos a separarnos jamás.

5 de marzo- Hace dos días que se ha vuelto a desatar un temporal. Aún no ha regresado Pierre y temo que algo desagradable pueda sucederle. Espero que sepa evitar a Orndoff. Me aterra pensar que pueda enterarse de lo nuestro y trate de asesinarle, sé que a este hombre no podría sobornarlo como hizo con algunos de los despreciables que conocí en el pasado. Pero, estoy segura de que lo mataría o lo mandaría matar si se enterase de que estoy enamorada de él. He dejado de escribir poemas, me siento incapaz de hacer nada que no sea mirar desde lo alto de la torre. Hasta que no regrese junto a mí, no tendré fuerzas para hacer nada. Hasta Neptuno le echa en falta, le veo más desganado, y sólo se anima cuando acaricio su pelaje.

15 de marzo- Ha llegado la calma, pero en mi mente sigue habiendo turbulencias. Me temo lo peor. Algo malo ha tenido que suceder cuando Pierre no ha regresado. Me juró que sólo aceptaría el puesto de perfumista real si le permitían elaborar en el faro sus fragancias. He enviado dos palomas mensajeras a la corte, pero no he recibido contestación. El insoportable de Orndoff ha debido de interferirlas antes de que llegasen a De Grät; otra cosa no se explica. Estoy desesperada. Me entran ganas de abandonar el faro e ir a la ciudad en busca de Pierre. No sé cuánto podré seguir esperando.

27 de marzo- ¡Al fin! Diviso a lo lejos una embarcación. Ya no puedo más. Voy a bajar y salir a su encuentro. Espero y deseo con todas mis fuerzas que se trate de Pierre. Si se tratase de Orndoff, sólo tengo a Neptuno para defenderme, lucharemos con todas nuestras fuerzas hasta sucumbir.

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Carmen Salgado Romera (Mara) – El Faro de La Libertad

4 enero- No nos fue difícil engañarles, ¿verdad hermano? Llevábamos meses preparándolo todo, casi sin necesidad de hablar. Yo sentía tu amor por ella. Tú, mi amor por la libertad. Cuando crecimos juntos en el vientre de nuestra madre, Dios al modelar nuestro sexo confundió nuestros cuerpos. Yo debí nacer hombre y tú mujer. O los dos hombres, pero tú no tan sensible, tan frágil. A tu lado cualquier mujer, nuestra madre, tu amada, mis amantes, parecían bastas, poco delineadas, embrutecidas por la vida, asfixiadas por su olor a cosmético, a mentira, a fraude. Tú, sin embargo, eres un ángel puro que no puede percibir más que bondad. Hasta donde no la hay. Recuerdo, hermano, las burlas de Orndoff; cómo le hablaba de ti a nuestro padre, despreciándote, diciendo que yo era más hombre que tú. Riéndose de tu larga melena recogida en coleta, comparando esa cola con la de un caballo español deseoso de ser montado por un hombre. Y mientras, yo escondida tras los cortinajes, apenas con quince años y con el odio penetrando en mi mente, con el odio asomándose a mis puños, deseando saber empuñar una espada y acabar con ese destructor. Porque destruyó a nuestra familia. Sembró en nuestro padre el sentimiento de culpa por haber concebido unos hijos tan extraños. Y sembró en nuestra madre la semilla de un bastardo. Pero eso sólo lo sabemos tú y yo, y con nosotros morirá el secreto de nuestra madre, que vivió apresada en un castillo que era, a la vez, su hogar y su tumba: rodeada de lujos aparentes y miseria escondida; de aromas de flores en los jarrones y de sangre en la arena de los sótanos que ambos, aterrados, recorrimos cogidos de la mano, pálidos como las noches sin luna; iluminada por arañas cuyos destellos rutilaban en los carbúnculos que tintineaban en las lechosas muñecas de sus amigas, mientras en la calle los perros y las personas se disputaban los despojos de nuestros banquetes. Ese castillo fue su hogar y su tumba. Pero ni ha sido nuestro cobijo, ni volveremos a él nunca. Ni tan siquiera para despedir a nuestro padre, cuando De Grät anuncie a los cuatro vientos que se acabó su mísera vida. Ni siquiera para contradecir al obispo cuando diga que fue un bienhechor de la ciudad, amante esposo y padre, amigo de sus amigos y respetado por sus enemigos. Ni siquiera. Porque a los que asistan a su funeral no les interesa escuchar que fue tramposo, egoísta, necio y sordo a la justicia. Avaro para los lujos y los placeres. Como ellos. Y a los que no asistan no hará falta decirles nada, porque ya lo saben. Por eso nos han ayudado.

Tampoco volveremos a recoger nuestra herencia, que ni tú ni yo queremos el oro contaminado por manos sucias y poderosas, ese oro que quilate a quilate han sacado de las costillas del pueblo.

Hermano… si por algo siento pena es por habernos separado. Sé que no nos veremos más. Tú, a estas horas, ya estarás con tu protectora amada. Para mí, este faro es mi refugio, frío, húmedo, maloliente; solitario como la flauta de un fauno perdida en lo más profundo de un bosque mágico. Porque la magia nos ha ayudado. Dime si no hubo magia cuando caí del caballo, al lado de aquella mujer con el fardo lleno de piñas, me torcí el tobillo y ella se arrodilló junto a mí, sin inmutarse mientras nuestros acompañantes la vituperaban y daban puntapiés a su saco; ella me hincaba sus pulgares entre la carne y el hueso, moviéndolos hacia arriba y hacia abajo, musitando aquellos rezos que ahora también tú y yo rezamos. Dime si no hubo magia cuando, en pago, yo quise llevarle un regalo y ella extrajo del bolso de su mandil un puñado de huesecillos, los desparramó sobre la mesa de su choza y presagió: “De aire sois y, al esconder vuestra identidad, uno al agua vencerá y el otro con el fuego creará un nuevo ser que recuperará vuestras tierras”.

Ese será vuestro hijo, hermano. El que arrebatará a nuestro hermanastro las posesiones que ni tú ni yo queremos. O será el que borre el odio, o queme el monte y el castillo, o el que… no sé, pero será vuestro hijo, hermano. Yo seguiré aquí, hasta que descifre el libro de la mujer sin nombre. Hasta que sepa por qué fallan mis invocaciones, por qué no puedo ver a través de los posos del café y entender de qué hablan los animales. Quiero saber qué es lo que ocultan las nubes, y si las estrellas suenan. Pero sobre todo, quiero olvidar. Olvidar hasta, incluso, el momento en que decidimos delinear nuestra libertad. Pensamos que sería bueno que yo muriera. El 17 de agosto de 1795 era la fecha oportuna. Los dos iríamos con los cortesanos a la cacería. Yo era la única mujer. Montada a horcajadas sobre el caballo galopé hasta la cabaña, oyendo a mis espaldas vuestros gritos. Allí me escondió la vieja. Le pegaron. No dijo nada. Pasaron tres largos meses, me dieron por desaparecida. Organizaron mi funeral, con un féretro vacío. Mientras rezaban por mi alma, yo me reía a escondidas. “Tanto te afectó mi muerte” que pediste este destino, la soledad: ser farero en el faro más lejano, encender su fanal para iluminar el viaje de mi alma al purgatorio. ¡Qué satisfechos quedaron! Al principio, por guardar las apariencias, pusieron pegas, hasta incluso se inventaron una profecía que me contaste cuando fuiste a verme al bosque. Luego ya fijasteis fechas. Tú sólo pusiste la condición de que dos días antes del embarque, y durante el viaje, nadie debía hablarte: necesitabas silencio para concentrarte, seguías guardándome luto a mí, tu hermana gemela, tan igual a ti que sólo por la ropa y por la voz nos distinguían, que bebió el inicio de su vida contigo en la misma copa durante veintisiete lunas. Hasta nuestro padre lo comprendió. Y así, fue fácil intercambiarnos. Cuando llegué, inicié este diario en tu nombre, manuscrito que permanecerá en el faro. Ahora arrancaré esta hoja. O quizás, mañana siga escribiendo y separaré las hojas cuando sea necesario. En estos momentos estoy oyendo el viento silbante penetrando desde abajo en el faro. Me estremezco al pensar que estoy yo sola, sin más compañía que nuestro perro, pero… ¿sabes, hermano? he leído que aquí, muy cerca de este faro, han avistado sirenas. Ayer creí oír sus cantos.

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Alejandro Alonso Cabrera (Jany)

4 de enero- Parece ser hoy una copia del día de ayer, ni siquiera las pocas algas parecen haber cambiado de lugar. El cielo mantiene su manto impoluto, apenas unas pocas nubes doradas al atardecer. Seguí explorando mi faro –puesto que ahora soy su poseedor-, ya que ayer aunque completé la visita, no fue un examen exhaustivo. No tiene nada, pero quise investigar casi piedra a piedra. Ayer noche desperté varias veces con la obsesión de que una ola gigante partía el faro, una estupidez, lo sé, pero me dejó una sensación de impotencia por lo que no he podido evitar hacer este recorrido. No he encontrado nada que haga que me inquiete, por lo que he de dar por zanjado este asunto.

5 de enero- Hoy he dado un pequeño paseo por los alrededores, la marea estaba baja y pude así disfrutar del entorno. A la derecha de mi Faro, hay unas cuevas horadadas por las mareas. Cuando tenga un poco de tiempo -¡cómo si no lo tuviera!- examinare algunas de ellas. Hasta hoy no me había atrevido a salir de mi fanal. Me había recluido y las horas se me pasaban en este penal. Comía cuando mi estomago así me gritaba, y la noche caía como susurrando. No se ven barcos en la distancia, en estos pocos días que llevo, habré avistado uno, el que me trajo a este paraje.

6 de enero- Hoy se me asemeja al día de ayer, parece copia.

7 de enero- El día ha trascurrido sin alteraciones que distrajeran mi lectura. He comenzado, y casi terminado, la vida y extraordinarias y portentosas aventuras de Robinson Crusoe de York, de Daniel Defoe. Ciertamente su lectura ha avivado en mí la sensación de naufrago, salvando ciertas distancias, nos asemejamos bastante. Su amena lectura me ha llevado a realizar una sola comida, momento en el cual he aprovechado para realizar la rutinaria inspección del faro. Neptuno esta a su antojo, entra, sale, pasea, y se acurruca al lado de mi catre.

8 de enero- Me he levantado apático y doy gracias al cielo que estoy solo, ya que hoy estaría insoportable. En condiciones normales, no saldría de casa ni recibiría visitas. La niebla me visita.

9 de enero- Repito los pasos y el humor. Parece haberse estancado en mí, al igual que la niebla, el día de ayer. Neptuno rehuye mi vista, ni caricias desea. Se ha pasado el día fuera, y sólo ha regresado para dormir.

10 de enero- No deseo que la locura florezca en mí, pero repito el día de ayer y el de antesdeayer.

11 de enero- No tengo nada que decir, vivo anclado en el mismo día, sin que nada cambie.

12 de enero- Igual

13 de enero- Sé que hoy es miércoles, pero parece ayer martes, o el lunes, o el domingo, o el sábado, o quizá el viernes. Tan sólo Neptuno me importuna, y lo hace sin darse cuenta, sin quererlo.

14 de enero- Las gaviotas me despertaron esta mañana, estaban alborotadas. Algo había en las rocas que las turbaba. Después de desayunar me acerqué a aquel lugar, había un pez de atrapado en las rocas y todas parecían querer disfrutar de aquel festín. No pude distinguir que pez era, por lo que descendí entre las rocas. ¡Maldita la hora en que lo hice! Resbalé y caí al mar. Los ladridos de Neptuno aún me agitaron más. Intenté llegar a las rocas pero la mar me tragaba, me alejaba cada vez más en cada intento. Temí por Neptuno, temí que se lanzara a la mar en mi ayuda, temí perderle a él también. Forcejeé a brazo partido, era una contienda desigual, un minúsculo ser contra el enorme mar. David y Goliat. No debía desfallecer. Los ladridos sonaban quejicosos, pero ahora un tanto lejanos. En esa lid, me debute un instante para recobrarme, para ahorrar esfuerzos. Me dejé llevar. Creyéndome la mar abatido, resurgí cual ave Fénix y por fin toqué tierra. Neptuno me llenó de lenguatones, babó toda mi cara y mis manos mientras, yo yacía desfallecido entre las rocas. Me maldije el resto del día. Hasta la noche no me di cuenta de que ya no era el miércoles, ni el martes ni ningún día anterior. Me acurruque en el catre y deje, junto a Neptuno, que pasara el día.

15 de enero- Apenas he dormido hoy. Estoy cansado y el día se me antoja melancólico. Estoy solo. Estamos solos.

16 de enero- No sé si este continuo mecer del mar me esta buscando, lo cierto es que temo abandonar este encierro y acercarme a la orilla. La soledad, mis propios pensamientos, y De Grät, están empezando a hacer mella en mí.

17 de enero- Llevo tres días sin salir de mi faro. Tampoco he hecho la revisión. De todas formas supongo que podría funcionar un tiempo sin mi ayuda. Tan solo el valiente e intrépido Neptuno campa a sus anchas en este pedrusco. Parece disfrutar de mi soledad más que yo.

18 de enero- Nada reseñable en el día de hoy –es más, creo que no quiero reseñar nada hoy-.

19 de enero- Parece que este frío invierno me esta entumeciendo. Me ha parecido sentir que todo a mi alrededor se esta entumeciendo, las gaviotas, las nubes, la niebla, el mar... De Grät me torpedea la cabeza insistentemente. Incluso Neptuno parece haberse contagiado de esta “enfermedad”. También a él le encuentro apático, abatido y triste.

20 de enero- Los ladridos de Neptuno, correteando fuera, me han despertado. Hoy luce un sol enorme. Parece que este periplo de entumecimiento por fin nos ha abandonado. Todo parece cobrar vida de nuevo. Me siento lleno de poder. He vuelto a mis habituales quehaceres, incluso he dado una vuelta alrededor de mi castillo. Él me asegura el cobijo necesario. El temor a la mar parece haber desaparecido, se ha esfumado como la espuma del mar contra las rocas.

21 de enero- He retomado la escritura de mi libro. Los acontecimientos pasados, estas experiencias, me han motivado a tomar, por fin, la pluma. El papel en blanco no es un reto. Parece que las palabras, que las ideas, surgen por si solas. Sin darme cuenta ya he garabateado más de veinte hojas.

22 de enero- Las musas siguen conmigo. Es como si no pudiera parar. Me he despertado varias veces esta noche y no he podido resistir la tentación de seguir escribiendo. Se me amontonan las ideas, las palabras, y he de darles salida... No quiero perder un segundo de esta inspiración. No debo olvidar, cuando vea a De Grät, agradecerle este inmenso placer, no hay paraíso comparable. Quizá sea esa necesidad, hasta insolente, rallando la mezquindad, de la soledad, la que me place. Dicen los hombres de mar que aquel que mora en el faro pierde cordura al cabo del tiempo. Es tan grande la soledad, tan grande el mar, con el viento arreciando, con las sacudidas de las olas, que poco a poco te va minando la razón. Pero no correré tamaño infortunio, sólo un hombre simple llega a tal puerto. Un hombre cultivado y versado en las artes jamás olvidará la razón de su ser. Tal vez también la profecía de De Grät esté equivocada.

24 23 de enero- Apenas tengo tiempo. ¿Quién me lo iba a decir? Entre el poco mantenimiento del faro y mi libro, apenas encuentro tiempo para alimentarme. Sin embargo pienso que debo ser más comedido. No debo dejar que esta inquietud se apodere de mí. Sé que tengo que tranquilizarme, tomarme el libro más relajadamente. Pero tengo miedo, sí, tengo miedo de perder mis musas, pero, por otro lado, ¿a dónde pueden ir?

24 de enero- La niebla parece estancada a nuestro alrededor, alrededor del faro y alrededor de mí. Pero no es obstáculo. Mi libro y yo tenemos un pacto. Yo, le seguiré escribiendo y él se sentirá complacido y orgulloso con las caricias de mi pluma. He dejado que las musas descansen un rato, no quiero que se sientan cercadas y traten de huir. Le he dedicado un poco de tiempo a Neptuno; estos días de atrás le he tenido un tanto olvidado. Lo cierto es que las musas y yo hemos formado un buen círculo. Ojalá que esta amistad se torne duradera. El faro, las musas, mi libro, el mar, Neptuno y yo convivimos en total armonía. Creo que unos dependemos de otros por lo que no debemos ni podemos abandonarnos.

25 de enero- Los quehaceres se me están multiplicando. Hoy mis musas querían dar un paseo por el islote. Buena parte de la mañana ha dado el sol y hemos aprovechado para salir. Meletea siempre nos tranquiliza cuando nos alborotamos un poco. Aoide es más solitaria, creo que se esta enamorando del mar. La oigo hablar entre susurros en la orilla. Sin embargo Mnemea es la más habladora, nos relata hechos acaecidos en miles de lugares, es la que más mundo ha recorrido, y es la que me proporciona las rutas a seguir con mi libro. Neptuno la mira con cierto asombro, ensimismado, como si realmente entendiera sus palabras. Tal vez las voces de las musas sean, por ser musas, entendibles por la naturaleza entera. El faro, que se me asemeja a un cetro, apenas cuenta nada, desde su inmovilidad, parece devorar todo lo que contamos, como queriendo guardarlo para sentirlo, para vivirlo.

25 de enero- Al despertar Aoide no estaba con nosotros. Me aterró la idea de que nos hubiera abandonado. Nadie sabía donde estaba. Salimos presurosos y encontramos a Aoide sentada en las rocas, cantaba un bello son a la mar. Nos sentamos tras ella para no perturbarla, incluso Neptuno permanecía callado, tranquilo. No sé las horas que pasamos allí, pero si así fuera el canto de una sirena, así hubiera perdido la razón. Comenzó de pronto a llover y contemplamos un arco iris como jamás yo había visto. Después de unos minutos corrimos a guarecernos en el castillo. No paró de llover el resto del día.

26 de enero- Hoy he revisado las provisiones, así como el aceite de la lámpara. La experiencia de los hombres que por aquí pasaron me tranquiliza en este aspecto. Pero me asalta la duda, si el país, si la <<sociedad>> se parte, entra en guerra, si mueren aquellos que saben de mí en este paraje, si el olvido eterno se cierne sobre mí, ¿Qué fin me esperaría? He de alimentar mi alma y mi espíritu para no caer en la locura. He de apartar de mí las dudas e inquietudes y arrojarlas al mar. He de decirle al mar palabras de razón y que los ecos sobre las rocas no turben mi juicio. He de... dejar de pensar en ello.

27 de enero- La tormenta, que dos días nos ha retenido en el castillo, por fin ha pasado. El cielo sigue encapotado pero, al menos, no llueve. Mi castillo no se encuentra bien. Tanta lluvia ha debilitado su cuerpo. Parece temblar cuando el viento vira y arremete contra él. Gracias a Meletea todos nuestros pesares son despejados, siempre encuentra una palabra, una razón que nos tranquiliza. No tengo palabras para De Grät. Sólo hecho de menos aquel té que preparaba Miss Collete en el casino. Tenía el punto justo de amargor y de dulzura, es una mezcla muy especial, solo comparable a la que preparaba el criado moro del General Hubert. Tomaba tres tacitas de té y el General siempre comentaba “la primera amarga como la vida, sin azúcar; la segunda, dulce como el amor; y la última, muy azucarada, suave como la muerte”.

28 de enero- Qué bien huele este aroma a mar. El día ha amanecido templado y mis pulmones quieren llenarse de este perfume. Ninguno se había percatado, pero Mnemea, que por naturaleza es muy curiosa, me ha señalado el calendario. Al principio no sabía que me quería indicar, pero al señalarme también el diario pensé que había olvidado hacer la anotación. No, no era eso, la anotación estaba hecha, pero al mirar de nuevo el calendario, me he asustado. Llevo veintinueve días en el castillo y he perdido un día. No quería releer el diario, solo he mirado las fechas, y horrorizado compruebo que he cometido un grave error. El día 23 ya tuve un conato. Casi me salto un día, pero al momento me percaté. El día 24 y 25 son correctos, pero el día 26 erré y creí estar en el día 25, desde ahí he perdido un día. Por lo tanto hoy no es 28 de enero, es 29.

30 de enero- Continúo con mi libro, con los quehaceres diarios de mantenimiento y lo alterno con alguna lectura amena y distraída. También tenemos ratos de conversación, normalmente cuando paseamos a media mañana por el islote. Neptuno se siente feliz. Jamás vi animal alguno como él, como con tan poco es tan feliz. Nuestros paseos se nos antojan enriquecedores. Aoide nos ha traído rumores del país, son solo rumores, al menos eso piensa Meletea, y mi castillo, siempre con los pies en el suelo, no cree en los rumores. La verdad no me siento afectado por ello. Me hubiera gustado saber algo de De Grät y de Orndoff.

31 de enero- Hoy hemos celebrado un pequeño banquete. No hay un motivo especial, pero según Aoide, y con razón, no hay porque tener un motivo para celebrar algo. La felicidad es más importante que cualquier acontecimiento. Y cuando se es feliz, como lo somos nosotros, cualquier momento es bueno, y el momento ha sido hoy. Hemos abierto una de las botellas de vino de Oporto, el sabor del brandy de este Oporto es más fuerte aquí que en tierra firme. Hemos bailado y cantado, aunque nada comparable con lo que hace Aoide, es realmente fantástico.

1 de febrero- Hoy me siento un poco incomodo, es el día del reaprovisionamiento y no nos apetece salir de nuestro retiro. Sé que recibiré noticias de De Grät, que llegaran provisiones y más aceite para la lámpara, y espero saber algo de esos rumores que comentaba Aoide. Pero tener que ver y hablar a Nilsen y Owen no me entusiasma demasiado, sobre todo por el malhablado de Nilsen. A Neptuno tampoco le gusta ese Nilsen, siempre lo tiene a cierta distancia. No sé que verá Neptuno en él que hace que le rehuya.

2 de febrero- El avituallamiento no ha llegado. Supongo que no es una ciencia exacta por lo que creo que no debo preocuparme. Para el siguiente viaje debo pedir que De Grät me envíe más papel, una par de plumas de repuesto y tinta. No estoy sorprendido por la animosidad que he puesto en mi libro, de hecho no todo el merito es mío, he de agradecérselo a mis musas y al castillo. Somos un buen grupo de trabajo. Tengo una carta para De Grät con las peticiones y la mayor de mis gratitudes.

3 de febrero- Nada sabemos del balandro. Castillo está empezando a ponerse nervioso, cree que no habrá luz en su futuro. Mis provisiones me mantendrán vivo todavía una o dos semanas más, no tengo preocupación al respecto. Siento que el aceite esté a punto de agotarse, no sé si Castillo lo soportará. Todos hemos arrimado el hombro, buscando alguna posible solución. Bajando la intensidad de luz quizá podemos hacer durar el aceite hasta que lleguen las provisiones. Como último recurso, podemos quemar algún mueble o alguna de las maderas que quedaron de la construcción de Castillo.

4 de febrero- A la orilla han llegado unos maderos que parecen pertenecer a algún navío, quizá sea la verga, por su tamaño, de algún barco pequeño. Un balandro tal vez, como el que me trajo aquí. No quiero creer que mi balandro haya naufragado, no puedo siquiera pensarlo. Mnemea no tiene ninguna noticia de interior, por lo que algo nos tranquiliza.

5 de febrero- No he podido escribir nada hoy. Tenemos la mirada puesta en el horizonte, que se nos muestra falto de vida, sin embargo no podemos cejar en ese empeño de seguir mirándolo. La noche cae y no hemos avistado nada. Esta nueva rutina nos está lacerando, apenas hablamos, apenas comentamos nada, ni siquiera Aoide se atreve a susurrar alguna melodía.

6 de febrero- Me sorprendió y la vez me lleno de felicidad, duró instante, he de reconocerlo, el oír la voz de Owen me satisfizo. ¡Por fin han llegado provisiones! No sé porque Neptuno no me avisó de su llegada, tal vez sea por ese “odio”, esa “enemistad” con Nilsen. Lo cierto es que no se llevan bien, mientras uno lo rehuye el otro parece querer “tenerlo”. Se cuenta que hay animales, perros y gatos, que saben cuando un ser humando ha comido alguna vez a algún congénere, y no quiero pensar que este sea el caso, pero Neptuno me hace creer en esa posibilidad. Nilsen comentó que las tormentas habían demorado su salida. No crucé más palabras con él. Llena de tizne cualquier cosa que diga. Le di la carta a Owen, sabía que así llegaría a manos de De Grät. Al verlos partir, suspiramos reconfortados. Empleé toda la mañana y parte de la tarde en colocar las provisiones. He visto, y tendré que agradecérselo, que De Grät me envíe otra caja de Oporto.

7 de febrero- Estoy cansado, ni siquiera me apetece conversar con las musas.

8 de febrero- Me he despertado y Meletea no estaba, Mnemea tampoco. Creí oír a Aoide en las rocas, tampoco estaba. Desesperado busqué por todo el islote, grite sus nombres más ninguna contestó. He llorado como si hubiera perdido al ser más querido.

9 de febrero- He saltado del catre, esperanzado de que mis musas estuvieran allí, pero ninguna hallé. Castillo tampoco sabe nada, ni cuando partieron, ni por donde. El horizonte se me parte en dos. Lloro. Ni siquiera Neptuno es consuelo en estos momentos. Lloro.

10 de febrero- Esta agonía me esta matando. El uñado cuaderno se me aleja cada vez que intento retomar la escritura. Cuando lo alcanzo las palabras parten fuera de él. No puedo escribir. Tan solo estos retazos me sostienen.

11 de febrero- No sé si tengo que hacerme a la idea de esta nueva situación, estoy como al principio, solo. No creí que llegaría a añorar la compañía. No creí que la soledad, tantas veces querida, sería ahora motivo de temor. Tengo miedo.

12 de febrero- Han pasado cuatro días ya desde la desaparición de las musas. Las evoco en mis recuerdos, las evoco en mis actos, y nada ya me place. Neptuno, siempre fue solícito, me mira desde la distancia. Me he dado cuenta de que hace días que, ni yo le doy, ni él me pide caricias. Castillo parece haberse mutado y ser simplemente roca. Desespero. No quedan lágrimas para desahogar este lamento.

13 de febrero- Rehago mi vida. Tras mirar el inmenso mar, he visto un barco, un barco que se aleja. Quizá sea simplemente eso. Las cosas vienen y luego se van, es como la vida, como las mareas, como el viento que arrecia y luego se calma.

14 de febrero- Hoy no he podido salir en todo el día. La niebla y la lluvia han surgido de pronto y no nos ha abandonado. Hemos intentado seguir con el libro. Las palabras ya no fluyen con esa facilidad y sencillez de antaño, pero, sin embargo, de mi pluma gotean.

15 de febrero- La niebla se ha disipado. La lluvia permanece, incansable, incesable. Parece querer borrar los caminos, parece querer limpiar las almas. Nada importa ya, nada, salvo mi libro. Por él, y por De Grät estoy aquí, y ese es el único objetivo.

16 de febrero- ¡Cantos! ¿Cantos? ¡Cantos! No puede ser. Aoide, es la voz de Aoide, que suena abajo, en las rocas. Aoide ha vuelto. ¡Al fin mis musas aquí! ¡Que regocijo! Neptuno bailaba y gritaba por mi pasión, entorpeciendo el paso. Temblaba de emoción, las piernas no me sujetaban, y sin embargo pude llegar a las rocas. Allí estaba, cantándole a la mar. Cantándole una canción, una triste canción, una canción de amor, una canción de despedida, una canción de adiós. Me senté a su lado, sin proferir ruido o hacer gesto alguno. Amores que no pueden ser. Al caer la noche me quedé dormido.

17 de febrero- Desperté en las rocas, arropado por un cálido viento junto a Neptuno. Había pasado la noche en las rocas. Aoide ya no estaba allí. Debió velarme toda la noche, pues ni frío ni temor turbaron mi sueño. Al llegar a Castillo, comprendí que sólo él y Neptuno son fieles, que el resto, que mis musas, van, vienen, y se vuelven a ir, que debe ser así, y que la llama de la esperanza de volver a verlas no se puede perder. Es como el faro que guía a los marinos, ellos no pueden perder la esperanza de encontrar la luz que les guié. Es una promesa de aliento. Me senté, tomé el cuaderno y escribí, sin parar, páginas y páginas, hasta que finalicé el libro, después Morfeo me tomó.

18 de febrero- Hades me ha visitado en sueños. No creó en premoniciones, no creo en santeros, no creo en brujas ni en las historias de viejas que te meten el miedo en el cuerpo, por algo soy un ilustrado reconocido. La razón es lo único que tenemos para mejorar y debemos, pues, combatir la ignorancia, la tiranía y la superstición. Sus palabras no me debilitaron, en el sueño la lid cayó de mi lado y, herido y maltrecho, huyó buscando refugio. Sin embargo sus palabras cayeron como una losa sobre mis hombros. “Cuando no hay salida, todo vuelve a empezar”.

19 de febrero- Hoy, mi primer día en el faro, hago esta anotación en mi diario, según lo acordado con De Grät. Llevaré el diario con la mayor regularidad posible, aunque Dios sabe lo que podría sucederle a alguien tan solitario como yo... Podría enfermar, o algo peor...

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Juan López Trujillo

SE CIERRA EL CIRCULO

5 de enero

Hace poco se acaba de marchar la balandra, dejándome solo en este faro, con mis parcas pertenecías.

Al fin he conseguido mi propósito. Es cierto que he debido molestar a algunas viejas amistades, mover algunos oxidados resortes y gastar algo de mis exiguos ahorros en queso y vinos de mi tierra, pero el final ha sido el apetecido.

Me encuentro solo en medio del mar. Aquí se acaba mi viaje que se inició hace ya tanto tiempo que se evapora como una niebla en los recuerdos.

Todo comenzó cuando plenos de ansias y de sueños, mi amada y yo decidimos dejar la tierra que nos vio nacer, cansados como estábamos de tristes monotonías, de únicas y cercanas metas, de días siempre iguales.

Y empezamos un nuevo caminar, mirando siempre al lugar donde el sol nace. Dejamos surcos y pámpanas, ribazos y breñas, terrones y cardenchas y salimos en busca de otras luminosidades, de otros colores, de otro mar que no fuese el rubio y picajoso mar de las espigas.

Tras no pocas vicisitudes, logramos encontrar nuestro sitio al lado de la brisa, nuestro lugar al sol, pero con la sombra fresca de una naturaleza distinta, que supo confabularse con nosotros, para darnos trabajo, hijos y alegrías.

Y en ese edén pretendido y encontrado, fue donde se cimentó el que yo siempre creí inamovible edificio de mi existencia.

Allí nacieron mis hijos y mis nietos. Allí supe lo que era la inacabable experiencia del amor. Allí supe de la felicidad.

Pero el fuerte edificio se vino estrepitosamente abajo, cuando le falló la pilastra principal sobre la que todo el ensamblaje se apoyaba. No fuimos capaces de darnos cuenta, pero toda la carga de nuestras existencias se apoyaba sobre unas espaldas que con el tiempo se fueron encorvando. Y todos seguimos a lo nuestro, sin reparar en cómo se hacían arrugas en la cara y en el alma, de la que siempre fue mi compañera.

Con la misma discreción con la que enmarcó su vida, se fue a la otra, ahíta de silencio y de perdones. Como dirían las viejas mujeronas de sayas y perenne velo negro, “se fue sin hacer un ruido”, a pesar del sonoro estropicio que provocó en mi existencia.

Los hijos, con sus vidas ya perfectamente dibujadas, y con otras distintas prioridades familiares, fueron a lo suyo. Y yo me quedé definitivamente solo. Tan solo como quedan los hombres que, para su desgracia, no han sabido lo que es el amor.

6 de enero.

Me he levantado temprano y he podido comprobar que la magia de los reyes de Oriente no llega a hasta estos enhiestos y apartados lugares.

Me he preocupado por la limpieza de las lentes de Fresnel, el depósito de carburante y vuelvo a este diario que presiento que también va a ser mi particular faro y guía.

Mi vida en aquel lugar donde fuimos felices ya no tenía sentido, Tenía que dar un paso más desde esa orilla que siempre me servía de frontera. Mi soledad necesitaba del mar, de su cadencia, de su rostro cambiante pero hipnótico.

De niño siempre soñé con vivir en un molino de viento de mi tierra, pero ya era tarde para volver, había quemado demasiadas naves.

Pero el mar también tenía sus molinos con aspas de luz, para molturar peligros en esa tremenda soledad de una llanura con racimos de espuma colgando de las cepas de las olas.

Y además tenía sobre todo 365 grados de horizonte limpio, sin barreras, sin chafarrinones de cemento, sin vocingleras multitudes no aptas para entender la belleza de su enorme soledad.

Por eso te busqué, amigo mar.

Para poder desde aquí escribir versos nuevos, y mandarlos en viejas botellas vacías de ron o valdepeñas, por todos los caminos de tus aguas y que sirenas de gracia las lleven a las costas donde languidecen de amor los enamorados.

Versos nuevos que pueda deletrear en Morse con las luces de este faro, para que lleguen a todos los lugares donde habite la pena. A todas las riberas donde el odio pueda ser el vencedor de la contienda de la vida.

Y quiero dejar escrito, que cuando un día vuelva la balandra y yo no salga a recibirla, sus hombres me hagan ceniza y depositen una parte en el mismo centro de este mar, para ver si alguna mota de mí se adhiere a una vela blanca y me lleva a conocer esos mundos con los que he soñado. Que pueda por una vez ser polizón en busca de un puerto que se llame Fantasía.

El resto que la lleve el aire, que ya sabré yo encontrar donde fertilizar una vid y donde encontrarme, en el infinito, con la mujer que siempre he querido.

Ver biografía del autor

Jesús Salgado Romera

Once de Enero del año de Gracia de 1796

Quise huir del mundo.  Y lo he conseguido.

Este faro será  -cuando Dios así lo quiera- mi tumba. Mientras tanto reflexiono sobre la vorágine de mi vida, libre de la mirada acusadora del género humano.

Nací el 20 de Abril de l770, en los arrabales del barrio oeste de Londres. Mi madre, Margaret “la pecosa”, era gorda, risueña, rubia y desabrida. La vida le enseñó a ser así. Era prostituta, como todas las mujeres del barrio.

Nunca conocí a mi padre. Mi madre a veces me dejaba entrever como tal a un fornido soldado que  la visitó asiduamente: “Tienes los ojos de James…”. Otras veces me habló de un alocado estudiante de cierto nivel y basta educación que se encaprichó de ella antes de su preñez.  Como tantas otras de aquel ambiente, tendía a enamorarse de la vida a través de los hombres.

 image Nunca me importó. Mi vida transcurrió alegre entre aquellas meretrices. Muchas habían tenido que dejar a sus hijos recién nacidos en el torno de las monjas de La Caridad y para ellas yo era el hijo que nunca vieron crecer…

  Madre se ocupó de que fuera instruido, pagando hasta los diez años a las monjas como externo para que me enseñaran a leer, escribir y unas pocas matemáticas. Gracias a esto escribo estas páginas.

Después empecé a ganarme el sustento como recadero: avistaba los barcos que iban a atracar al muelle, y gracias al funcionario de aduanas que tenía “un servicio pagado” sabía su mercancía antes que nadie; si eran telas, corría a las tiendas de tejidos, que cerraban para hacer caja y acudir presurosos al puerto, dándome unas monedas por poder ser los primeros en atisbar las mercancías y cerrar los tratos; si el barco venía de ultramar o del continente avisaba a otros mercaderes y abaceros, y después pasaba la voz en el barrio para que las mujeres se acicalaran, compitiendo por atraer a los mejores clientes.

En plena noche acudía a llamar al doctor Stuart, el único que venía a atender las urgencias de esta zona, o a la partera, que también se ocupaba de hacer ciertas operaciones que devolvían la regla a las mujeres.

Y con el tiempo, aprendí a hacer de corredor, pues las jóvenes que empiezan compraban gustosas y a buen precio medias, medidas de seda, pañolones y joyas que las más viejas atesoraban como báculo de su vejez y que transferían al ver menguados sus ingresos.

Muchas mañanas ayudaba cargando con las cestas de compra del mercado, y a veces me tocaba –limpiándome las botas y la gorra para estar lo más presentable posible- acudir a alguna casa de postín, donde debía dar o recibir recado.

Así fue como conocí a Beth.

Doce de Enero de 1796. Una de la noche.

   Mi ángel rubio jugaba en la parte delantera de la casa cuando un perro rabioso, salido de Dios sabe dónde, irrumpió en la calle. La gente atemorizada tiraba bultos y cestas, corriendo a refugiarse.  El perro encabritado, con la boca llena de espuma y los ojos como dos tizones amarillos, penetró por la verja entreabierta del jardín y se abalanzó sobre la niña.  A punto de alcanzarla, una piedra de buen tamaño lanzada por mi tirachinas noqueó al animal, derribándolo a dos pasos de la petrificada criatura.

El animal agonizaba apaleado por los criados, mientras  una nube de doncellas salió a rescatarla. Una con pinta de cocinera se me acercó y me dijo: “Tu nombre, dime tu nombre”.  Se lo dije, y mientras regresaban a la casa con la pequeña en volandas dijo: “Ven mañana a las cinco con tus padres. Los señores os recibirán.”

Me regalaron un traje completo, un caro diccionario y unas monedas. A mi madre le dieron un sobre con billetes, añadiendo, al saber que no tenía esposo e intuir de qué vivíamos, la promesa de algún trabajo.

Dos veces al mes pasaba por la casa, donde en la puerta de servicio me llenaban la cesta de ropa para zurcir, añadiendo alguna que otra vitualla. 

Elizabeth, Beth, cada vez más a menudo acudía al campanilleo de la puerta, llamándome “su salvador” y añadiendo ora un poco de jabón, ora papel y tinta, que yo guardaba celosamente, pues habitualmente usaba carboncillos prensados.

Con el tiempo, su admiración se trocó en algo más, los papelitos que depositaba a escondidas en la cesta contenían citas en el rincón más alejado del jardín, y nuestras conversaciones versaban sobre los relatos de ultramar, la vida de las diferentes clases sociales y sus deseos de ayudar.

Mi desconfianza se trocó en amistad, su inocencia en empatía, y juntos convergimos en una relación fluida y cómplice.

Cumplidos los l7, acudió llorosa una noche para comunicarme que nos íbamos a separar. La prometían. Su futuro esposo, que le doblaba en edad, era un próspero hombre de negocios. Poseía tierras y una mina de carbón en el norte, y allí habría de vivir.

Pensé que no le podía caer peor suerte el día en que, mientras tomaba pan con manteca y una jarra de cerveza en la cocina, escuché a los criados hablar de cómo daba castigos ejemplares a los aparceros que no podían pagar, de cómo avasallaba a las hijas núbiles, acallando a sus padres con dinero, y de cómo su primera esposa había enloquecido por los malos tratos hasta tirarse una noche de tormenta por un barranco.

Se lo conté. Mirándome a los ojos, y sabiendo el peligro que entrañaba una fuga, me dijo: “Sácame de aquí, prefiero vivir una hora libre contigo que un año esclava de este hombre. Llévame contigo, nos amamos, no pueden separarnos”.

Trece de Enero de l796.  Once de la noche.

Nos fugamos de noche. El caballo de alquiler por el sistema de postas, y el hospedaje hasta llegar a Glasgow consumió más de la mitad de nuestro dinero.

Encontrar allí una buhardilla y establecernos fue relativamente fácil.

Yo trabajaba de estibador en el puerto, y a medida que tomaba contacto con la ciudad, también hacía corretajes de joyas y pequeñas mercaderías.

Ella cosía y planchaba para las damas. En nuestro tiempo libre, me instruía. Apenas salíamos, salvo al anochecer, pues temíamos ser reconocidos.

Fue la etapa más plena de nuestros días.

Las yemas de sus dedos encallecieron, sus brazos tenían quemazones de la plancha, y el frío y la frugalidad le quitaron el aire de damita. Para mí era más hermosa cada día.

Nuestra felicidad duró apenas año y medio.

En el puerto reconocí a un marino de Londres, le pedí que llevara una carta a mi  madre.

Ignoraba que éramos buscados por todo Londres, con pasquines que ofrecían sustanciosa recompensa; el marinero nos delató.

Un día, al volver cansado de trabajar vislumbré en mi portal el cuerpo de un policía. Hábilmente me metí en el portal de al lado, llegué a su buhardilla y pregunté a nuestra vecina; me contó cómo habían registrado nuestra casa, llevándose a Beth esposada en el furgón policial, mientras gritaba: “Te esperaré, James, te esperaré”.

El ruido de pasos en la escalera nos indicó que la policía venía por mí. Huí por los tejados.

Si me atrapaban me encerrarían en una lóbrega cárcel a la espera de juicio, y el prestigioso abogado que el padre buscaría me acusaría de rapto, violación, cohabitación, y muchos más cargos. Era carne de horca.

Huí. Han pasado ocho meses desde entonces. Como estoy reclamado por la justicia nunca permanezco mucho tiempo en un lugar.

Catorce de Enero de l796.  Dos de la madrugada.

Hace mes y medio dormía, previo pago, en la cuadra de una posada. Junto a mí, un muchacho se convulsionaba agotado, tosiendo continuamente y con fiebre. Le di mi escudilla de caldo, le tapé con mi  manta, y atendí. Con palabras jadeantes me contó su vida.  Quería llegar al faro de Farnort, para relevar a su primo que llevaba dieciocho años de servicio, y ahora se retiraba. El sueldo era bueno, pues nadie quería estar sólo y a merced de un esquife que, una vez por semana y sorteando los peligros de las aguas y del tiempo, hacía el avituallamiento de comida y aceite para el fanal.

Expiró al amanecer. Me percaté de que guardábamos cierto parecido y pensé suplantarle. Encontré la carta de las autoridades portuarias a su nombre. Tomé sus ropas y hatillo y por la mañana informé al posadero que James, hijo de Margaret “la pecosa”, del barrio oeste de Londres, había fallecido en la noche.

Testifiqué ante el juez de paz, lo echaron en la fosa común y yo partí hacia el faro, tardando tres semanas en llegar.

 image En la oficina portuaria me informaron que durante mi tardanza otra persona había ocupado la plaza; sin embargo, se había suicidado unos pocos días después, y oportunamente el puesto seguía vacante. No me dejé impresionar, y durante un día y una noche, el viejo marinero que maneja la balandra me instruyó sobre el mantenimiento y manejo del fanal de aceite, y de cómo dirigir la luz hacia los barcos para guiarles a buen puerto, reflejando en el libro su avistamiento, la distancia en yardas y su orientación en longitud y latitud.

Esta es mi historia, hasta el día de hoy.

Sé que a los ojos de los hombres he pecado, pero carezco de sentimiento de culpa, y sí de un sentido interno de guiar mi vida con sinceridad. 

En la clase social de Beth, el destino de las mujeres lo deciden sus padres.          

Madre decía: “El amor, James, es  privilegio de los pobres. Pues quien poco posee dispone libremente”.

Si algo agradezco del ambiente de marginación de mi infancia es contemplar las normas sociales desde el otro lado del espejo; jueces, sacerdotes y esposos ejemplares se erigían como baluartes de valores morales que incumplían en sus visitas a nuestro barrio.

Considero que las leyes de los hombres son injustas, y pecando de blasfemo creo que Dios está de parte de los poderosos.  O al menos eso nos quieren transmitir, creando cánones para dominar al pueblo. (Lo aprendí de los marineros de ultramar).

Quince de enero, seis de la tarde.

Hoy he dormido toda la mañana de un tirón, supongo que por haber desahogado mi pena.

Parece que vislumbro una ligera mancha en el ocaso. Podría ser un barco, cuando sea de noche lo sabré por el fuego que ponen en cubierta, se percibe a yardas de distancia.

Beth ha sido arrancada de mi corazón y la herida está en carne viva. Agradezco mi aislamiento, que mitiga el dolor.

Nueve de la noche: El cielo está de color violeta,  denso y oscuro. Presagia tormenta la fuerte marejada que cada vez es más viva. El barco se percibe más claro, una pequeña cáscara de nuez que se bambolea en el horizonte.

Once de la noche: La tormenta está encima de nosotros. Los rayos hienden el cielo y su ruido chispeante es proseguido por rotundos truenos que se sienten en las paredes.  El barco está visible en la lejanía y gruesos mantos de agua lo elevan y hacen oscilar violentamente. Dentro deben estar pasándolo muy mal.

No dejo de dirigir la luz en dirección al puerto. Primero ilumino en dirección a su casco, y lentamente dirijo la luz hacia la dirección correcta. Espero que puedan gobernar el timón lo suficiente como para eludir las rocas que circunvalan el faro.

Las olas rompen contra los arrecifes y la espuma llega hasta el ventanuco del tercer piso, el dormitorio.

En intervalos, aprovecho a hacer café en el infiernillo, a escribir esto y a dirigir la luz hacia el puerto.

Dieciséis de enero, doce de la mañana.

Despierto aún agotado del esfuerzo de girar el fanal del barco al puerto y viceversa, toda la noche. La tormenta cesó hace horas, y el barco está bien orientado, aunque su movimiento es nulo, al cesar el viento. El mástil principal cabecea a babor, es fácil que tenga vías de agua abiertas en el casco.

El mar está en calma y las gaviotas surcan el cielo.

Dos de la tarde: tres barcos de mediano tamaño acuden al auxilio. Los viajeros y animales irán en el primero, abarrotando la bodega con toda la mercancía que quepa, lo que elevará el nivel del casco y facilitará su reparación. 

Cinco de la tarde: Comienzan las labores de arrastre de los otros dos barcos. El barco accidentado cabecea aún más, pero llegará a puerto. 

Seis de la tarde: Decido hacer una incursión a las rocas que rodean el faro. Trepar por sus salientes me sirve de ejercicio. Me siento entumecido y con ganas de despejarme.

Regreso al faro alterado: en mi incursión por las rocas, y cerca de donde se encontró el cadáver del último farero, encuentro una bolsa de cuero con unas hojas arrancadas de nuestro diario de avistamientos. La letra es casi ilegible en muchos párrafos y decido leerla con calma.

Comienza el 4 de enero de 1796. La tinta es difusa en algunas partes, pero básicamente capto su sentido. Es la historia personal del anterior farero, a quien yo relevo. Lo transcribo, en hoja aparte, pues no quiero que los pensamientos de ese hombre se mezclen con los míos.

DIARIO DEL ANTERIOR FARERO, A QUIEN DIOS PUEDA PERDONAR POR SUS PECADOS.

Cuatro de enero de 1796- Hoy me siento anímicamente mal. Sé que mi vida no tiene sentido: ¿Qué hace una persona de mi posición en semejante sitio?  Los que me conocen lo pueden considerar una excentricidad, en el mejor de los casos, y los que no me quieren bien, que son muchos, lo llamarán locura…

He llevado una vida disipada, he conocido todos los vicios y me he dejado arrastrar por ellos demasiado tiempo; he perdido una fortuna, y de mi patrimonio sólo quedan restos… Mucha de la gente de bien procura eludirme, y los que me tratan lo hacen tan sólo por el respeto que mi linaje suponía hace tan sólo unos lustros.

Es ahora cuando soy consciente de ello. Tampoco me arrepiento de lo vivido, la lástima es que se me ha escapado otra forma de vivir, pues la vida transcurre sólo en una dirección, la que marcamos desde nuestra mente o desde el corazón.

Creo que ahí reside el meollo: he sido incapaz de vivir acorde al corazón. Afectividad, creencias, familia, amor.  Todo esto se me negó desde niño.

Supongo que pertenecer a una familia rica  puede considerarse eximente, pues lo cierto es que me crié a cargo de una niñera y de las doncellas de mi madre; a ella la veía a las horas de las comidas y al tiempo de dar las buenas noches… Siempre elegante y moderada, no recuerdo haber jugado con ella, ni tener más contacto físico que un beso en la mejilla.

Mi padre siempre fue una figura distante y autoritaria.

Tuve un preceptor hasta los siete años, en que me ingresaron interno en un colegio de élite; aprendí a defenderme del mundo, pues peor que la tiranía del claustro de profesores y sus continuos castigos eran los demás alumnos. Someter a los nuevos era la ley, y dentro de esto uno procuraba defenderse de una de estas tres formas: intentando pasar desapercibido, haciendo grupo con otros nuevos, o tratando de plantar cara, desafiando.

Por mi carácter, ésta última fue mi opción, convirtiéndome en un proscrito lleno de moratones  al que, poco a poco, comenzaron a respetar.

Con el paso de los años me convertí en un líder del mal; los nuevos huían con sólo verme de lejos, y las diversiones con mis adeptos pasaban por las novatadas, las apuestas, o las escapadas.

Tan sólo el poder de mi padre sostenía mis notas, aquellos fariseos mandaban cartas a casa en las que se quejaban de mi comportamiento y de mi escasa atención, pero el talonario de mi padre, que tanto contribuyó en obras nuevas, actuaba como un bálsamo.

Aún así no pudieron sujetar el escándalo que supuso mi expulsión: había dejado embarazada a una de las mozas de cocina. La recuerdo fornida y de anchas caderas, no exenta de gracia, sana y natural como la muchacha de campo que era, con la cara, brazos y escote llenos de pecas, y su pelo rubio adornando una cara pícara y alegre... Margaret, creo recordar que se llamaba.

Mi padre indemnizó a los suyos –era impensable el matrimonio- y a mí me mandó a Francia, a cargo de un pariente lejano que tenía una joyería especializada en la engastación de gemas.

Cinco de enero- El mar hoy está en calma y no se divisa nada en el horizonte. Faltan dos días para que llegue la balandra de avituallamiento. Hoy he estado tirando un hueso a Neptuno, para que corra en el breve espacio que circunda la edificación. El perro, siempre tranquilo, parece que entienda mi oscuro estado de ánimo. 

En la joyería duré tres meses. Pese a chapurrear el idioma, pronto tuve amigos de borracheras y salidas. En el taller era insolente e indisciplinado y tras una fuerte discusión marché con un hatillo a recorrer mundo.

Fui, entre otros oficios: grumete, mozo de cuadras, mantenido de una condesa austriaca, mercenario, traficante de armas y capitán de una chalupa contrabandista.

He viajado por Francia, Alemania, Austria, Holanda, Italia, España y comerciado con la costa de África.

Sufrí enfermedades tropicales, ataques de piratas, naufragios y sobreviví a un tifón, del que escapé porque aún no era mi momento.

He corrido mundo y tratado con  ricos y pobres. Respetado y odiado a partes iguales, mi puñal ha hendido en decenas de reyertas.

Pero al ser humano le resuena el eco de sus orígenes, quizá por buscarse a sí mismo y encontrar sentido a la vida, y he aquí que hastiado de todo volví a Londres, con una pequeña fortuna en oro, supuestamente para buscar financiación con que fletar un barco dedicado al comercio de marfil.

Mi reencuentro con la gran ciudad me llevó una vez más a una vida disoluta, y al cabo de tres meses acabé, quien sabe cómo, acogido en un hospital de caridad, enfermo de sífilis.

Sífilis, la enfermedad que si no te mata te deja a las puertas de la locura…

Los meses de enfermedad, en los que se barajó el peligro, me han cambiado.

Durante una primera fase de la enfermedad mantuve casi de continuo episodios febriles muy fuertes en los que me sentía como energía vibrante,  unido al sol y al aire de la habitación donde yacía mi cuerpo; yo era una energía de pensamiento que flotaba. De hecho captaba los pensamientos y estados de ánimo de aquellos en los que focalizaba mi atención; me sentía parte de su ser y sentía con su energía: dulce, compasiva, enérgica, etc.

Después vino el agotamiento. Me sentía volver a un trozo de carne correoso y gris, que era mi cuerpo, y no quería comer ni hablar, pues cuanto más tomara contacto con este mundo antes se me escapaba la percepción de aquel otro…

Cuando a base de caldos de ave y de verduras consiguieron recuperar mi cuerpo, entré en la fase del delirio, pues quería expresarme y carecía de palabras, balbuceaba, y cuando entendían algo no tenía sentido para ellos.

Pasé al aislamiento, acurrucado en posición fetal y sin hablar, tratando de que mi mente fuera otra vez la conexión entre mi cuerpo y mi espíritu…

Poco a poco volví a una relativa normalidad, hasta que me consideraron curado y me dejaron marchar.

Sin embargo, la experiencia me había marcado, era el norte de mi vida.

Es por eso que tomé contacto con De Grät, al que expuse todo esto, y sin comprender plenamente, entendió mi necesidad de permanecer aislado y me propuso este puesto de farero, al que accedí de inmediato. Tuvo que mover influencias, y aquí estoy.

Seis de enero- El mar está tranquilo y no se aprecia ninguna embarcación.

Hoy ha venido a mi mente el episodio más vergonzoso de mi vida: en Harar (Somalia), sólo por una vez, fui traficante de esclavos.

El grupo de negros capturados, hombres, mujeres y niños, había permanecido encadenado toda la noche en la explanada, y sus lamentos y sollozos sólo eran interrumpidos por las amenazas y golpes del capataz. Ahora subían en hilera al barco. “El holandés” y sus tres ayudantes castigaban con un pequeño látigo cualquier intento de rebeldía, y sólo se oían quedamente sus hipidos, roncos ya de tanto lamentarse.

Yo era el capitán del barco, y “El holandés” su mercenario. Me propuso este negocio como forma de saldar la deuda que tenía con él, y estaba obligado.

Aunque digan que los negros no son humanos, y que están al servicio de los hombres, como las ovejas y los árboles, creo que no es cierto. Quizá carezcan de nuestra inteligencia, pero cuidan a sus bebés con más cariño que muchas de nuestras madres, y he presenciado sus emociones al separarlos.

 image Al pasar frente a mí para bajar a la bodega un negro adolescente me miró profundamente. Diría que había transcendido su miedo y sus pupilas me transmitieron  la injusticia de apartarles por la fuerza de su hábitat. Intuyo que se sentía tan persona como yo, y me planteaba si yo tenía derecho a hacerles eso…

Pero no había vuelta atrás. Yo además sabía que más de la mitad moriría en la travesía y los que llegaran serían subastados como animales de labor.

Esa noche me emborraché, juré que no volvería a hacerlo y al desembarco me encerré para no verles. Nunca supe si el muchacho llegó vivo, pero no querría volver a enfrentarme a su mirada.

Siete de enero- La soledad de este faro en la madrugada me juega malas pasadas.

Continuamente acuden a mi mente acciones sangrientas en las que he participado, y de cada una de ellas los personajes permanecen detrás de mí, con sus heridas abiertas, mientras sucede en mi mente la siguiente escena. No hablan, me miran, cubiertos de sangre,  sujetándose las tripas abiertas de un tajo, o la garganta cercenada… Son espectros. Poco a poco otro incidente penetra en mi mente y sus actores se quedan detrás, uno con el cráneo abierto, otro con el brazo cercenado y una gran herida en el corazón…

Ahora afluyen no sólo los ensangrentados, sino todos aquellos a los que perjudiqué a sabiendas: por robo, intimidación, engaño... Percibo la habitación llena de aparecidos silenciosos a los que ya no me atrevo a dar la cara.

Temo lo que comienza a formarse: los sollozos del grupo de negros en la explanada. Sus lamentos se oyen tenuemente; de la masa de sus voces comienzan a filtrarse individualmente en mi mente; a través de cada vibración de voz llego a su garganta, y de ahí a su ser.

Ahora comprendo dentro de mí su miedo, siento la energía fresca y pura de su esencia y la incomprensión a tanto odio como trae el hombre blanco. Somos monstruos con corazón de piedra. Disfrutamos haciendo sufrir… ¡Y nosotros nos creemos superiores!

Siento dolor por cada uno de ellos, pues pienso que les hemos arrebatado su vida. Les siento inocentes y alegres de corazón. Me duelen más que estos otros europeos que seguramente hubieran hecho otro tanto conmigo si hubieran podido.

Ahora percibo la mirada del chico negro. No juzga, solo mira. El blanco de sus grandes ojos rodea su pupila que me mira, no se cree víctima, solo mira, parece que dice: tú has tomado mi vida. Tenías derecho, según tú. Sin preguntarme. –Su pupila me hiere en su inocencia-.

Me siento mal, quisiera que la locura me hubiera dejado demente allá en el hospital, una gruesa capa de algodón por memoria, no pensar, no tener esta agonía de pensamientos mal tratantes, uno detrás de otro… quizá locura es esto, porque, ¿quién puede percibirlo, sino yo?

Abro el ventanal: aquí y ahora, les empujaré para que salgan a la inmensidad de la noche, que me dejen en paz, que salgan de este faro...y de mi cabeza. Y si no soy capaz, saltaré con todos ellos dentro de mí y será la forma de acallarles. No puedo vivir así.

(Firma ilegible)

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Me he quedado en blanco, tratando de asimilar lo que esto significa.

Sé que el contenido de esta carta está ya guardado en el fondo de mi alma.  La casualidad no existe, y mi camino se había de cruzar con el de este ser, captando su esencia a través de este legado póstumo. 

La vida me ha dado su testimonio, y he de sacar provecho.  Soy joven y puedo elegir. Este faro me ha servido de prisma donde tomar contacto conmigo mismo.  No huiré más al destino trazado desde el corazón.

Mañana vendrá el hombre del avituallamiento; le diré que no me adapto y que vayan buscando otro farero. Me impaciento por salir de aquí.

Iré a buscar a Beth. No importa lo que tarde en encontrarla. Puede estar casada con aquel hombre, lo cual dudo, o bien su padre la haya retirado a la espera de que pase el escándalo y pueda casarla con alguien que no tenga escrúpulos de su pasado a cambio de una buena dote.

La buscaré denodadamente, y cuando la encuentre esta vez seré yo quien le diga que nos fuguemos. Podremos empezar una vida nueva, lejos, quizá en América, tierra de oportunidades.

Si existe la justicia divina, estaremos juntos. Rogad al Dios de vuestras creencias por ello.

El faro de Farnort, a  Diecisiete de enero del año de gracia de l796.

Ver biografía del autor

Alberto Díaz

4 de enero- He pensado durante todo el día en Orndoff. Me resulta contradictorio haberle echado de menos. Tal vez su parloteo sería una buena medicina contra el tedio que, en jirones, a veces me rodea. No esperaba que surgiese ese sentimiento en mi alma. Durante la tarde, Neptuno se ha mostrado nervioso y no paraba de dar vueltas a mi alrededor con el pelo erizado. Ante esto, decidí echar un vistazo para comprobar que todo estaba en orden. Ridículo, lo sé, porque los únicos habitantes de este remoto lugar somos nosotros, pero necesitaba hacerlo. A las 10:43 de la noche se desató una tormenta espectacular. Repentinamente, recordé la profecía de De Grät: “Señor de Matignon: nadie, en sus 147 años de existencia, ha salido vivo de ese faro. ¿Creéis que vos seréis el primero? No me hagáis reír, por favor”. “Os demostraré, a fe mía, que yo lo conseguiré. Dentro de un año y cinco meses, cuando haya vuelto a este palacio, tendréis que reconocer el éxito de mi empresa. Me habré convertido en el primer noble, en la Historia de Francia, en desempeñar el oficio que se me ha asignado en el faro de Tevennec y regresar sano y salvo”, fueron mis palabras textuales.

image 5 de enero- El día amaneció lluvioso y el viento, de nuevo, lanzó furiosas ráfagas, aunque lo peor del temporal se desarrolló entre las tres y las cinco de la madrugada. Por momentos parecía que el faro iba a hundirse en el océano. Para pasar el rato mientras soportábamos la tormenta, he comenzado a escribir en otro diario unos versos. Nunca me he considerado un poeta pero, después de 14 años, algo me suscita este deseo. Al principio pensé que los aullidos de Neptuno impedirían mi concentración. Con gran asombro, sentí que eran los caballos perfectos para que las palabras galopasen desde la tinta hasta el papel. Mañana comenzaré un relato: un argumento excepcional me ronda la cabeza. Después de comer, regresó la calma y pude salir a respirar aire fresco. Afortunadamente, mi constitución física es robusta y resisto bien la humedad.

6 de enero- Durante la tarde se produjo un fenómeno curioso: avisté una fragata durante un segundo en que la niebla me permitió ver algo. No logré identificar la bandera, pero me pareció inglesa. Un hombre, encaramado al palo de mesana, me apuntó con su fusil e hizo el gesto de disparar. Nervioso, guardé a toda prisa el catalejo y bajé las escaleras a trompicones. Pensé que estaba asistiendo al comienzo de una invasión británica. Al instante me percaté de la estupidez de la idea porque horas antes de partir hacia este destino, yo mismo fui testigo de la firma del Tratado de Paz entre Inglaterra y Francia. Subí de nuevo al fanal y extendí el catalejo, pero no pude divisar nada. ¿Una broma pesada de mi mente? De todas formas, me mantuve alerta el resto del día, aunque bien mirado, ¿qué podría hacer yo en caso de un ataque por parte de los ingleses? En cuanto regrese la balandra a finales de mes tendré que comunicar el hecho. El resto de la jornada transcurrió en paz.

7 de enero- Neptuno se ha puesto enfermo. A media mañana empezó a sangrar por las orejas. El líquido era casi negro y el pobre animal ha estado tumbado el resto del día. He intentado, inútilmente, que probase bocado. No poseo conocimientos de Veterinaria, así que me temo lo peor… No me veo capaz de sacrificarlo y, por otra parte, su sufrimiento es… inhumano. Las cosas empiezan a complicarse más de lo que imaginaba. Hoy subí cinco veces al fanal temeroso de otear el horizonte y encontrarme una escuadra inglesa. Afortunadamente, sólo se veían el mar, liso como el mármol, y grupos reducidos de gaviotas y albatros sobrevolando algún que otro banco de peces. El embate de las olas nos ha concedido un respiro.

8 de enero- A las 7:32 de la mañana he arrojado al mar el cuerpo de Neptuno. Las lágrimas me han acompañado sin cesar en esta fecha. A partir de ahora, la soledad será menos gozosa sin la compañía de mi amigo. ¿Se cumplirá la profecía de De Grät? Confío en que lo de Neptuno no represente la antesala de mi propio final. Creo que Dios me someterá a pruebas aún más terribles durante mi estancia en este faro. La incertidumbre me acosa en las horas más inesperadas y empiezo a tener dificultades para desembarazarme de ella. Hasta hoy no había temido por mi vida. Pienso que la marcha de mi perro ha trastocado los nobles propósitos que albergaba mi corazón. No he conseguido escribir ni un solo verso desde ayer y el relato no me motiva. Quizá el lugar esté robando la buena predisposición con la que acepté mi cometido.

9 de enero- El Sol se erigió en señor de esta parte del mundo y lució, magnífico, calentando mis huesos. Me he dedicado a contar los libros que he traído: cuatro volúmenes de Física, siete de Astronomía, dos de Química, uno de Filosofía y tres de Náutica. La pasión por el saber que me inculcó mi padrastro se apaga lentamente. Poca satisfacción encuentro ya en lo que antes era fundamental. Debo darme tiempo para superar la muerte de Neptuno. Lo malo es que no hallo el ánimo necesario para encarar los días que, como juguetes rotos, se deslizan ante mi mirada. Si Orndoff supiera cuánto le añoro… pensaría que estoy loco. Loco, loco, loco… La palabra adquiere un matiz especial rodeado solamente por agua y aire.

10 de enero- He tenido que tirar gran parte de mis provisiones. Unos gusanos repugnantes comenzaron a salir de ocho de las diez cajas con las que embarqué en el puerto de Sablons. Ante este hecho, dudo de si el racionamiento me permitirá sobrevivir hasta la próxima visita de la balandra. Ruego a Dios que me dé fuerzas en estas horas tan trágicas. Por lo demás, no ha habido ningún sobresalto.

11 de enero- Ha vuelto a suceder. De nuevo he divisado a la fragata inglesa a unos 1.000 metros del faro. Otra vez con niebla y sólo durante un segundo. Su nombre continúa siendo un misterio: únicamente pude adivinar una “H” y una “E”. No lo entiendo; no deberían navegar por estas aguas y menos tratándose de un buque de guerra. ¿Acaso piensan que lograrán asustarme? ¡Pobres diablos! ¡Desconocen que soy un noble y los nobles jamás abandonamos a la patria! ¿Qué pretenden con su desfachatez? Además, les resultará imposible acercarse con estas corrientes.

12 de enero- Escribo mi última anotación en el diario. Debo unirme a la tripulación de la fragata urgentemente. Cinco soldados y el capitán, la viva imagen de De Grät, me esperan abajo. Éste me ha asegurado que los hombres que componen la dotación del barco son los fareros que han habitado aquí. Todos, para salvar su alma, decidieron marcharse. Sé que no es posible, pero le creo. Espero que la caja de cobre que voy a echar al mar conserve, intactas, estas páginas.

Mª Carmen Martínez Rodríguez

4º de enero de 1796

image El día ha amanecido con una luminosidad hiriente. Como si el dios Helios embutido

en su traje de Coloso hubiera venido con el amanecer a saludar a su compañero de piedra.

Un cielo azul, límpido, sin mácula de nubarrones que lo ensombrecieran, me ha acompañado a lo largo del paseo matinal.

Aunque desayuno frugalmente, prefiero caminar y atender el faro antes de cumplir con mi estómago. Nada me satisface más que leer tranquilamente una vez degustadas las viandas, porque la mañana es propicia a la reflexión.

Estoy releyendo un libro que me apasiona: “Cartas Persas”, de mi paisano Charles Louis de Secondat, Señor de la Brede y Barón de Montesquieu.

La ironía del trío persa, Uzbek, Rica y Redi, y su mirada crítica hacia la cultura occidental supusieron una cura de humildad para este noble francés que ahora pasa sus días arropado por la soledad del mar.

Me hubiera gustado ser protagonista de su periplo viajero: desde la corte de Isfahán hasta Francia, pasando por Turquía, Armenia e Italia.

Fue mi padre quien me descubrió la obra de este, como él, ilustre miembro de la nobleza de toga. Estaba entre los pocos libros que mi progenitor pudo llevar en nuestro viaje migratorio hacia Inglaterra, en 1786. Los levantamientos populares que provocó la carestía de alimentos le llevaron a la conclusión que a la Francia de Luis XVI le acechaban funestos presagios. El, al fin y al cabo, era un burgués seguidor de las modernas teorías políticas; pero su esposa, su querida Celine, fue nacida en la más rancia nobleza de cuna, y para ellos se avecinaban tiempos de incertidumbre y miedo. Él sospechaba que el fuego sería avivado por los suyos: una burguesía sobrada de dinero y ansiosa de poder. Y decidió que era mejor buscar la seguridad para su familia y no jugar con los naipes del destino.

Volviendo a la epístola, aunque mi vida es limitada y no conoceré ni puedo predecir con certeza el futuro, creo que nunca pasará de moda; por eso los prebostes de la Religión, y su funesta inclinación a mantener en la ignorancia a los hombres haciendo prevaler la fe sobre la para ellos abyecta razón, lo incluyeron en la relación de libros prohibidos.

Hoy me he detenido en la CARTA LXXXV –

“Confieso que están llenas las historias de guerras de religión; pero mirándolo bien, no ha sido la muchedumbre de religiones la que estas guerras ha ocasionado, sino el espíritu de intolerancia que animaba la que se creía dominante”.

Y en la CARTA CXIX –

“...los países mahometanos cada día están más yermos por consecuencia de una opinión que, puesto que en sí sea santísima, no deja de acarrear perniciosísimos efectos cuando se arraiga en los ánimos; y es ésta, que nos contemplamos como unos peregrinos que deben siempre tener puestas sus miras en otra patria, y así nos parecen locura las útiles y duraderas tareas [...] y satisfechos con lo presente, sin curarnos de lo venidero, no nos cuidamos ni de reparar los públicos edificios, ni de desmontar las tierras eriales, ni de cultivar las que están en estado de remunerar nuestras labores; … lo fiamos todo a la voluntad de la providencia”.  

Y  en la CARTA CXXX, donde el barón aprovecha, por boca de sus personajes, para criticar a los que él llama literariamente “noveleros”. Comentaristas políticos que se vanaglorian de conocer los entresijos de la política y sus protagonistas y que si por algo se caracterizan es por la puerilidad de sus análisis; siempre dispuestos a orientarse hacia el sol que más les calienta:

“Estos son los miembros más inútiles del estado, y cincuenta años de sus habladurías han producido el mismo efecto que hubiera resultado de cincuenta de silencio”.

He finalizado la mañana con una sonrisa, la que siempre me provoca la lectura de la CARTA CXIV – Yo, en mis años mozos mujeriego y poligámico no declarado, encontré en las razones de esta carta las ventajas de las sociedades monógamas:

“...obligadas nuestras mujeres a una castidad forzosa, necesitan hombres que las guarden, que no pueden ser otros que eunucos... ¡Qué pérdida para la sociedad…! Así ocupa un hombre solo en sus gustos tantas personas de uno y otro sexo que las priva de la vida útil al Estado y las hace incapaces de propagar la especie”.

Libro corto pero intenso, no muy del agrado de mi querido De Grät -¿quiénes se creen los orientales para venir a darnos lecciones?- que, dejándose llevar por la ceguera que produce la defensa a ultranza de la cultura propia, no se ha percatado de que el libro es producto de las reflexiones de un francés en la piel de un persa. Imagino su agrio gesto cuando lea este párrafo, y los siguientes, porque en honor al ingenioso escritor, a partir de este día, los meses los citaré con la denominación persa. Juro que no hay mala fe en ello, ni intenciones de irritar aún más a De y su fervor por el calendario gregoriano; sólo que como no sé hasta cuándo me acompañará la vida, quiero darme el gusto de nombrarlos todos de seguido. Para que no se ofenda excesivamente, los pondré en paralelo.

Aquí quedan: Zilcadé - Enero; Zilhagé - Febrero; Maharram - Marzo; Safar - Abril; Rebiab 1 - Mayo; Rebiab 2 - Junio; Gemadi 1 - Julio; Gemadi 2 - Agosto; Rhegeb - Septiembre; Chabán - Octubre; Rahmazán - Noviembre; Chalval - Diciembre.

El resto del día no ha tenido nada especial a destacar. Mi obligatorio baño de sal; una tarde de duermevela y las consabidas comidas, que realizo dejándome llevar por el apetito, ya que mi reloj ha decidido abandonarme pasando a mejor vida.

10 de Zilcadé - Enero de 1796

Llevo días sin coger la pluma. Lo hago hoy, día 10; cifra formada por un número que resulta de unir el uno y el cero. El uno es el principio y yo sé cuál ha sido mi origen y cómo ha transcurrido mi vida hasta ahora, pero ¿cuáles serán las vivencias intermedias que conformarán mi historia? ¿Cómo será el fin que sellará mi página vital? ¿La decisión que he tomado me ayudará en mi búsqueda de la perfección como ser humano?

¿Por qué diserto sobre el diez cuando mi número fetiche es el nueve? La suma de la triada de los mundos. Dos visibles, la tierra y el cielo; uno desconocido, el infierno. Yo convivo con mi propio averno y para no hundirme en la locura me dejo acunar, en los momentos de angustia, por las nueve musas. ¿Acaso encontraré la paz después de transitar por los nueve caminos requeridos para alcanzar la perfección y cerrar el círculo?

Sirva esta divagación para poner algo de interés a unos días de pura rutina doméstica. Me he dedicado a adecentar el cuarto que servirá de comedor y dormitorio y a convencerme a mí mismo, lo he conseguido, de que el faro no oscila y que, aunque Eolo librara de sus grilletes a los furiosos vientos, nada podría con las ensambladas piedras cimentadas en la roca.

También me he replanteado la altura que inicialmente le asigné al faro. Es más espigado de lo que creía. Sus casi trescientos escalones me indican que la altura puede rondar los 60 metros; sin contar el foso.

Ya pasaron los tiempos de los faros de madera y carbón, que requerían un esfuerzo titánico para su mantenimiento; y el de los faros de aceite, que tiznaban los cristales e impedían la adecuada protección de los barcos.

Afortunadamente para los fareros, y para los árboles y las ballenas, Teulere reemplazó las hogueras y las linternas de vidrio por lámparas de reflectores parabólicos. Yo he bautizado a la mía con el siguiente alias: “El ojo del ángel guardián”.

Como antes apuntaba, estos días he estado enfrascado en la limpieza de mi habitáculo y en la posterior ubicación de mis escasos enseres. La ambición me ha abandonado y ahora no necesito sentirme rodeado de lujos para ser feliz; vivir con lo básico no requiere de grandes refinamientos. Me he procurado una vajilla de madera, que me han asegurado que es eterna; unos vasos de terracota y unas cazuelas de cobre. Eso me basta para llenar la minúscula alacena que pende de la pared. En cuanto al ajuar, también exiguo: tres toallas de lino, una manta y un cobertor de plumas de ganso. Mis vestiduras son las adecuadas para el lugar que habito y la función que desempeño; de abrigo para el invierno y ligeras para el estío. Convertir el faro en un hogar, depende de mí. Será difícil, porque este pétreo enclave carece de lo que más añoro: mi jardín; su paleta de colores y sus exuberantes aromas.

He buscado conscientemente la soledad, pero no quiero que el estar a solas conmigo me llegue a abrumar; por eso he decidido que presida la estancia un cuadro con una escena de conversación. Los personajes representados no son familiares ni amigos, porque no quiero verme reflejado en mi pasado y añorar lo perdido. Con expresión feliz, conversan bajo el follaje protector de un abeto; buscando la armonía. Su energía de grupo contraponiéndose a mi elegida individualidad. ¿Encontraré en ella el equilibrio y la paz interior?

No hay espejos en los que contemplarse.

Me aferro al relicario que pende de mi cuello. Dame tú el sosiego que necesito.

15 de Zilcadé - Enero de 1796

Las jornadas transcurren vagando por el faro. No estoy en mi mejor momento; conozco el territorio palmo a palmo y algún día he deseado que la roca se moviera y el faro flotara, desplazándose hacia la costa. Esta posibilidad me conforta y me sobrecoge: no quiero que nadie me vea. La humedad ha puesto al descubierto las flaquezas de mi esqueleto; me siento cansado y subo irritado las escaleras, protestando como un viejo gruñón. Sólo espero que no sea reuma, hermosa palabra griega que significa agua que discurre y fatal presagio de lo que me espera; por si acaso, en el próximo viaje de la balandra Esperanza a la civilización, le pediré a De Grät que en el futuro incluya entre los víveres un buen manojo de ortigas secas. Mis huesos lo agradecerán.

Ya ansío ver su vela cangreja danzando a sotavento. Hasta que la aviste, pronunciaré palabras al aire esperando que el eco las reproduzca y me las devuelva repetidas. ¿Querrán ellas retornar a quien las pronuncia o buscarán alguien distinto que las escuche?

18 de Zilcadé - Enero de 1796

Llevo días contemplando el cielo nocturno. La noche me arropa y me desazona al mismo tiempo; creo que nunca me ha abandonado el temor a la oscuridad del rechazo. Por eso me aferro a la luminosidad salvadora de las estrellas de Orión y

a la lechosa luz de la Vía Láctea.

Aunque sé que De Grát no lo aprobará, no escribiré cada día en esta especie de memoria temporal de un farero, que desde ahora pasará a llamarse “A días”. Las palabras no fluyen cuando no hay nada que contar; cuando el pasado quiere olvidarse y el futuro está preñado de rutina y soledad.

¿Dónde estarás tú, mi estrella?

3 de Maharram - Marzo de 1796

Mucho tiempo ha transcurrido desde que mis dedos rozaran por última vez este tosco papel.

Hoy me he afeitado la larga y poblada barba y, al verme, Neptuno se ha acercado con cara de pocos amigos. Me ha olisqueado y me ha reconocido enseguida. Estamos solos, no creo que le haya resultado muy difícil la tarea.

Los dos estamos inquietos. De los espectaculares cielos nocturnos; de los días de calma y apatía; de la claridad, hemos pasado a un firmamento oscuro y amenazador. Los monstruos acechan desde la costa y reclaman saciar su voraz apetito. Yo me refugio en el faro, pero el faro es una cárcel que me ahoga. ¿Dónde están los míos de los que renegué en mala hora?

image Hay páginas en blanco, hirientes como cuchillos. No hay palabras porque sus trazos quedaron enterrados bajo los lamentos de los naufragados. En honor a ellos he decidido no volver a compartimentar el tiempo, porque sería poner fecha a mi amargura. He pasado días y días caminando sobre las rocas volcánicas, dejando que el mar bravío lamiera mis heridas; he descubierto que sigo siendo humano porque he padecido con el sufrimiento de los que han venido a mí envueltos en su tumefacta piel. Le he pedido a la mar que me los devolviera y lo ha hecho, ¿compasión o enseñanza? Sólo sé que desde la soledad de mi corazón he añorado a los otros y que he recuperado la sensibilidad que creí perdida.

La luminosidad de su amado faro, que representaba para ellos la fortaleza frente al amenazante océano, no pudo salvarlos de la tormenta y ya no tendrán la posibilidad de volver al calor del llar; a su amada tierra y al cálido abrazo de los seres queridos, que esperaban anhelantes su retorno. Mi imaginación ha pintado escenas de dolor para cada uno; como yo en su día fui el causante del tormento de los míos al negarles que me acompañaran en mi calvario.

Ya nunca estaré solo. Sus familiares no han querido desenterrarles y han permitido que descansen para la eternidad en las entrañas del foso. Acunados por el oleaje al son de acordes marinos. Hasta me han dejado elegir su epitafio Me he alegrado de que entre mis libros hubiera poemarios; me han servido para crear esta humilde composición, que deja entrever mi impotencia ante el colérico piélago:

image BRUMA

“Un viento traidor

les condujo hacia la muerte.

Sin socaire de Poniente,

naufragarían sus cuerpos

a merced de la bravura

del oleaje inclemente.

Y mi alma lacerada,

como vela a la deriva,

sufre por el asedio

de esta duda inquisitiva.

¿Dónde encontrará consuelo

este llanto sin medida;

por los hijos no salvados

y la inocencia perdida?”.

Unos cuentan que fue la visión ebria del tripulante del barco la que le llevó a confundir un faro de peligro con un faro de recalada. Los más propensos a creer en mitos marinos, que confundió las señales de peligro del faro con trovas de sirenas que, camufladas bajo un manto de niebla, le encantaron para arrastrarlo hacia las rocas. ¡Qué más da!; sea cual sea la causa lo que importa es su trágico final.

La resaca marina ha ido depositando los restos del naufragio, que han llegado envueltos en viscosas algas; como si los pecios se negaran a reposar lejos de los últimos moradores del fenecido pesquero de arrastre.

Hoy, al crepúsculo, he llorado. He descubierto que mis lágrimas son salobres y, por primera vez en muchos meses, he canturreado; confiado en el poder sanador del llanto.

Descansen en paz los marineros del “Alborán”.

Una tormenta asesina ofreció su vida al mar.

*********

- Señores, les agradecería que una vez finalizada la visita en esta sala se dirijan conmigo a la salida. Ahora subiremos las escaleras hasta el vértice del torreón. La vista es espectacular, pero aconsejo se abstengan los que padezcan vértigo y los que no se crean con la fortaleza física suficiente para soportar el esfuerzo. Los que inicien la subida y luego se arrepientan, siempre les queda la posibilidad del descenso; más liviano que el ascenso a la cumbre. Steven, puedes ojear los libros del farero mientras esperas.

- Una pregunta Carlee, ¿tanto le marcó el hundimiento al farero que ya no escribió más en el diario?

- El hecho de que haya páginas arrancadas hace pensar que sí, que al menos intentó plasmar sus vivencias, o sus emociones, sobre el papel. Luego os enseñaré algo que…no quiero estropear la sorpresa.

Los que coronaron el último peldaño pudieron leer grabada en un canto rodado, puesto a propósito sobre el alféizar del ventanal, la siguiente leyenda: Sólo serás libre si cicatrizas el alma.

- ¡Ánimo, valientes! ¡Y sujeten las riendas al caballo, que ahora vamos cuesta abajo! ¡Hasta las profundidades!

*********

El camino al foso es angosto y oscuro. Instalados en el hoyo, la guía espera paciente a que Steven acceda al recinto y se acostumbre a la luz amarillenta. El muchacho cojea y su cara de amargura denota que no está pasando por un buen momento. Tal vez por eso Carlee le trata con extrema deferencia.

-La cruz que veis, hecha con restos de maderos, señala el lugar donde probablemente fueron enterrados los marinos Y en esa vitrina, en un astillado cofre de marfil, se encuentra un manuscrito que quiero que nos lea Steven; yo estoy algo ronca y me flaquea la voz.

Carlee gira la llave y extrae los documentos; los abre y enseña a los visitantes el dibujo trazado en uno de ellos. Un hombre, cubierto con una túnica blanca, esconde su rostro entre las palmas mientras, a su alrededor, numerosas manos le ofrecen amparo y protección; como transmitiéndole: –“Queremos padecer contigo”. Al fondo del paisaje, una figura malévola parece regocijarse con su vergüenza.

- Si os preguntara, cada uno daríais una versión de la imagen. Si os parece, vamos a escuchar a Steven y luego me comentáis si era acertada la huella que la ilustración dejó en vuestro corazón. Cuando lo desees, puedes comenzar; afortunadamente para todos la letra del narrador es bastante legible.

“Me nombran Vincent y fui nacido por casualidad en el París de los Borbones, en el año 1763. A los anales de la historia pasará como el tiempo en que se firmó la Paz de París, que puso fin a la Guerra de los Siete Años y por la que los franceses pagamos un precio, la pérdida de colonias a favor de Inglaterra.

El carácter decisivo del azar en el nacimiento de cada hombre me ha hecho creer que todos somos iguales; ni desigualdad de sexos, ni diferencia de razas. Una humanidad universal que les ha sido enajenada a muchos seres por los intereses bastardos de algunos individuos. Y no crean, que este idealismo me ha costado muchos disgustos en el seno de mi propia familia, que recriminaba a mi padre, incluso las mujeres, la influencia nefasta que en mí había tenido la lectura del Nuevo Testamento.

Dicen que nací un día 5 y mi progenitor, auténtico artífice de mis inclinaciones liberales, y estudioso, en privado, del mundo esotérico, de niño me hacía poner los brazos en cruz y abrir las piernas y me llamaba el Pentalfo: -“Tú nunca serás perfecto porque eres un habitante del quinto reino”, decía.

No le faltaba razón y la vida vino a demostrármelo. Porque tenéis que saber que no elegí la soledad del faro porque creyera que vivir solo es algo idílico; mi soledad fue una huída de mí mismo. Creí que desertaba del espanto y de la conmiseración de los otros y no comprendí que estaba condenando a los demás cuando sólo yo debía ser enjuiciado. Sí, debió importarme la opinión de la gente, pero nunca hasta el punto de condicionar a sus opiniones mi existencia.

-“¡Es obra del diablo!”, gemía mi madre. Y sus reiteradas alusiones a Satanás me convertían a mí en un Lucifer enfurecido que, inmisericorde, exacerbaba con sus garras las lesiones de la infección.

Creí perdido el paraíso y me retiré de la vida mundana. Si alguna mujer conversaba conmigo, veía en sus ojos la compasión por las cicatrices de las pústulas y no la admiración por los conocimientos. Si mi familia me atendía solícita, les trataba con brusquedad; para hacerles partícipes de la frustración que sentía. Si Sophie acariciaba mis mejillas, yo repudiaba su cariño, llegando a tratarla con auténtico desprecio. Me sacié en la copa de la amargura y mi orgullo provocó el quebranto de mi madre y su fallecimiento; siento que fui el causante, aunque mi padre trató de convencerme de lo contrario.

Vincent contra la sociedad, hasta que De Grät le ofreció la oportunidad de huir de los que ya no consideraba semejantes.

Aquí he vivido los últimos meses; venciendo, en ocasiones, el tétrico deseo de entregarme al mar. Si no lo hice fue porque no quise que los peces celebraran un festín con mi lisiada figura.

Durante días, seguí analizando las cosas desde la estrechez de la caverna en la que había decidido morar mi lucidez y sólo podían ser como yo las percibía. Aunque no había espejos que reflejaran mi decadencia, mi memoria seguía devolviéndome una y otra vez las imágenes de lo que ayer había sido y de lo que hoy era.

Pero el hombre se encuentra a sí mismo donde menos lo espera; incluso cuando ya ni se busca. La muerte de la tripulación del pesquero encallado frente al velado arrecife fue para mí como una fisura a través de la cual comenzó a filtrarse la luz y la esperanza.

Mi aspecto ya no es el que era, pero poco importa. Durante algún tiempo he creído que la enfermedad era un castigo divino por mi licenciosa existencia, pero ya basta de engaños, Dios no es perfecto, ¿por qué iba a serlo yo; su criatura?

La vida también es vejez, enfermedad, dolor y contratiempos, y debo asumirlo. Si algo he visto en los ojos del único marinero que expiró en mis brazos, ha sido dulzura y agradecimiento porque unas cálidas manos y un rostro amable acogieran su último suspiro. Él no vio en mí al monstruo que yo veía.

Si algo me atormentará a partir de ahora será no ser una persona bondadosa. Eso sí que degrada al ser humano y no la imperfección física. Hoy han sido expelidas por el viento las cenizas de Vincent el egocéntrico.

Tengo conocimiento por De Grät de que Penélope ya no espera a su Ulises; no importa, tampoco éste regresará a Ítaca. Pasaré aquí el tiempo necesario hasta que me releve el nuevo farero y luego partiré. No sé dónde encaminar mis pasos, pero no regresaré a Inglaterra, donde me informan que el médico rural Edward Jenner, el sabio-poeta, iluminado por las palabras de una joven granjera: “Yo no voy a enfermarme nunca de viruela porque estoy vacunada”, está inoculando en personas sanas el pus extraído de los enfermos de viruela boba, con gran éxito.

Aquí lo dejo. Me esperan días de libros y rutina....”

************

- Antes de continuar con la lectura de los textos, agradezco a Steven su magnífica vocalización y aprovecho para informarle que sería un orador excelente. Quiero haceros la observación de que esta interrupción puede obedecer a que Vincent tal vez decidió seguir reflejando lo habitual en su “A veces”; aunque pudo encontrarlo tan carente de interés que luego decidió arrancar las páginas. Prosigue, por favor.

-“Han transcurrido aproximadamente seis años desde que diera traslado de mis emociones a estas cuartillas. Hoy ha arribado el nuevo farero. Ha sido difícil encontrar a alguien que quisiera permanecer en un faro enclavado en medio del mar, a muchos kilómetros de la costa. Es un joven gracioso, dice que algún día nos cambiarán tan poético nombre y nos llamarán algo así como expertos en señales. Estos jóvenes… ¡Quién sabe lo que nos deparará el futuro! En el mío inmediato está viajar a España, de donde me llegan noticias de que se prepara una expedición que partirá de La Coruña hacia América con un cargamento especial: 22 infantes “postulados”. En mi país siguen reticentes a la vacuna por creer, ¡maldita ignorancia!, que los que sigan el tratamiento terminarán adquiriendo rasgos de bóvido.

Se llamará, salvo que cambien de opinión, la Real Expedición Marítima Filantrópica de la Vacuna. Unos salvarán vidas y otros, como yo, trataremos de ayudar a los afectados por el mal a superar la angustia de no reconocerse a sí mismos. Espero que me dejen embarcar.

Llevo conmigo el relicario; bajo el brocado verde, sedoso y acariciador, están grabadas las palabras de Sophie: “Cuando tengas el valor de conocerte, subirás a la balandra y con las velas desplegadas irás en busca de tu destino. Sólo cuando la luz de la compasión ilumine tu semblante, te sentirás una estrella”.

*********

- Steven, Steven, mi soñador atormentado, es posible que la lectura del texto te haya dejado muchos por qué en el aire sobre el morador de estas vetustas piedras; pero nos tenemos que ir. Si te apetece, algún día podemos quedar en la Universidad y conjeturar sobre qué le deparó el futuro a Vincent. Aunque sólo sea un devenir intuido.

*********

Los alumnos están inquietos, ya huelen los días de asueto. A duras penas el profesor consigue que se concentren en escuchar la lectura del poema de Poe que ha elegido para hoy:

“Frente a la mar rugiente

que castiga esta rompiente

tengo en la palma apretada

granos de arena dorada.

¡Son pocos! Y en un momento Un sueño

se me escurren y yo siento

surgir en mí este lamento:

¡Oh Dios! ¿Por qué no puedo

retenerlos en mis dedos?

¡Oh Dios! ¡Si yo pudiera

salvar uno de la marea!”

- Mirad esta fotografía, ¿qué os parece?

- Una pesadilla.

- Una alfombra nacarada de esponjas coralinas.

- Un mar de espinas líquidas que batean furiosas las rocas de lo que parece el sombrerete de un faro.

- ¿Qué os trasmiten el poema y la imagen?

- Impotencia

- Ansiedad

- Zozobra.

- Como veis, todos sentimientos lacerantes. ¿Qué hacer cuando la angustia, sea cual sea su origen, nos atenaza?

- Unos polvos de la risa.

- Una birra bien fresquita, a la salud de Poe.

- ¿Alguna solución de efectos duraderos, por favor?

- Profesor Steven, ¿tal vez buscar la salida del oscuro paraje al que nos confina la creencia de que no hay más sufrimiento que el propio? ¿Tener el valor de renacer a un mundo donde todos los sonidos no son armónicos, ni todas las notas de la melodía son perfectas?

- Quizás. Cada uno debe buscar su propio camino hacia la perfección como ser humano; su retorno al paraíso. Podéis iros y seguir mi consejo, si os parece, ¡disfrutad del verano!

Steven regresa a su mesa. Cojea más que de costumbre; se está adaptando a su nueva pierna y eso le provoca inseguridad, pero logrará vencerla. Kathy le ayudará.

Murmura:

- Vincent salvó a Steven; a Vincent le redimieron los marineros, ¿no hubo nadie que librara a Poe de sus fantasmas? ¿nadie que tapizara sus trágicas vivencias con el velo sanador del olvido?

*********

Y el impávido cuervo osado aun sigue, sigue posado,
en el pálido busto de Palas que hay encima del portal;
y su mirada aguileña es la de un demonio que sueña,
cuya sombra el candil en el suelo proyecta fantasmal; y mi alma, de esa sombra que allí flota fantasmal, no se alzará... ¡nunca más!”

EDGAR ALLAN POE

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A todos nos preñó alguna vez el aciago influjo de la luna negra.

Ver biografía del autor

Mª Esther Bravo Pobes

4 de enero- …espero que todas mis inquietudes se disipen, no quiero tener miedo y no lo voy a tener. Dormiré plácidamente hoy, la noche me cuidará de los malos augurios y mañana despertará la luz, ahora me deslizo en el camastro viejo, pero apacible y mullido; sólo el rumor del viento, el sonido del mar cantan en compañía de mis deseos y mí mismo. Me dejo llevar, una vez más, mientras mis ojos se pierden en los destellos de la linterna de este recóndito faro que alumbra el horizonte despejado… una estampa sin igual.

5 de enero- Sigo las instrucciones de De Grät, no quiero perder mis sensaciones aquí sin darle forma en este diario…

Un rayo reflejado en el cristal calienta mi garganta, me dirijo a la fresquera situada en el alto del rincón del habitáculo, necesito mojar mis labios secos para poder comenzar a vivir, porque… he vuelto a soñar con ella, anoche me rozaba con sus dedos mis labios a cada paso que el mar me la acercaba. La extraño demasiado pronto, nunca pensé que la llamaría en mi mente, debe ser esta infinita soledad la que hechiza mi existencia y la cercanía de Neptuno con su suave peluche, pero no puedo desaprovechar esta oportunidad que me han dado, sólo aquí escribiré. SI, escribiré desde la majestuosidad de este punto del universo creado para ello, escribiré sobre mi mensaje al mundo. Desde el silencio, desde yo mismo, desde la luz de este faro que guía a los barcos cuando se pierden en las turbulencias, en las tempestades, siendo la referencia y la claridad cuando todo se convierte en oscuridad y el tiempo camina eterno.

Será una vivencia enriquecedora esta estancia aquí, volveré con Neptuno cuando terminemos nuestra encomienda, sólo y entonces, satisfecho con el trabajo encomendado; mientras tanto, aquí está mi destino. Volveré renovado por dentro y ella también pertenecerá a mi pasado sabiendo que será feliz en otro lugar lejos, aunque no sea a mi lado.

image Vale ya de sentimentalismos, ahora voy a ponerme a la faena sencilla de mantenimiento, y poder concentrarme en lo mío: comprobación de las lentes, luz del faro para su disposición en la noche, limpieza del cuarto, descenso para ejercitar mis músculos y los de Neptuno, ajuste del reloj, lectura de la brújula, orientación del viento… hay después mucho que hacer y mucho que pensar, presiento a las musas, ellas rodean mi espacio, este aire.

6 de enero- Neptuno estaba juguetón y brillante de verme saltar de alegría por la radiante y temprana mañana. El sol me alumbra la mente viendo más allá del mar, detrás de las olas, a través de la espuma.

7 de enero- Hoy he pensado en el sentido de la vida.

Este punto me hace ver con claridad el motivo que da riendas a la vida, ese motivo es como una luz que semeja este faro, que significa guía en la oscuridad, que nos ayuda a sentirnos vivos cuando nos perdemos entre la sociedad inerte, egoísta, monótona, sin valores. Quiero dar las gracias por tener dentro de mí esa luz y por vivir.

Gracias por vivir

Gracias por sentirme vivo

Gracias porque mi corazón está lleno

Gracias por el aroma que respiro sobre este inmenso mar

Estos sentimientos eternos que en la inmensidad de mi ser fluyen

Surgen como el agua de un océano, como las olas

Vendaval de calor que retorna dicha, calma, tranquilidad, sosiego...

Crece mi alma que engrandece mi humildad

Invade mi cielo que persigue lo sencillo

Gracias por sentirme, por llorar

Por sentir una lágrima caer mirando la vida

Gracias por vivir”

… quiero ser como este faro, por eso quiero transmitir esta llama al resto del mundo y desde este lugar, que llegue a cada persona como un halo, como el resplandor que te ayuda a sentirte seguro en el camino a pesar de las tempestades…

7 de enero- No puedo parar, mis dedos, mi cerebro, mi corazón rebosan sentimientos, ideas, oraciones alrededor de la luz, del sentido, del motor que gira la existencia, que se repite como los destellos de este fanal que alumbran el horizonte en la noche, una y otra vez. Sin ellos este lugar no tendría motivo, no existiría, como el ser humano no sobrevive sin el cariño, sin la ternura, sin la comprensión, sin la amistad, sin el amor… lámpara del faro.

Neptuno permanece a mi lado cada minuto tumbado plácidamente mientras escribo.

9 de enero- Ayer cerré los ojos rendido en la avanzada noche, agotados, pero deseosos del descanso bien merecido después de consumir los versos, las líneas, las palabras y las letras.

Me volví a dormir pensando en ella de nuevo…

imageAquí otra vez…

Aquí entre la tierra y el cielo

Veo la brisa del mar de tus ojos

Y entre la belleza de aquel hechizo

Quisiera volar a tus labios...

Aquí donde el sol dulcifica mi piel

Y entre el azul de la vida

Infinitos recuerdos de amor

Gritan mojando mi cuerpo con tus besos...

Aquí lloran mis versos por tu anhelo

Y entre cada línea, veo tu pasión

Mis pupilas caminan sobre tu pecho y tus caricias...

Aquí, otra vez aquí, te saboreo

Y entre tu aroma veo las estrellas

Lavo las horas con las gotas de tu aliento

Arrancando toda nube con tu amor...”

10 de enero de 1796- Terminé, como todos los días, en la avanzada noche que a pesar de ser invierno, en mi corazón la noche torna cálida…

Miro lentamente esta noche cálida

Que me incita a las letras, cubierta con una eterna calma

Con pequeños luceros enredados entre la tiniebla silenciosa

Mientras el sonido de las olas mece la luna y el infinito

Una noche más, mágica y estrellada

Incesante erótica emitiendo un arrullo que penetra en los oídos

Permanente en cada trocito de la piel, perdurable en la respiración

Bañando mi ser, colmando mi paz

Regocijo que Dios crea a mi lado ahora

Agradeciendo la historia, el ser y la existencia

Brazos de amor rodean mi cuerpo”

… torna cálida con destellos dedicados al amor, ése, el que persigue mis días. El faro intermitente me ayuda a pensar escribiendo y también las caricias de Neptuno, de su lomo cerca de mi pie.

Una vez más, ella está en mi pensamiento…

Aire que respira la luna embelesada por las amapolas rojas intensas

Viviendo profundamente el calor que desborda la ternura infinita

Nada se iguala en el universo con esta torre, la más alta que asciende al cielo

Palpando lo imposible, bebiendo el mar, tocando la noche, abrazando el día

Melodía de cariño, rincones de afecto bañados de pasión

Dulzura que crece y camina infinita, devoción a las miradas y al querer

No existe estrella más inmensa que se incline con certera voluntad

Por los gritos que rodean las gotas derramadas de este amor, amor vivo”

…, llevo diez días aquí y ya tengo suficiente material para entregar a De Grät y también mi alma limpia para luchar por ella, no me voy a dejar vencer por el destino, lucharé con cada rayo de luz de mi alma como la ráfaga de cada emisión del faro que llega muy lejos recorriendo el horizonte.

Mañana volverá la balandra con más suministro, pero no volverá vacía; navegará a la ciudad de nuevo, esta vez con Neptuno, mis letras y mi espíritu, pero ahora renovado y libre por fin…

Rubén Rey Menéndez

4 de enero- Al fin algo con que distraerme. No se trata de gran cosa, tan sólo unas nubes lejanas entrevistas con el telescopio. A pesar de que mi condición natural no es especialmente propensa a estos juegos infantiles, he pasado gran parte del día buscando formas reconocibles. La imaginación, además de este perro, es lo que me mantiene unido a la cordura.

5 de enero- Las nubes que ayer me acompañaban, se encuentran hoy terriblemente cerca. Ya no se distinguen formas, pues se han convertido en una masa compacta y amenazante. He recorrido el faro de nuevo buscando el lugar más seguro donde protegerme en caso de necesidad. Es cuestión conocida que los animales poseen una especie de instinto ante el peligro. Pues bien, el perro ha escogido para dormir un pequeño recoveco cerca de la parte alta, donde, llegado el momento, me refugiaré.

7 de enero- Han pasado dos días desde que escribí en este diario por última vez. Estoy seguro que De Grät me dispensará. Sin embargo, esa no es ahora mi principal preocupación... Hace dos noches la tormenta llegó al faro y pude comprobar que lo que decían los marinos era cierto. Las olas sobrepasaron con creces el punto más alto de la torre. Jamás he sentido un temor parecido. Corrí a esconderme al rincón del perro, al que, de inmediato, me abracé. El golpeo del agua contra las paredes fue constante durante toda la noche. Ni que decir tiene que no fui capaz de pegar un ojo. Era como si ese ruido sordo estuviese dentro de mi cabeza. El perro debió sentir algo parecido, pues no dejó de aullar hasta la salida del sol. Con la llegada del día pude comprobar la verdadera dimensión del temporal. Por un momento, llegué a creer que el faro se había desprendido de la base y nos encontrábamos a la deriva. Vomité en repetidas ocasiones. Mi único alimento en todo el día fue un vaso de agua con el que tomé las pastillas que el Doctor V. me recetó antes de salir. Comprobé que la luz aún alumbraba y regresé al rincón. Una vez allí, deseé con todas mis fuerzas que la tormenta acabase antes del anochecer. En mi desesperación, y a pesar de no ser hombre en esencia religioso, recé por que así fuera. Sin embargo, ni siquiera Neptuno pareció escuchar mis oraciones. La noche llegó y con ella el desasosiego. Hay marinos que pierden la razón tras regresar de una tormenta diez veces inferior a ésta. No pretendo exculpar lo que hice, simplemente buscaba una razón para mis actos. El caso es que los aullidos del perro se volvían insoportables, resonaban en mi cabeza junto a las olas... tuve que arrojarlo de mi lado. Nunca, mientras viva, olvidaré esa mirada. A altas horas de la noche escuché el ruido de cristales quebrándose. En ese momento mis fuerzas se agotaron y caí desvanecido. Cuando recuperé la consciencia, ya de mañana, la galerna había pasado. El mar estaba de nuevo en calma y todo volvía a ser como antes. Todo excepto que el perro había desaparecido. Una gran roca había atravesado la cristalera y debió saltar por ahí. O quizá una ola se lo llevó. Lo cierto es que me siento culpable de su desaparición. Lo primero que hice tras ordenar un poco la estancia y arreglar el fanal dañado, fue coger el telescopio y buscar, en vano, su cuerpo en la superficie del mar.

8 de enero- A lo largo de mi vida, siempre he tratado de buscar una razón lógica a todo aquello que me ha acontecido. Sin embargo, he de decir que lo ocurrido la pasada noche ha hecho tambalearse los cimientos mismos de mis convicciones más arraigadas. Decidí, debido en parte a la humedad de la habitación principal, pasar de nuevo la noche en el rincón. Me dormí enseguida, pero ya de madrugada creí sentir los aullidos del perro tan cercanos como si yaciera a mi lado. Tras comprobar que no se trataba de un sueño, lo achaqué al viento. Había clavado una tabla cubriendo el agujero causado por la piedra, pero todavía debía colarse por alguna rendija. Finalmente, al no poder recobrar el sueño, encendí el quinqué. ¡En mala hora! A sólo unos metros, en el umbral de la puerta de la habitación, se encontraba el animal. Tenía la misma mirada de la última vez. Pensará De Grät o quien lea este diario que se trató de mi propia sugestión. Pero si fuera así ¿por qué perseguí a ese perro escaleras abajo hasta que se desvaneció en la oscuridad del sótano? ¿Acaso podría un espectro imaginado jadear como él lo hacía?

9 de enero- Ayer, por fin, comencé mi libro. Creo que únicamente concentrando mis esfuerzos en una actividad concreta, podré mantenerme lúcido. Dentro de cinco días llegará la balandra con las provisiones y en ella abandonaré para siempre este faro. No importa qué puesto me pueda asignar ahora el consejo. He descubierto que nadie se encuentra nunca absolutamente solo. La soledad es un concepto abstracto que no refleja la realidad. Uno siempre lleva consigo sus pensamientos, sus recuerdos... y también sus remordimientos. La noche pasada pude al fin descansar; dormí de un tirón hasta el mediodía.

13 de enero- La profecía de De Grät se ha cumplido. No han transcurrido ni quince días y ya he añorado regresar al seno de la “sociedad”. En este momento, nada me complacería más que la compañía de Orndoff y, sobre todo, su charlatanería... Desde la noche del noveno día, cuando regresó la tormenta, no he dejado de perseguir al perro por todo el faro. Sólo pretendía acabar con esos terribles aullidos. Me encuentro exhausto. No recuerdo la última vez que comí y, por supuesto, he abandonado el libro en el primer capítulo. En cuanto el temporal se calme, y pueda reponer fuerzas, abandonaré este faro a nado. No podría soportar otra noche aquí y la balandra ya ha de encontrarse de camino. He calculado la ruta a seguir y llevo conmigo la brújula. Estoy seguro que en la noche descubriré su luz y entonces sólo tendré que nadar hacia ella.

Ver biografía del autor

Ana María Zarzuelo Álvarez (Ana Zar)

4 de enero- Todo sigue tranquilo. Este es mi destierro, el que yo escogí, para escapar de esta sociedad decadente y corrompida…Mi nobleza fue el sino que marcó mi camino y me llevó hasta aquí. Y hoy estoy solo. Solo, un sonido armónico, que hace que recupere el equilibrio. Como me dijo De Grät, el farero tiene la obligación de escribir el diario de a bordo, y esta tarea me ayudará a que lo malsano que permanece en mí se evapore…Solo no puedo hacer daño a nadie, sólo a mi mismo…

5 de enero- El cielo azul, las gaviotas pescando en el ancho mar, esto es una maravilla de la naturaleza…Un barco se aproximó al faro, pero no paró. Y la luz vigilante, que apacigua al viajero errante sigue alumbrando…

7 de enero- Violencia sólo desencadena violencia…Pero no me quedó más remedio…Era joven, guapo y rico, su padre influyente, pero yo lo era más. La razón era mía. No se debe desvelar los principios de la “Gran Unida”…Era noble, como yo, pero novicio. Lo maté por divulgar nuestro secreto de la logia. Fue un acto de defensa que no es cuestionable. Pero hoy estoy aquí. Más me hubiera valido matar a esos harapientos irlandeses cuando se apoderaron de mi casa; estaba deshabitada, pero era mía…Eso hubiera sido un acto de honra, defensa de mis dominios…Fui juzgado por un tribunal de justicia especial. Y eso que había aportado anteriormente dinero a la leva para ayuda del ejército. Fui castigado a pesar de mi linaje de sangre, pero escogí este destierro, lejos de esta sociedad resquebrajada.

10 de enero- La niebla cae como un telón de fondo. No distingo nada, ni la separación entre el mar y el cielo. Constancia, tengo que escribir. No me queda otro remedio. Además, es una terapia que descarga toda la negatividad que hay en mí, el deseo de venganza contra esta sociedad resquebrajada, la furia por lo que me deparó el destino…Tengo que escribir…hasta que venga el perro, buscando mi compañía, y sacándome de mi abstracción debajo de la lámpara de aceite…

12 de enero- ¿Cuántos días puede durar esto? Espero ver pronto el sol, o una nube, algo diferente de esta densa atmósfera que contamina el espíritu…Aunque sea un sol abrasador que funda esta torre del averno…

14 de enero- La niebla sigue…Oigo ecos de esta soledad. ¿Podéis comprender? Es la única manera de romper el silencio, agudizar el oído, para percibir sonidos aunque no sean reales. ¿O lo son? Igual fue lo que escuchó el anterior farero, y por eso perdió la razón. ¿También me pasará lo mismo?

15 de enero- La niebla se ha disipado como por arte de magia. Unas nubes negras amenazan el cielo, y el viento castiga el faro.

18 de enero- Ayer de noche no pude dormir. Esta vez no fue motivo el habitual insomnio. Los elementos enfurecidos fustigaban sin tregua el minúsculo faro, olvidado de la mano de Dios, en medio del mar. Los relámpagos alumbraban más que el extenuado foco vigilante de 24 velas. Los truenos retumbaban hasta el interior de mi cerebro. El perro lloraba a mi lado. Estaba solo con esta única compañía, y lo abracé fuertemente infundiéndole confianza, mientras en mi interior el miedo iba calando profusamente.

Por la mañana la tormenta seguía flagelando este refugio aislado….

25 de enero- Han pasado más de tres semanas desde mi llegada al faro Eddystone. Los víveres empiezan a escasear, y la balandra que tiene que traer el avituallamiento cada quince días, no regresará hasta que el tiempo mejore. Y yo no puedo ni pescar…

27 de enero- El ulular de la tormenta penetra en mi aletargado cerebro. Solo, estaba solo. Pero ahora ésta viene como un fantasma del pasado disfrazado de locura…y el miedo escala esta torre infernal, sumergiéndola en medio del mar. Estoy a pocas millas de la costa, pero solo, con mi miedo, y nadie viene a auxiliarme. Parece una venganza de Dios, o del demonio. Estoy en el purgatorio, con toda la furia azotando este indefenso faro. No creo que sus cimientos aguanten tantos embates…Y el dolor del estómago que pide su ración…

28 de enero- Es la mayor tormenta que he visto. Parece que la columna no va a soportar tantas embestidas. Las olas cubren el faro, y hasta oigo como se resquebraja. ¿O será el miedo? Cuando se incendió el faro una vez, tardaron 10 días en venir a rescatar al farero ¿Me pasará lo mismo? Tengo hambre, sed y miedo… ¿Cuándo vendrán a rescatarme?

30 de enero- Me quedé sin comida...No puedo morir de hambre…Sólo estamos mi perro y yo, en medio de la nada, donde la moral y la razón se pelean constantemente.

image 1 de febrero- Es un infierno mi vida…no me ha quedado más remedio…la razón prevaleció. Yo tenía que subsistir. Me miraba con sus enormes ojos…pero era él o yo. Ahora acostado pienso que hice lo que tenía que hacer. Lo volvería hacer. Vosotros cuando lo leáis lo comprenderéis.

2 de febrero- No tengo miedo a la muerte, sólo al castigo divino. Oigo el rugido de esta naturaleza salvaje, que golpea sin contemplaciones mi escuálida morada. ¿Dios, me quiere castigar?

3 de febrero- Esta situación parece no querer acabar. Mi mano tiembla, y oigo el aullar del perro…pero esto no es posible. ¿O está todo en mi cabeza? ya hace dos días que acabé toda la comida, o mejor dicho mi mascota, la que me quiso más que ninguna persona, y me alimentó hasta después de muerto. Ya no me queda agua potable. Estoy solo y abandonado de la mano del destino, rodeado de abundante agua sin poder olerla ni beberla.

4 de febrero- Ya no oigo la furia de la tormenta…Me he asomado fuera y el día está tranquilo. Con el telescopio miré a ver si llegaba algún barco…pero nadie asoma…

Ya no quiero seguir escribiendo. Mi mano no me deja. Sólo me queda una solución para justificarme ante de Grät…

Mi mano tiembla terriblemente. Tengo que hacerlo...Comenzaré con los dedos que sujetan la pluma…No hay delito…la razón volverá a prevalecer.

Ver biografía del autor

Mª Luz Fernández Llames

4 de enero-

Ha sido un día sosegado.

Mi organismo agradece esta alimentación frugal.

No he avistado un solo buque con el telescopio, eso me lleva a pensar en el papel que juega este lugar.

Al atardecer me permití una broma: Conté los pasos que doy al pie del fanal, una vez acabados los peldaños.

Luego los anoté en un papel que lancé, atado a una piedra, al vaivén del mar.

Neptuno los engulló sin haberse percatado siquiera.

7 de enero-

He descuidado el diario.

No quisiera acostumbrarme mal ni mucho menos dar la razón a De Grät.

Hoy he visto niebla allá por donde la balandra se fue hace días.

Se acerca parasitando el horizonte.

El perro y yo nos hemos mirado fijamente, hay miradas eternas y profundas.

image 9 de Enero-

La niebla sigue ahí.

No avanza pero tampoco se va.

En cierto modo me molesta su presencia tan callada, tan quieta.

Me obliga a estar pendiente de ella y el libro no prospera.

Anoche soñé con vajillas y candelabros.

Cerámica de Rouen que al romper armaba gran estrépito.

Lo sorprendente fue que cuanto más escándalo armaban las piezas más lloriqueaba el perro.

Le susurré al oído y lo acerqué a mí.

Eso me reconcilió con el alba.

15 de Enero-

Intento prestar atención a mis obligaciones y no lo consigo.

Las noches con sus caprichos absorben toda mi energía.

Los peldaños, el telescopio, los víveres…tiran de mí y yo respiro hondo, levanto la barbilla y pienso, por momentos, que De Grät tendrá que admitir lo equivocado de sus cálculos.

Pero la oscuridad llega cargada de ritmos extraños.

Las olas tardan en golpear la base del faro tantos segundos como pasos doy al pie del fanal.

Como si la maldita piedra que lancé un día liderase las mareas con matemática implacable.

El perro no soporta los números pares.

Dieciocho…veinte…veintidós

Y su cola se repliega sobre sus cuartos traseros.

18 de Enero-

La luz del amanecer no encuentra el camino.

Mi estómago sabe que la mañana está ahí pero un bosque de sombras atenaza el faro.

En esta penumbra se balancea el cuerpo frío y rígido del perro.

No sé que ha podido pasar.

Anoche le oí gemir más de lo habitual.

Tanto que terminé por adentrarme en cada gemido.

A tientas en aquel eco sin paredes.

Giré y giré en un frenesí de babas, dedos y colmillos.

Puños invisibles parecían golpear estos muros con la dichosa cadencia:

Dieciocho…veinte…veintidós

Caí sobre la piedra.

Aquí, justo donde el hambre emite ahora sus señales.

20 de Enero-

Magnífico.

Hoy es mi cumpleaños.

Podría decirse que todo va bien.

He escrito la mayor parte de lo que quería escribir.

Me estimula este manuscrito de letras rojas.

De Grät cuelga de la maroma en la que se corrompe el perro.

Noto sus ojos fijos en mis manos.

En mis venas que, como cuerdas de violín rotas, bombean sin cesar inspiración y tinta.

Ya sin ecos, sin estrépitos, sin sombras.

Sólo esa numerología que guía mis pasos hacia el fin.

Dieciocho…veinte…veintidós.

Ver biografía del autor

Jaime del Egido Mayo

4 de enero- Hoy ha soplado un viento frío del norte y el día estuvo despejado hasta primeras horas de la tarde. Después, avisté unos nubarrones hacia el noroeste que se fueron intensificando paulatinamente. Esta conjunción de viento y nubes presagia tormenta, tal como indican unos planos marítimos que encontré en la alacena del mirador.

En cuanto finalice esta anotación bajaré al almacén, en el sótano, pues en estas situaciones es conveniente utilizar carbón como combustible. El fuerte viento, si se introduce por los tiros, puede provocar un incendio en la caja de iluminación, o al menos ensuciar los cristales y reverberos disminuyendo la intensidad de luz. Tendré que bajar y subir varias veces por esta interminable escalera de piedra, portando el carbón en un  fardel atado a la cintura.

Mi estado de ánimo es excelente estando solo. La soledad es una situación esperada desde que De Grät consiguió para mí este “trabajo” en el faro, en compensación a la sentencia del juez James Finnighan.  Estuve acusado, injustamente, de un delito de robo.

6 de enero- Las cosas se han complicado antes de lo que yo pudiese prever. A consecuencia de aquél cambio brusco de tiempo, tuve una jaqueca que entorpeció mis trabajos de sustituir los combustibles y limpiar los quinqués. Para mas "INRI" se averió el sistema de poleas que regula los tiempos del fanal, para conseguir las intermitencias adecuadas en la iluminación. Me llevó horas descubrir el trozo de lienzo viejo, arrebujado en los engranajes del sistema de contrapesos. Y entre la jaqueca y tratar de solucionar la avería, me irrité hasta el extremo de gritar y patear a Neptuno,  el perro que lleva aquí varios años, y que no tiene culpa alguna.

image Ese primer día de tormenta no tuve humor de hacer apuntes en el cuaderno pero vi un grupo de tres embarcaciones, a unas dos millas al suroeste.  Al frente de ellas, y como dirigiendo, iba un bergantín, y detrás le seguían dos embarcaciones menores que podrían ser faluchos o jabegas. No se qué  motivos podrían tener para encontrarse por estas latitudes. Por el tipo el tipo de velamen, bien pudieran ser pescadores desviados de su ruta por el temporal, pero no descarto fueran corsarios de la armada inglesa persiguiendo a alguna embarcación pirata.

8 de enero- Hoy se cumple una semana de mi estancia en el faro. En general estoy satisfecho y me siento útil a la navegación, a pesar de que nadie se acerca para agradecer el servicio prestado… Me  pregunto si alguien se habrá interesado alguna vez por los fareros de carne y hueso que viven y sobreviven, aislados habitualmente, tal vez aburridos o desesperados…

Yo estoy feliz. Si soporto estos seis meses estipulados no sólo evitaré mi entrada en la cárcel sino que recibiré una indemnización de mil quinientas libras con la única condición de que me vaya a vivir a un condado alejado del de Sussex. Me aseguraron que cada treinta días, aproximadamente, la balandra del gobierno se llegará a este lugar para la provisión de víveres y combustible. Vendrán dos o tres marineros, y he de insinuarles que me ayuden a subir a la torre parte de los materiales. Habré de inventarme una cojera que dificulte mi ascensión por la escalinata.

El mar sigue en calma.

9 de enero- Hoy tengo que anotar una incidencia terrible sobre la que debo tomar una decisión, y no sé qué consecuencias pudiera traerme. Resulta que en la bajamar ha quedado al descubierto una superficie mayor de rocas y arena en este montículo sobre el que asienta la torre. Tuve la idea de caminar por la superficie despejada para desentumecer los músculos. Y en esas estaba cuando he visto restos de un naufragio: Ropajes empapados y rotos, tablones negruzcos, y diversos aparejos de pesca ya desvencijados. Y lo terrible: El cadáver de un hombre bastante hinchado, semivarado en la orilla. Fue una impresión de pena y repugnancia ver el cuerpo de aquel desgraciado, con el rostro desfigurado, barba greñosa, y aquella inmovilidad…

Lo he sacado a tierra firme tirando por una de sus piernas desnudas, y he subido rápidamente al faro porque unas náuseas sin control se apoderaban de mi cuerpo. Regresé a los menesteres habituales, pero ya intranquilo, sin poder evitar pensamientos sobre el origen de semejante tragedia.

¿Sería la consecuencia de un ajuste de cuentas entre marineros, o un ataque pirata a una embarcación menor? Y también me pregunto qué hacer con el cadáver.

Si lo dejo expuesto al sol y al aire durante tres semanas, no podré soportar su presencia. Y si lo deslizo mar adentro,  me aterrará el sentimiento de culpa…

12 de enero- Estoy desquiciado. La imagen del muerto está latiendo todo el día, en mi  mente. Por la noche sigue presente en el duerme vela y hasta en el sueño. Me despierto sobresaltado y sudoroso. Aterrorizado. Irritable. Soy incapaz de tomar una decisión que me libre de este estado permanente de ansiedad, y de estos irrefrenables deseos de salir de aquí…

16 de enero, al atardecer

Mi vida se ha convertido en un divagar sin control ni horarios. Me arrastro en el escaso espacio del mirador o desciendo, pesadamente, hasta el almacén y me paso las horas sentado en la oscuridad, con la cabeza entre las manos. No estoy controlando si las señales luminosas son las adecuadas a las instrucciones recibidas. Las noches son una pesadilla interminable entre el crepúsculo y el amanecer. Estoy derrotado y perdí totalmente el apetito. Y si estoy siendo capaz de escribir esta nota, es porque hoy me asiste un rayo de esperanza al  comprobar que, con la última pleamar, han desaparecido los restos del naufragio y también el cadáver.

Respiro aliviado, y la poca voluntad que tengo la pondré al servicio de recuperarme.

Neptuno se pasa las horas junto a mi, el pobre también está decaído y me sigue a todas partes en silencio.

18 de enero- Sigo mejorando y al retomar esta mañana la vigilancia de mis obligaciones no vi iluminación alguna en los cristales del fanal. Pensé se habría apagado el carbón. Afortunadamente, un rescoldo insignificante aún permanecía en ignición y he podido recuperar el fuego. Me llevó toda la mañana, cambiar otra vez el sistema de combustible e iluminación.

Me siento mejor: responsable de mi situación, consciente de mis obligaciones... pero quiero dejar ya este lugar.

Ya no disfruto la soledad. Desapareció la agradable sensación de ser el dueño de una torre en medio de un extenso Océano, que ahora puede traerme peligros en cualquier momento.

23 de enero de 1796- Cuento los días que restan para que vuelva la balandra, y pueda, al fin, narrar lo que he visto, y tal vez aliviarme de este agobio en el que estoy inmerso. Mi ánimo ha mejorado cuando me he hecho con el funcionamiento correcto del fanal. No obstante, abandonar el lugar es una idea obsesiva.

Tal vez convenza a los marineros que lleguen, si les digo que está previsto un automatismo para el funcionamiento del faro durante un mes, y no les importe que regrese con ellos... Después, huiría de la justicia, me buscaría la vida como jornalero donde nadie me conociese. Pasar el resto de mi vida en la ilegalidad, a pesar del miedo a que me descubran, siempre será mejor que continuar en esta incierta y solitaria cárcel, acechada de peligrosos asedios.

2 ó 3 de Febrero- Estoy furioso conmigo mismo y con la sociedad. ¡Me siento engañado y ultrajado!

¿Quién podría suponer que los tripulantes de la barcaza fueran un sargento, un cabo y un soldado de la marina real?

Solo un ingenuo como yo no lo hubiese previsto. Aparte de las provisiones, traían el encargo de dejarme aquí de nuevo. Los militares portaban a la cintura una espada y un trabuco. El soldado no soltó el mosquetón en todo momento. En dos horas, servidos de una pequeña balsa, habíamos transportado todo el cargamento hasta el roquedal. Y en otra hora más, lo habíamos colocado en el almacén. Comprendí la situación y no hubo apenas intercambio de palabras.

¡Ojalá sean abordados por piratas y echen sus cuerpos al mar para que sus huesos sean pasto de tiburones!

Aún me restan cinco meses de esta estancia, pero ya tengo muy claro que voy a poner todo mi empeño en sobrevivir aunque sólo sea para vengar esta humillación. Sé lo que haré y a quién he de... cuando me vea libre al fin. De momento y para no levantar sospechas, me ocuparé sólo del funcionamiento del faro. El resto de encargos, incluida la escritura de este diario, que lo haga el “sursum corda”.

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